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Los buenos modales están al caer

Alberto Núñez-Feijóo junto a Borja Sémper, durante un desayuno informativo organizado por Fórum Europa, en Madrid.
20 de septiembre de 2026 22:25 h

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Nunca sabremos si la frase que pronunció Borja Sémper estaba preparada o si fue fruto del subconsciente. “Cuando Feijóo sea presidente del Gobierno se van a desterrar el insulto y la mala educación”, dijo el portavoz del Partido Popular. De ese modo, Sémper fijó una fecha política para el regreso de las buenas formas a la política española: cuando gobiernen ellos. Lo que vino a decir Sémper es que la cordialidad institucional queda aplazada hasta la conquista del poder. Hasta ese día, probablemente seguiremos enrocados en la zafiedad del tono, los insultos o la conversión del adversario en enemigo. Después llegará, según la promesa establecida, la restauración de las buenas costumbres.

Como sabréis, el “Pedro Sánchez, hijo de puta” ya no funciona en determinados ambientes únicamente como un insulto, si no como un lema, un cántico, el estribillo de una canción pegadiza. Se ha coreado en actos públicos y concentraciones, en eventos deportivos, en conciertos, en estadios, en todo tipo de lugares. En enero de 2026, por ejemplo, Vito Quiles invitó al público de los Army Awards a corearlo en el Madrid Arena. Y desde el PP no hubo una censura pública equivalente a la contundencia con la que ahora se anuncia el futuro destierro de la mala educación porque, en realidad, el eslogan es casi factoría de la casa madrileña.

Más allá del hijo de puta, la propia Ayuso ha calificado a Sánchez como “autócrata sin escrúpulos”. Santiago Abascal lo ha denominado “psicópata peligroso”. Feijóo ha dicho que es un “déspota” y que practica el “caudillismo”. No son adjetivos sin más. Es la representación del adversario político como alguien irremediablemente malvado y, por extensión, como un objetivo legítimo de ataque popular. La ira es una respuesta humana natural ante el enfado y hay gente muy enfadada con lo de Ceuta, por ejemplo, y por supuesto es razonable que lo estén. La responsabilidad de rebajar la temperatura no corresponde a la gente, sino a todos los que tienen mayor capacidad para fijar el lenguaje público. Y aquí incluyo también a algunos dirigentes de la izquierda, por supuesto.

Me acuerdo de cuando Donald Trump llegó al poder en Estados Unidos después de haber convertido la batalla contra la corrección política en una de sus señas de identidad. “Creo que el gran problema de este país es ser políticamente correcto”, dijo durante la campaña de 2015. Trump convirtió la incorrección en una forma de emancipación política. Presentó determinadas restricciones del lenguaje público como imposiciones de una cultura que impedía a la gente expresarse con libertad. Ser incorrecto pasó a funcionar como una prueba de autenticidad. Lo que antes podía producir cierto pudor empezó a producir orgullo. La transgresión dejó de ser un coste y se convirtió en una credencial. Prejuicios, resentimientos y generalizaciones que antes necesitaban algún disimulo encontraron un lenguaje con el que presentarse como valentía. En una reunión a puertas cerradas con senadores sobre política migratoria en enero de 2018, Trump llegó a preguntar por qué Estados Unidos debería aceptar inmigrantes de “países de mierda”.

No sé en qué momento el insulto dejó de ser era una anomalía en el camino político, pero en esas andamos. Por suerte, ya tenemos fecha para la restitución de la cordialidad, la educación y las buenas maneras.

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