El dolor mismo
Lorem ipsum, lorem ipsum, lorem ipsum. En el mundo de ayer, esas eran las palabras que de vez en cuando se escapaban en un pie de foto, un titular o un texto de prueba para imprimir. Si salía esa imitación del latín que se cree deriva de un texto auténtico de Cicerón (dolorem ipsum, “el dolor mismo”), era por haberle dado demasiado rápido al botón de imprimir. Todavía pasa, pero se nota menos. Es parte de la imperfección del mundo físico que tenemos aparcado.
Lo que tal vez no esperábamos era que en el mundo de hoy fuera tan habitual toparse con el equivalente al lorem ipsum, pero a propósito.
La máquina de producción de información o pseudo-información digital sigue creciendo al dictado de Google, Meta y X, que empujan los trocitos de información que creen retendrán más al lector en la pantallita. Puede ser algo que te enfada de un político, la tormenta que se avecina, qué festivos hay o qué vestido llevaba la cantante que probablemente te gusta. Llevado al extremo, esto ha producido y sigue produciendo titulares creados específicamente para cumplir con esa demanda sin importar que lo que hay debajo tenga sentido, sea verdad o coherencia gramatical. Las clásicas trampas son avisar del “decreto” del “cierre” de las escuelas o los bancos cuando se trata simplemente de los días festivos como cada año.
A la vez, la inteligencia artificial es capaz de resumir con coherencia y cada vez más precisión las noticias de fuentes más fiables y que eliminan la costumbre de recurrir al periodismo de manera directa. La trampa es que los medios profesionales pueden producir la peor versión de lo que es la información mientras el algoritmo es capaz de imitar de manera bastante decente la mejor versión, aunque a veces cometa errores garrafales y a la vez fáciles de aclarar. Y ahí estamos atrapados.
Nada de esto es inevitable, repetía el economista Daren Acemoglu, Premio Nobel de Economía, catedrático del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y autor de Por qué fracasan los países, en un coloquio esta semana en el Instituto de Matemáticas de la Universidad de Oxford. Le pregunté si estaba preocupado por el riesgo existencial –no lo está tanto como de otros peligros– y qué podían hacer las instituciones para luchar contra lo que más le preocupa.
Uno de los factores que le inquietan es la disolución de la esfera pública, cada vez más polarizada y dividida en un contexto en que el debate digital solo puede ir a peor si sigue por el mismo camino. Y, desde luego, ese camino no puede mejorar si los medios nos dedicamos a alimentar el mundo de lorem ipsum o su equivalente.
No vale con esperar a que los gobiernos aprueben una regulación o a que las grandes empresas globales de tecnología se autocontrolen como pretenden. Los medios, las universidades y cualquier otra institución cívica tiene la responsabilidad de levantar la voz, proponer alternativas y resistir a un negocio que está demostrando muy poca imaginación para construir un mundo mejor.
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