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Los de arriba y los de abajo

7 de noviembre de 2026 22:41 h

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Los demócratas estadounidenses celebran su incontestable victoria en las elecciones de mitad de mandato con una frase: “The many beat the money”. La mayoría que gana a los pocos que poseen el dinero y, por tanto, la capacidad para amoldar la política a sus intereses. La ola azul atraviesa Europa y las derechas y ultraderechas, si aún cabe diferenciarlas, se apartan de Donald Trump como si fuera un desconocido apestado y no el ideólogo de gran parte de sus formas y sus fondos, sus estrategias y sus programas. ¿Qué es la prioridad nacional sino la traducción del “America First” de MAGA? ¿Quién es Albiol sino un discípulo de andar por casa de Stephen Miller, el nuevo jefe de gabinete de Trump y promotor de sus ideas contra la inmigración? ¿Cómo se pudo comprar Abascal un chalet de más de un millón de euros sin dar ni golpe si no se hubiera dejado llevar, mecer y enriquecer por la marea trumpista? ¿Dónde estaría Ayuso si su jefe de gabinete no fuera un remedo, con más pelo blanco, de Steve Bannon? 

Ahora, la derecha comparte un argumentario para intentar convencer de que el único trumpista español es y siempre fue ¡Pedro Sánchez! Quién si no, si el presidente español es el fetiche preferido de los políticos liberales, reaccionarios y ultras, capaces de convertirle en un ser mítico de una fantasía apocalíptica. Tanto es así que no se han molestado en diseñar un programa político, y solo poseen dos ideas fuerza: el antisanchismo y el servicio a las élites. Los que más lamentan la falsa conversión de España en un paraíso comunista son los que mejor viven, a los que no les afectará la congelación del SMI, los que nunca tendrán que ir a trabajar enfermos porque una mutua, y no su médico, les ha dado de alta, los que no han de preocuparse por el recorte de su pensión o por pagar un mes más de alquiler. 

El cambio de época pilla a Feijóo y Abascal caminando en dirección contraria al progreso y a la prosperidad compartida. Por eso prometen sacrificios y recortes para la clase trabajadora y ley orden al servicio de rentistas, empresarios, ricos, habitantes de barrios de bien. Cayetana Álvarez de Toledo anuncia que su primera medida sería prohibir los pinganillos para la traducción de las lenguas oficiales del Estado, dando a entender que, una vez que Pedro Sánchez deje de servir de saco de boxeo, han de buscarse otros enemigos: Catalunya y Euskadi. La tropa, en palabras de Rajoy, que quiere gestionar España se aferra a las fórmulas más ineficaces, dolorosas y divisivas: no sabe por dónde sopla el aire que trae ciberataques a supermercados o aeropuertos europeos, ignoran las consecuencias que tendrá la IA para todos los seres humanos, no tienen un plan para dotar a España de un modelo económico más productivo e innovador y ni siquiera saben cuadrar las cuentas para mantener y mejorar los servicios públicos mientras bajan impuestos a los que, más que nunca, deberían pagarlos. 

En EEUU, los demócratas han arrasado situando en primer plano la desigualdad, la economía, el coste de la vida, la pulsión de muerte y guerra, la corrupción y codicia de las élites, con la familia del presidente como ejemplo destacado. En una lectura tan equivocada como interesada, algunos celebran la muerte de lo woke, cuando lo woke siempre fue un invento de la derecha para desprestigiar los movimientos en favor de los derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los migrantes. Movimientos que siempre han estado bajo el paraguas de la igualdad económica, relacionados con lo que guarda el bolsillo de los de arriba y de los de abajo. 

Lo más perturbador de estas elecciones es que serán las más importantes de este siglo para definir el sitio que ocupe España en este cambio de época, y ya no lo serán por el auge de la ultraderecha MAGA, que ha empezado a desmoronarse. Ante los grandes retos que tendremos que afrontar derivados del cambio tecnológico, la guerra híbrida y el colapso de la socialdemocracia y el Estado del bienestar, es previsible que maneje el timón la coalición de Feijóo y Abascal, la peor preparada de la historia de nuestra democracia para asumir esta labor.  Una coalición que, además, hace una enmienda a la totalidad de las dos últimas legislaturas, impidiendo un debate constructivo sobre los éxitos y fracasos que nos atañen e implican a todos. 

La izquierda a la izquierda del PSOE tampoco ha hecho los deberes. La eclosión de candidatos demócratas ganadores en EEUU es fruto de muchos años de trabajo y propuestas trabajadas en cada rincón del país, desde Oregón a Carolina del Sur, pasando por Texas. Aquí, candidatos como Gabriel Rufián han resultado ser más discursivos que eficaces, más artificiosos que disciplinados. Otros trabajan más por asegurarse el control de un espacio famélico que por articular soluciones a los problemas de los ciudadanos. Ninguno es un Mamdani o un Talarico, y no es ninguna buena noticia que Pedro Sánchez sea el único líder de izquierda capaz de aglutinar el voto. 

Queda mucha campaña por delante: todos sabemos que puede cambiar en un minuto. Nos jugamos las políticas públicas, el modelo económico, la igualdad social y económica y también una forma de entender la política y de resolver los conflictos sociales. Eso no había ocurrido con tanta claridad en anteriores elecciones. Por eso hay que exigir a la izquierda, porque la derecha no necesita ni quiere hacerlo, que explique las políticas que van a marcar los próximos cuatro años y el escenario internacional que nos aguarda. Para asegurar que votamos para que gane la mayoría, y no solo unos pocos.