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RUIDO Y SILENCIO

Noventa años después

El arqueólogo Alfredo González-Ruibal.
5 de junio de 2026 22:29 h

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En uno de sus ensayos, W. G. Sebald dejó escrito lo difícil que resulta hoy hacerse una idea de las dimensiones que alcanzó la destrucción de las ciudades alemanas en la Segunda Guerra Mundial, así como los horrores que acompañaron dicha destrucción. 

De igual manera, podemos extrapolar lo dicho por Sebald, y traerlo hasta nuestra guerra civil, donde, por muchas páginas que se hayan escrito al respecto, resulta difícil hacerse a la idea del horror vivido durante los años que duró la guerra y, más aún, su posguerra. Con todo, el reciente trabajo de Alfredo González Ruibal, publicado bajo el título País en ruinas (Crítica), revive el conflicto como hasta ahora no se había hecho: con base científica, lo que supone una cercanía al mismo sin parangón hasta la fecha.   

Para ponernos en antecedentes, hay que decir que Alfredo González Ruibal es arqueólogo, como él mismo dice: un tipo capaz de convertir el síndrome de Diógenes en ciencia. Excavando el basurero moral de nuestra historia más sangrienta, ha ido recomponiendo el catálogo de obscenidades secretas que subyace bajo el tejido de nuestra reciente memoria bélica. Porque reconstruir la vida cotidiana en la guerra civil española es asunto de narices, nunca mejor dicho; se necesita una picota fuerte para respirar el olor a vómito, sudor y excremento que despide nuestra historia cuando se trata de encontrar residuos materiales para recomponerla de manera científica. 

De su inmersión en las cloacas de nuestro pasado, González Ruibal ha dado a la imprenta un libro repleto de muestras arqueológicas que van desde medallas de fusilados hasta sonajeros cargados de música y tristeza. Pero también hay botellas de vidrio y cuencos de barro, cepillos de dientes y abridores de latas que los presos empleaban para suavizar el estreñimiento, uno de tantos males que sufrían en su confinamiento; barracones sin luz ni agua, plagados de chinches y piojos de los que traen el tifus. Con los hallazgos, González Ruibal pone de manifiesto la brecha social entre los distintos bandos, las abarcas con suela de neumático y una dieta pobre en proteínas, frente a botas de cuero, dieta equilibrada y los buenos vinos para calentar la sangre que se trasegaban en el bando ilegítimo. Una bodega bien surtida como la que tenían montada en el Bar de la Bandera, un local subterráneo y de la Legión, que bien parece el título de una novela de Pierre Mac Orlan. El bareto se encontraba por el Cerro del Pimiento, la colina donde hoy se levanta el Hospital Clínico de Madrid, en cuya ladera estaba el Asilo de Santa Cristina, donde se realizaron las excavaciones que llevaron al etílico hallazgo.

Con esto, mi imaginación se desata y me lleva a imaginar las melodías bárbaras que se aporreaban en dicho piano. Un Cara al sol entonado con gusto beodo, por ejemplo, o esa otra de peor gusto todavía, y titulada El novio de la muerte, una aberración cantada con voz bronca y todo el sabor agrio del vómito reciente. Y claro, no podría faltar la Marcha Real con letra de José María Pemán, un agitado hombre de letras que escribía al compás del militarismo más rancio y carpetovetónico.

Gloria a la Patria que supo seguir

sobre el azul del mar el caminar del sol. 

Ya ven ustedes cómo eran aquellos tiempos de miseria donde se mezclaba la cursilería del barroco falangista con la costra infecta del discurso franquista, dando lugar a un estilo de vida que, más que estilo de vida, lo fue de muerte. El arqueólogo González Ruibal nos lo trae hasta el presente con la base científica de los hallazgos con los que nunca se escribirá la historia y que, sin embargo, revelan toda la historia. Un libro, como ya dije, que nos ayuda a hacernos una idea de cómo fue la vida cotidiana durante un conflicto que hoy, noventa años después, sigue dando guerra.

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