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Quién se cree Maricarmen

Diez mil personas, según datos de la Delegación del Gobierno, se concentraron frente al polémico ático comprado por la Comunidad de Madrid en el barrio de Chamberí para reclamar el "ático de Ayuso para Maricarmen" . EFE/ Daniel González
24 de septiembre de 2026 21:57 h

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Mientras desahuciaban a Maricarmen en una camilla, la empresa Urbagestión Desarrollo e Inversión S.L rechazaba las alternativas que se habían planteado para evitar su salida. Habían recibido ofertas externas para asumir el alquiler de 2.650 euros, pero la cuestión no era ya cuánto podía pagar Maricarmen (o quien lo hiciese por ella), sino cuánto podría llegar a valer potencialmente la vivienda sin MariCarmen dentro.

Mientras desahuciaban a Maricarmen, a poca distancia se celebraba en Madrid el gran encuentro internacional de inversión inmobiliaria ‘The District’. Era la primera vez que el evento se celebraba en Madrid y allí estaban invitados algunos de los principales líderes y directivos del Real Estate, el nombre que se le da ahora al negocio inmobiliario para que parezca que los edificios son un valor sin vecinos. Me gusta lo de ‘The District’ porque inevitablemente me recuerda a los distritos de ‘Los juegos del hambre’, con los que resulta sencillo establecer ciertas analogías. Isabel Díaz Ayuso afirmaba desde ‘The District’ que ella está en contra de intervenir los precios de la vivienda y añadía que cada vez más propietarios tienen miedo de poner sus viviendas en alquiler porque “todos son problemas”. No iba a tenerlos todos Maricarmen. También hay que pensar en la angustia de ver subir el precio de la vivienda que te paga otro. 

Mientras desahuciaban a Maricarmen, bastantes personas decían, con insondable humanidad, que cómo se le ocurría a una anciana pretender seguir viviendo por unos quinientos euros al mes enfrente del Retiro. ¡Nada menos que enfrente del Retiro! ¡Quién se cree Maricarmen, acaso una nueva rica extranjera del barrio de Salamanca! Como si cuando su familia se mudó a ese piso, hace más de 70 años, aquella zona fuese lo que es hoy, como si una mujer de 87 años no deseara únicamente seguir viviendo en el hogar de toda su vida y no en una residencia ajena a ella. 

Mientras desahuciaban a Maricarmen, la ministra de Vivienda explicaba que el Gobierno había intentado mediar con la empresa propietaria y habían tratado de “hacerles entender”, como si fuese un niño que deja los juguetes tirados por el salón. Que Isabel Rodríguez suela apelar a la solidaridad o al entendimiento, allí donde se esperan leyes, alimenta bastante el hartazgo.

Mientras desahuciaban a Maricarmen, Víctor Soriano, asesor adscrito a la Secretaría Primera del Senado, decía que “Tener 87 años no te da derecho a vivir a costa de otros en una vivienda noble de un barrio burgués”. Hay afirmaciones que se explican solas. 

Mientras desahuciaban a Maricarmen también había otros desahucios, naturalmente. A pocos kilómetros también se desahució a David y a su hijo de un piso de obra social adquirido por un fondo buitre que ni siquiera se sentó con los vecinos. Ellos apenas merecieron espacio en la prensa porque a veces parece que necesitamos que una historia reúna circunstancias extraordinarias para recordar que las ordinarias (y los desahucios por desgracia lo son) están a la orden del día.  

Mientras desahuciaban a Maricamen, y a David a su hijo (entre otros), se diluía un poquito más el concepto de hogar. Porque cuando expulsan a alguien de su casa no lo expulsan solo de unas paredes con vigas, sino de todas sus referencias emocionales, su barrio, sus comercios, sus vecinos, su anclaje, sus recuerdos. Da la sensación de que hemos perdido el concepto de “hogar”, convertido en “vivienda” y después en “activo”. Y ya sabéis que los hogares tienen personas, mientras que los activos tienen rentabilidad. 

Mientras desahuciaban a Maricarmen, muchos juristas recordaban que la ley es la ley y que, jurídicamente, el procedimiento ha sido impecable. Y es verdad, pero llama la atención que algunos muestren siempre el legalismo más solemne en causas en las que quien sufre es el de abajo.

Y no exactamente mientras desahuciaban a Maricarmen, pero pocos días antes, Albert Rivera proponía como solución al problema de la vivienda irse a vivir una o dos horas de Madrid. Acabo con esto porque parece que hemos aceptado como inevitable que quienes trabajan, estudian, cuidan, consumen, sostienen, socializan y moldean una ciudad quizá ya no puedan vivir en ella. Y no puede ser. 

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