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Apagarle el micro a Vox

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José Castillejo Duarte fue uno de los grandes hombres de nuestra historia, por eso poca gente lo conoce. "Un gran español que murió en el exilio", dice su lápida en un cementerio Hendon Park Cementery Mill Hill de Londres, adonde huyó en 1936 por la persecución ideológica que se desató, una ignominia que en el caso de Castillejo fue cometida por la UGT y el fascismo y muestra lo que ocurre cuando el odio ya está desatado. Depurado por el franquismo en 1939, fue en palabras de Serrano Suñer "el hombre más terriblemente funesto que había visto nacer España" porque promulgó la enseñanza en libertad para crear una ciudadanía crítica que ejerciera su actividad política de forma comprometida a través de la Institución Libre de Enseñanza, enseñar antes que instruir, en definitiva. En 1943 en la BBC dejó una frase que define su pensamiento: "La voluntad del pueblo es soberana en una democracia, pero esa soberanía puede ser sensata o insensata y es insensata si cree que un pueblo puede vivir cada día de las reglas que se le dicten la víspera".

José Castillejo sería uno de esos hombres con los que yo no estaría de acuerdo en sus planteamientos políticos pero al que admiraría por su profundo conocimiento y por la búsqueda constante de la verdad desde sus posiciones liberales y en contra de las posiciones esencialistas. Era un defensor radical de la democracia y el respeto al diferente y sabía cuál era el enemigo contemporáneo de su época. Era considerado un miembro de esa entelequia llamada "Tercera España" que se instrumentaliza para intentar transmitir que en nuestro tiempo, hoy, el problema para la democracia viene de igual modo desde ambos polos ideológicos. No, en nuestro tiempo el único peligro que tienen las democracias liberales viene de los posfascismos, y cualquier defensor de los preceptos democráticos contemporáneos no puede establecer una dicotomía imaginaria entre ultraizquierda y ultraderecha para querer presentarse como un miembro de esa tercera España que hoy es solo propia de los tibios, colaboracionistas y cobardes. No hay peligro de revoluciones bolcheviques en Europa, si es lo que temen, no presenten peligros imaginarios para convencernos de que lo que son solo sus miedos burgueses son en realidad un pensamiento elevado de seres superiores.

En 'La caída de los dioses', la película de Luchino Visconti, un empresario liberal de la industria siderometalúrgica que tras el incendio del Reichstag es perseguido por los nazis da la clave: "La culpa es solo nuestra. De todos nosotros, incluso mía. No sirve levantar la voz cuando ya es demasiado tarde, ni basta con salvar las apariencias. Solo hemos dado a Alemania una democracia enferma. El miedo a una revolución proletaria que llevara al país a la izquierda era demasiado grande, y ahora no lo podemos defender más. El nazismo es nuestra creación. Nació en nuestras fábricas, se alimentó con nuestro dinero". El miedo a la izquierda es el mismo, pero ahora no hay peligro de una revolución proletaria, solo de que les suban los impuestos. Tan necios son. El único peligro contemporáneo para la democracia viene de los populismos de extrema derecha. Es hora de afrontarlo por parte de esos que dicen ser parte de la tercera España antes de que se den las condiciones para que tengan que huir como el empresario alemán de Visconti. O pueden ponerse ya el brazalete, que lo están deseando.

Apagarle el micrófono a Vox es una urgencia democrática por parte de todos aquellos medios y periodistas que crean en los valores fundamentales de la democracia y la Constitución. Los mismos medios españoles que alabaron la actitud de la CNN y la Fox interrumpiendo los discursos presidenciales de Donald Trump cuando su derrota ya se había dado tienen que ser coherentes y ejercer ese hábito halagado con Vox en vez de construir las condiciones para que lleguen al poder. El periodismo con perspectiva antifascista es imprescindible en democracia, del mismo modo que lo es el que tiene perspectiva de género y que tendría que estar en todos los libros de estilo de los medios de comunicación. Porque unas ideas que consideran que hay que deportar a un ciudadano español por ser negro merecen ser silenciadas y repudiadas. No hay espacio para la ambigüedad con una ideología del odio.

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