Daron Acemoglu, Nobel de Economía: “El debate sobre la amenaza existencial de la IA esconde riesgos más inmediatos”
Daron Acemoglu está muy preocupado por la inteligencia artificial, pero la extinción de la humanidad no encabeza su lista. El catedrático del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), Nobel de Economía de 2024, experto en tecnología, instituciones y empleo, y autor de Por qué fracasan los países, cree que hay peligros más inmediatos para la democracia y la prosperidad en una tecnología en manos de unos pocos y sin controles.
Los tres asuntos que encabezan su elenco de inquietudes sobre cómo las empresas están desplegando la inteligencia artificial generativa que aspira a imitar y sustituir a los humanos son la destrucción de empleos, el aumento de la desigualdad y la erosión de la democracia.
“No se puede descartar nada. Pero tampoco creo que la probabilidad de que no aparezca dentro de diez años un robot asesino que venga a matarnos a todos sea de uno entre un millón... Para mí, ésa no es la amenaza principal”, explica Acemoglu a elDiario.es durante un coloquio en el Instituto de Matemáticas de la Universidad de Oxford sobre su nuevo libro, ¿Qué pasó con la democracia liberal? Le preocupa que el “debate sobre la amenaza existencial” de la inteligencia artificial “oculte” dos aspectos que él considera más importantes.
De un lado, “los riesgos más inmediatos, más reales y más mundanos que no tienen que ver con la naturaleza de la IA, pero que están relacionados con su desarrollo y quién tiene el control”. La “pérdida de control” cree que es, de hecho, “un marco mucho mejor” que el de la seguridad en abstracto para entender por dónde debe ir la regulación y cuáles son los riesgos ahora mismo sobre la mesa.
“El riesgo es que los responsables de la toma de decisiones y el proceso democrático pierdan el control a manos de la IA. Y creo que eso es lo que está sucediendo, pero no porque la IA vaya a convertirse de repente en Hal de 2001: Odisea en el espacio, sino porque está siendo desarrollada por un puñado de empresas al servicio de la automatización y la centralización del poder”, explica en respuesta a la pregunta de elDiario.es sobre su preocupación por la amenaza existencial expuesta por desarrolladores de las empresas de IA.
Hal 9000 es la máquina que en la película de Stanley Kubrick de 1968 controla todos los sistemas de la nave espacial y una de las representaciones de la IA más famosas de la historia del cine. Acemoglu suele repetir que los desarrolladores y propietarios de las empresas de tecnología consumen “demasiada” ciencia ficción y, además, casi siempre la misma.
El riesgo es que los responsables de la toma de decisiones y el proceso democrático pierdan el control a manos de la IA. Y creo que eso es lo que está sucediendo, pero no porque la IA vaya a convertirse de repente en Hal de '2001: Odisea en el espacio', sino porque está siendo desarrollada por un puñado de empresas al servicio de la automatización y la centralización del poder
De otro lado, el segundo aspecto que “oscurece” el debate la conversación sobre la amenaza existencial es que “todavía estamos lejos de que la IA se convierta en una fuerza sobrehumana”. Acemoglu argumenta, de hecho, que “apenas estamos viendo los efectos en el empleo y no vemos ninguna de las ganancias de productividad porque la IA todavía tiene muchas limitaciones”. “Va a mejorar, pero no deberíamos exagerar. Y cuando Elon Musk, Sam Altman o Dario Amodei nos dicen que su tecnología es extraordinaria, siempre deberíamos ser un poco escépticos”, dice.
El futuro del trabajo
Acemoglu ha calculado que la inteligencia artificial apenas supondrá una mejora de productividad del 0,55% en la próxima década y que un 5% de las tareas actuales se podrán automatizar de manera rentable, con incrementos modestos en el crecimiento económico a corto plazo. De hecho, subraya que en Estados Unidos las pérdidas de empleos también por eso han sido hasta ahora pequeñas. Pero sí le preocupa el impacto en los empleos a medio y largo plazo mientras la tecnología no sea más “pro-trabajador”.
El economista turco-estadounidense dirige un grupo en el MIT, en Cambridge, Estados Unidos, sobre el futuro del trabajo. Uno de sus principales argumentos es que la democracia está en crisis por la pérdida de poder adquisitivo y social de los trabajadores con habilidades manuales y la incapacidad de las economías modernas para dar espacio con dinero y respeto a empleos diversos.
Acemoglu ha calculado que la inteligencia artificial apenas supondrá una mejora de productividad del 0,55% en la próxima década y que apenas un 5% de las tareas actuales se podrán automatizar de manera rentable, con incrementos modestos en el crecimiento económico a corto plazo
Su nuevo libro, que publica a finales de octubre en español la editorial Deusto, argumenta que la inteligencia artificial podría ser utilizada para solucionar uno de los problemas en la raíz de la crisis de la confianza en la democracia, en lugar de agravar sus carencias.
El economista insiste en que la IA es una herramienta que se puede desplegar de manera más complementaria para mejorar las capacidades humanas y ayudar en la vida diaria de los trabajadores. Por ejemplo, para dar más información a un electricista sobre los precedentes de problemas con el mismo aparato o permitirle trabajar en remoto; o para señalar a un profesor qué les cuesta más aprender a los alumnos y si conviene separarlos en clases más pequeñas para explicar las partes más complejas del temario. Así, según él, habría más demanda de profesionales, no menos.
Pero no cree que ese sea el camino que han emprendido las empresas tecnológicas, que son pocas y están centradas en el modelo de negocio de maximizar los beneficios a través de fuentes tradicionales como la publicidad digital y la venta de servicios a clientes interesados que tienen incentivos para ahorrar en costes de personal.
El impacto en el empleo
La inteligencia artificial que le preocupa se orienta hacia la imitación de las habilidades y las tareas humanas. Esto puede afectar, de un lado, a los trabajadores de servicios intelectuales cada vez más devaluados y, de otro, a los trabajadores manuales más especializados y que ahora todavía pueden avanzar en sus carreras desarrollando tareas no rutinarias.
La consecuencia de este modelo será que a medio y largo plazo “más empleos desaparecerán y no habrá posibilidades de que las personas construyan una prosperidad compartida”, según explicaba este miércoles Acemoglu en el coloquio en el Instituto de Matemáticas de Oxford. “Todavía no lo vemos porque la IA aún está en su infancia y se está expandiendo lentamente por la economía”.
Su estimación, como la de otros, es que los trabajos habitualmente ocupados por graduados universitarios son los que están más en riesgo porque uno de los objetivos de la IA es automatizar puestos que hasta ahora no podían ser automatizados por software convencional. Muchos de esos empleos son de oficina: se hacen delante de un ordenador y es justamente ahí donde la IA tiene la capacidad de aprender de la experiencia y la práctica humanas.
Más empleos desaparecerán y no habrá posibilidades de que las personas construyan una prosperidad compartida. Todavía no lo vemos porque la IA aún está en su infancia y se está expandiendo lentamente por la economía
Pero el impacto todavía es limitado incluso en Estados Unidos. En España, desde 2022, las ocupaciones consideradas más expuestas a la IA han creado empleo por encima de la media y su peso se mantiene en algo más del 30 % del empleo total, según un informe recién publicado por los centros de estudios FEDEA y BBVA Research.
En Estados Unidos, como subraya Acemoglu, tampoco se están viendo las pérdidas de ingresos para los grupos con estudios universitarios como sucedió con los hombres sin estudios universitarios en la década de los 90 y los 2000.
“Pero ahora mismo solo estamos viendo el principio de la pérdida de empleos que podría ocurrir”, avisa el economista. “La programación es la única ocupación que está experimentando recortes significativos en algunas tareas debido a la IA. También servicios de asesoría legal y atención al cliente. Eso no se duplicará ni triplicará de la noche a la mañana, pero se extenderá”.
Tampoco cree que las ocupaciones manuales se vayan a librar si sigue el actual desarrollo de la tecnología: “El sueño de todos los tecnólogos es que la IA finalmente tendrá poderes aún mayores de procesamiento y comprensión del mundo, y trabajará con la robótica para que cada vez más actividades que implican interacción con el mundo real también se automaticen”.
Desigualdad y división
Lo que ve es que la tecnología “ya está creando una desigualdad masiva en lo alto” y está “destruyendo la comunidad y la democracia” porque no sólo no facilita las conexiones, que son la base para el aprendizaje, la experimentación y la concordia cívica, sino que trabaja en su contra.
La introducción de la IA en las redes sociales potencia y perfecciona los algoritmos que cree que no son el origen, pero sí una parte esencial de la crisis democrática actual.
“Las redes sociales son solo la punta del iceberg. Amplifican los peores instintos y las peores prácticas. Desencadenan emociones negativas, amplifican la indignación, sustituyen la interacción real cara a cara en redes sociales reales en las que las personas aprenden y construyen confianza”, dice. “La comunidad es esencial para nuestra existencia y para la libertad. Porque la comunidad crea valores compartidos, genera confianza y permite la comunicación”.
Las redes sociales son solo la punta del iceberg. Amplifican los peores instintos y las peores prácticas. Desencadenan emociones negativas, amplifican la indignación, sustituyen la interacción real cara a cara.
“Nada de esto es inevitable”
Acemoglu todavía cree que es posible regular y dirigir las empresas tecnológicas hacia un camino beneficioso para la humanidad. También que los políticos y las instituciones pueden afrontar los males de las últimas décadas del desequilibrio social creado por la automatización y utilizar la regulación de una manera más eficaz que hasta ahora. Pero su libro es un llamamiento a la acción rápida para una crisis cuyo origen él sitúa a principios de los años 80 y que sólo se ha agravado con el paso del tiempo.
“Tenemos una ventana que se está cerrando por ambos lados. Por un lado, porque la democracia se está debilitando cada vez más. Y, a menos que quede algo de sangre democrática en el sistema, no se puede revivir la democracia liberal. Y se está cerrando, por el otro lado, con la IA”.
El economista sostiene que los problemas para los empleos, la desigualdad y la convivencia emanan de que la IA es una tecnología centralizadora tal y como se está desarrollando en este momento. “Concentra el poder en manos de unas pocas empresas y unos pocos líderes, y concentra el poder en manos de algoritmos en lugar de personas. Pero aquí está el quid de la cuestión: nada de esto es inevitable. No hay nada en el manual de uso de la IA que haya sido predeterminado hace 20 ó 40 años y diga que la IA tenga que ser una tecnología que destruya empleos, cree desigualdad y nos divida”, explica. “De hecho, la IA es una tecnología muy versátil, y podemos desarrollarla de multitud de maneras”.
La IA concentra el poder en manos de unas pocas empresas y unos pocos líderes, y concentra el poder en manos de algoritmos en lugar de personas. Pero aquí está el quid de la cuestión: nada de esto es inevitable
Los ejemplos en su libro de un uso “complementario” y de “acompañamiento” son técnicamente factibles igual que el desarrollo de la IA de una manera más descentralizada. Si son posibles y socialmente deseables, ¿por qué no están en el centro de la conversación? La respuesta de Acemoglu es que los líderes de las pocas empresas que controlan el sector no quieren ir en esa dirección por motivos financieros e incluso ideológicos.
“No concuerda con su plan de aumentar su poder, riqueza e influencia. Y no es solo cinismo, es también ideología”, dice el economista.
Le sorprende cómo se parecen en sus ideas, sus palabras, sus gustos y sus referentes Mark Zuckerberg, de Meta, Sam Altman, de OpenAI, Dario Amodei, de Anthropic, Elon Musk, de X, o Sergey Brin, de Google. “Su entorno, su formación y los libros de ciencia ficción que leen son idénticos”, dice el economista, elevando la voz para subrayar su asombro. “No había visto nada igual en la historia de la humanidad: un conjunto de ideas tan estrecho y marginal que ha llegado a dominar todos los aspectos de la vida”.
0