Casado resucita a Cascorro

El presidente del PP, Pablo Casado, en un acto de su partido. EFE/ Juan Carlos Caval/Archivo

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El tsunami de los indultos sigue afectando con fuerza a la política española. Pero va perdiendo impulso. Lo que parecía que iba a dar lugar a un levantamiento con Pablo Casado inflamado y convertido en un nuevo Cascorro, va diluyéndose mientras aumenta el caudal de opiniones favorable al “todo lo que vaya encaminado a la normalidad es bueno”, como decía el consejero delegado del Banco Sabadell, o “la fuerza que tienen el diálogo y las medidas de gracia en todas las situaciones de conflicto” que expresaban los obispos catalanes, luego refrendados por la Conferencia Episcopal Española. Hasta el Consejo de Europa apoya los indultos.

Y Casado, empujado desde fuera por Vox y desde dentro por esa defensora de Cascorro que es la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quien desbarató por completo el plan estratégico primigenio del presidente del PP para lograr el poder con su peculiar campaña electoral madrileña, se encuentra ahora convertido en un nuevo Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro, y busca desesperado dónde conviene aplicar el fuego que sirva para salvar sus posiciones y desbaratar al enemigo. 

Es un enemigo muy poderoso formado por esa coalición amalgamada de izquierdas y separatistas en la que ahora aparecen, como coyunturales aliados, los empresarios, los obispos y hasta el Financial Times. Ya lo dice José María Aznar, con cierto aire de inspector de otra época, “son días para apuntar y no olvidar”, se entiende que para tomar las represalias debidas cuando llegue el momento. Con estos amigos no hacen falta enemigos, parece pensar el estratega de Irak.

El Financial Times, la biblia del capitalismo, escribe tras los indultos un editorial en el que dice que el presidente Pedro Sánchez “tiene razón” al tratar de “buscar una salida a la parálisis política y la división social”, ya que la actuación contra los políticos independentistas “no ha hecho nada para curar las heridas en una Catalunya dividida o para ayudar a España a encontrar un acomodo con una región con un fuerte sentido de su propia identidad política y cultural”. Y esto, para el nuevo Cascorro, resulta insoportable.

No queda otra. Hay que resucitar al héroe de Lavapiés y lanzarse con el bidón de petróleo a provocar un incendio que acabe con las defensas de este gobierno y haga saltar sus costuras de Frankenstein. Paseando por el Rastro madrileño, el presidente del PP eleva su mirada a la estatua de Eloy Gonzalo, alias Cascorro, y rememora su hazaña. Gonzalo, un inclusero de vida triste y desgraciada, se convirtió en soldado y terminó encarcelado por un lance amoroso. Tenía que cumplir cárcel hasta los 42 años, pero a los 27 le llegó la oportunidad: seguir en la cárcel o ir a Cuba a defender España de los cubanos independentistas. Y eligió, cómo no, esta opción.

¿Los independentistas? Antes cubanos, ahora catalanes, mañana vascos y luego los del cantón de Cartagena. Eloy Gonzalo, Cascorro, desde su pedestal, parece marcar el camino. En Cuba, a finales del XIX, Gonzalo era un pobre soldado en busca de la redención que da una hazaña patriótica para escapar de un pasado carcelario. En la defensa del fuerte de una población llamada Cascorro, y en una situación dramática, Gonzalo se presentó voluntario para quemar un edificio cercano al fuerte que provocaba un serio problema de defensa. Pidió que le ataran con una cuerda para recuperar su cadáver si terminaba muerto. Llevó un fusil Mauser, una lata de petróleo y cerillas. Al rato, desde el fuerte vieron que el edificio comenzaba a arder. Gonzalo lo había logrado y había salido ileso. Desde entonces fue conocido como el héroe de Cascorro. “Ahí está el ejemplo de un patriota de verdad”, piensa Casado.

Y él está dispuesto a seguir esa patriótica e incendiaria senda desesperada, porque no queda otra. Todos están equivocados. El Financial Times o The New York Times, que asegura que la decisión del Gobierno “es lo mejor para Catalunya y es lo mejor para España”. Y las instituciones europeas. Y esos empresarios que aplauden a Garamendi hasta hacerle saltar las lágrimas tras no condenar los indultos, sino ver en ellos un posible camino hacia la normalidad deseada. 

¿Normalidad deseada? ¿Por quién? Se han vendido a los fondos europeos. “La platea subvencionada por los fondos europeos”, dice enervado el presidente popular dirigiéndose a los empresarios catalanes reunidos para escuchar al líder de la oposición. “Vaya timo del tocomocho”, brama en una emisora de radio sobre el plan de recuperación, mientras tortura con los dedos de una mano la uña del anular de la otra. “Voy a terminar negociando una ley con el padre Ángel”, exclama ya desesperado. Da la sensación de estar acorralado y no saber por dónde salir. No tiene las cosas tan claras como Ayuso o Vox, que sí saben por dónde salir.

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