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LOS LANZALLAMAS

Benjamin Netanyahu, en el nombre del padre

Benjamin Netanyahu.
3 de julio de 2026 21:34 h

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Cuando se acercaba el fin del largo servicio militar de las Fuerzas de Defensa de Israel, Ami Dror solo esperaba comenzar sus estudios superiores, pero indeciso ante la elección de una carrera, se presentó para un puesto de seguridad en vuelos comerciales. Le eligieron, pero el trabajo que le propusieron no era el esperado: sus aptitudes le abrían la posibilidad de formar parte de la custodia del entonces primer ministro Isaac Rabin. Aceptó el reto y siguió en su puesto cuando llegó Simón Peres; también cuando fue el turno de Benjamin Netanyahu. Hoy es un desarrollador de software pero además es el líder de las protestas contra la reforma judicial que impulsa el gobierno del primer ministro.

Dror cuenta que cuando acompañaba a Netanyahu en aquellos años pensaba que le cuidaba las espaldas a un liberal. Recuerda que en su bolsillo llevaba un folleto del Shin Bet, el servicio de inteligencia y seguridad interna, con las fotografías de los posibles asesinos que podían atentar contra el primer ministro. Uno de ellos era Itamar Ben Gvir, el supremacista que hoy ocupa la cartera de Seguridad Nacional y que publicó vídeos humillando a los activistas de la flotilla solidaria con Gaza.

¿Involucionó el pensamiento de Netanyahu hasta el punto de consumar el genocidio en Gaza que le imputa Naciones Unidas? Todo indica que ha sabido labrar el camino a lo largo de seis mandatos en veinte años de gobierno para llegar a este punto crítico.

La escritora británica Jacqueline Rose le visitó después de que hubiera sido destituido en 1999 y dedicarse una temporada a la actividad privada. Rose, que fue a verle con la intención de entrevistarle para un documental del Channel 4, al llegar a su despacho encontró un enorme cartel en el que se leía: Oficina del Primer Ministro. Cualquier similitud con Donald Trump es mera coincidencia. Hay más.

A medida que las derechas tradicionales, liberales, conservadoras, se han ido diluyendo para dar paso a fuerzas ultras tanto en Europa como en los países americanos, Netanyahu ha encontrado canales de convergencia para su visión hegemónica de Oriente Medio pero a su vez, curiosamente, consigue alianzas en las expresiones más radicales que asumen el antisemitismo para estigmatizar tanto a la izquierda como a la comunidad musulmana. Este año, en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) que se celebró en Budapest, Netanyahu saludó a Viktor Orbán, entonces primer ministro y anfitrión, pidiendo líderes como él “que puedan enfrentar esta creciente amenaza y garantizar la seguridad y la estabilidad de sus naciones”. Entre esa vanguardia a la que aludía destacaba la presencia de Alice Weidel, líder, nada menos, que de Alternativa para Alemania (AfD), el presidente Javier Milei y el ideólogo de la “prioridad nacional”, Santiago Abascal.

Si veinte años no son nada, los que van de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy son un parpadeo.

Volviendo al principio, es decir, cuando el guardaespaldas pensaba que cuidaba a un liberal, en realidad, estaba poniendo en riesgo al Estado ya que Netanyahu soñaba, como Reagan, con desmantelarlo y como Thatcher, con promover al individuo para atomizar la comunidad social. Plantear esto en un entorno judío es un oxímoron, sin duda, porque es la distancia sideral que hay entre el kibutz solidario y la intemperie del mercado.

El escritor israelí Ari Shavit, autor de Mi tierra prometida, un libro crítico con Netanyahu y la política de asentamientos, sostiene que tanto el contrato social como la identidad israelí se han debilitado y señala al primer ministro por no comprender los valores de la comunidad: “[Netanyahu] ha favorecido la competencia a expensas de la solidaridad. Su modus operandi es ‘divide y vencerás’, lo que no ha hecho más que profundizar el abismo entre la derecha y la izquierda, los asquenazíes y los sefardíes, los ortodoxos y los laicos”.

Todo lleva a pensar que detrás de Netanyahu hay un móvil religioso: se acerca a los ultraortodoxos y se supone que espera al Mesías. Quizás sí, y con su llegada el arribo, al fin, de la paz pero mientras tanto, su fe parece descansar en la guerra eterna.

Shavit dice que el primer ministro carece de pliegues morales y de anhelos metafísicos: para él, escribe, “el mundo es un lugar frío y duro que solo entiende el poder”.

No se sabe si cree en Dios pero sí que no observa el sabbat y antes que un restaurante kosher prefiere aquellos que tengan estrellas Michelin (donde, siempre según el guardaespaldas, él y su esposa suelen irse sin pagar). ¿Este hombre cree en algo? Netanyahu cree en la historia y prueba de ello es que en los discursos que considera trascendentes, subraya que habla como hijo de un historiador.

Su padre, Benzion, es su fuerza pero también su talón de Aquiles.

El padre de Netanyahu murió con 102 años, tiempo que ocupó en estudiar la Inquisición Española y cuya tesis principal, plasmada en sus obras, sostiene que la Inquisición no pretendía solamente erradicar la observancia judía sino que fue la piedra fundamental del antisemitismo racial que alcanzaría el punto álgido del exterminio con el nazismo. A David Remnick, editor de The New Yorker, le dijo en una entrevista: “La historia judía es, en gran medida, una historia de holocaustos”.

Benzion siempre dejó claro que desaprobaba todo lo relacionado con su hijo. Este, por su parte, despreciaba a su progenitor por no conseguir mantener puestos académicos relevantes en las universidades israelíes. Aunque la resistencia fue mutua con el tiempo, el primer ministro fue asumiendo la idolología del padre, las ideas sobre la identidad judía y la historia mundial. Dror arriesga que en esta relación está el núcleo del ataque de Netanyahu a las élites, los medios de comunicación y a los tribunales. Es sin duda, una visión que el psicoanálisis puede sostener pero no por eso deja de ser relativa. No hay más que mirar a Trump, otra historia clínica, es verdad, pero la suya es en el nombre del dinero. Aunque, más allá de todo, aquí el marco teórico del padre alcanza de lleno al hijo.

Cuando Netanyahu fue elegido por primera vez en 1996, cuenta Ari Shavit que por entonces él era un joven periodista y nunca supo bien por qué razón el flamante primer ministro le concedió una entrevista. Aquella vez, sin embargo, tuvo una impresión que el tiempo ha ido confirmando. Por un lado, le llamó la atención la soledad: a pesar de ser conservador Netanyahu parecía no formar parte de ningún clan político. Esta mirada era subjetiva. Pero a esa percepción le acompañó algo que se dejó entrever en la conversación y se ha ido mantenido a través del tiempo en la impronta del primer ministro: el Estado judío, aunque parece fuerte, es en realidad extremadamente vulnerable y se enfrenta a la amenaza constante de su destrucción. Él tiene una misión que no le encomienda ningún dios (en cuya existencia, quizás no crea). Él debe evitar otro Holocausto. El mensaje de su padre no deja de reverberar.

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