¿Por qué dejas que te digan qué pensar? Los influencers viven de ti
Comienzo esta columna con una distinción necesaria porque meter a todo aquel que crea contenido en el mismo saco es tan vago como llamar periodista a cualquiera que vaya por ahí lanzando supuestas preguntas incómodas en un portal. Una cosa son los creadores de contenido que llevan años construyendo una audiencia a base de vídeos, fotografías, reels, divulgación, humor o lo que sea, con mayor o menor talento pero cierta continuidad, oficio y una idea detrás. Y otra, bastante distinta, es la última hornada de nada-influencers, personajes lanzados al estrellato digital después de pasar por un reality o de protagonizar una infidelidad televisada.
Hace unos días se popularizó el vídeo de una de estas neo celebridades digitales (con casi un millón de seguidores) indignada porque, según explicaba, España está llena de jetas y sinvergüenzas que viven de las “paguitas” mientras personas como ella se dejan la piel pagando impuestos. Como ejemplo hablaba de un supuesto vecino, ya entrado en años, que cobraba una pensión de orfandad. En España, sin embargo, la pensión de orfandad tiene límites de edad bastante concretos —con carácter general hasta los 21 años y, en determinados supuestos, hasta los 25—, así que el relato tenía el pequeño inconveniente de la realidad. Pero lo interesante no es esa influencer concreta ni su vecino. Lo interesante es la facilidad con la que determinados discursos han encontrado en las redes sociales una nueva cadena de distribución. Véase: El que cobra una ayuda es sospechoso, el inmigrante invade, los impuestos son un robo, hasta un eclipse puede convertirse en material para la enésima batalla cultural porque, al fin y al cabo, un eclipse es difícil de monetizar si no es por la vía de la indignación.
Existe un ecosistema digital que recompensa extraordinariamente bien la seguridad sin conocimiento y la opinión sin la molestia previa de haberse informado. Pero, claro, resulta que los influencers viven de ti, de mí, de nosotros. Ningún algoritmo obliga a nadie a seguir a una persona que, por cierto, suele mostrar exactamente lo mismo que la influencer de al lado, aunque cambie ligeramente el envase. Pueden ser dos bikinis distintos de Shein, dos versiones del mismo bizcocho de avena, plátano y chocolate con la proteína en polvo de turno, o dos cápsulas milagrosas para el pelo con un 15% de descuento utilizando el código MARTA15 o SONIA15. Porque después de años registrando nuestros deseos, el algoritmo ha terminado homogeneizándolos.
El influencer sin formación y sin demasiada intención de adquirirla, es la culminación perfecta de haber dejado que introduzcan un incentivo económico dentro de nuestras relaciones en redes sociales. Quizá por eso empieza a percibirse cierto cansancio de esta burbuja. Porque hemos normalizado que perfiles salidos de la nada, pero con muchos seguidores, conviertan cualquier cosa en una decisión de consumo y, de paso, hemos normalizado que trasladen esa misma confianza a asuntos políticos, sociales o científicos. Hemos normalizado que su número de seguidores sea una especie de forma de autoridad.
Yo celebro con cierta esperanza la creciente ola de hartazgo hacia la cultura influencer. Aunque igual ni siquiera existe tal hartazgo y es de nuevo la trampa de mi algoritmo enseñándome vídeos de gente cansada de los influencers porque ha descubierto que me gusta ver vídeos de gente cansada de los influencers. Ya no te puedes fiar de nada en Internet. Pero si realmente estamos entrando en el ocaso de esta cultura, que lo dudo, convendría no atribuirnos demasiado mérito porque a todos esos influencers los hemos creado nosotros. Podemos exigir responsabilidad a las marcas u honestidad a los creadores, pero lo cierto es que para que alguien influya tiene que haber otro alguien dispuesto a ser influido. Así que la pregunta real es a quién estás pagando con tu atención para que te diga qué comprar, qué pensar o de qué tienes que estar enfadado.
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