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España Cañada Real

Nevada del pasado 7 de enero en la Cañada Real.

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Cuando les cortaron la luz durante meses a 4000 personas del barrio de Cañada Real vulnerando sus derechos,

guardé silencio

Porque yo tenía luz en casa y podía pagarla.

Cuando llegó la navidad y Naturgy aún no había devuelto el suministro, Ayuso no había movido un dedo y supe que la mitad de las personas que viven ahí son niños,

guardé silencio

porque yo tenía a mis hijos dando vueltas alrededor del arbolito lleno de luces de colores.

Cuando en Madrid cayó la nevada más grande de su historia y la gente no tenía cómo ir por alimentos y por otra bombona de butano para calentarse en la penumbra,

guardé silencio

porque mi familia y yo estábamos calientes viendo caer los preciosos copos blancos por la ventana y haciendo muñecos de nieve.

Cuando me enteré de que hay gente en este país que en invierno duerme con abrigo y cuatro calcetines, que por el frío los niños se mean en la cama,

guardé silencio

porque no soy una ong.

Cuando leí que en los andes del Perú cada año los niños mueren literalmente de frío por decenas porque, pese a ser un país rico y exportador de gas, nada se queda en casa,

guardé silencio

porque el colonialismo es algo del pasado.

Cuando Iberdrola y las eléctricas vaciaron los embalses saltándose todos los acuerdos medioambientales, 

no protesté

porque el cambio climático no me lo creo, es una fake new, un invento de Soros y las feministas.

Cuando escuché en las noticias que el costo de la luz estaba subiendo exponencialmente hasta alcanzar cifras récord sin que el Estado pudiera frenarlo ni dar garantías a la población,

no protesté

porque puedo pagarlo.

Cuando los altos cargos políticos que gestionaron durante años la privatización de las empresas públicas pasaron de los gobiernos a los consejos de administración de los oligopolios eléctricos mediante las puertas giratorias,

no protesté

porque Felipe González era muy guapo de joven y Aznar no va a vivir de sus libros, ¿no?

Cuando comenzaron a salir artículos y a compartirse tutoriales sobre cómo ahorrar con la nueva factura de la luz poniendo la lavadora a las tres de la mañana,

no me quejé

porque eso lo hace mi mujer. 

Cuando algunas personas salieron a la calle a pedir justicia social y que se nacionalicen las eléctricas para que cesen los abusos,

no me sumé

porque no soy comunista.

Cuando los dueños de la luz chulearon al gobierno, haciendo demostración de fuerza con la amenaza de apagar las centrales nucleares y dejar al país sin el 25 por ciento de energía si persistía en su intento de bajar la luz y de no sé qué coño del escudo social de Podemos,

no protesté

porque la luz es propiedad privada (y no un recurso de todos) y las eléctricas deben seguir disfrutando de sus millonarios y merecidos beneficios postpandémicos aunque yo me joda.

Cuando finalmente me llegó la factura de la luz con una cifra absolutamente chiflada, impagable, 

no pude ver a nadie en la oscuridad.

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Publicado el
15 de septiembre de 2021 - 21:58 h

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