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El espanto

Manifestación contra el genocidio en Gaza en la Plaza del Pilar de Zaragoza
20 de septiembre de 2025 21:33 h

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“La unión hace la fuerza” es uno de los eslóganes con los que nos educaron y que se atribuye a Homero, pero que a mí me recuerda un concurso de la TVE en blanco y negro. En modalidades más modernas sigue siendo un principio indiscutible y una proclama que siguen utilizando hasta los partidos políticos para sus campañas, como hacen el PP de Galicia con “Xuntos”, Unidas Podemos, etc. Nada más lejos de la realidad. En la clase política española, la división y el cainismo campa a sus anchas a medida que se aleja del auténtico sentir de la ciudadanía.  

He visto reflejada la desorientación, el temor y la angustia en los ojos y las palabras de las gentes en este verano de incendios, guerras, despropósitos y vómitos dialécticos. “Entre Trump, Putin y Netanyahu no sé si me compensa pertenecer a esta generación”, “¿Qué mundo les vamos a dejar a nuestros nietos y nietas?”, “No sé a quién creer y quién me está mintiendo” ,“¿Cuánto tendré que ganar para poder pagar una casa...?”. Pensamientos así son frecuentes en nuestra sociedad desarrollada y rica. Preocupaciones que parecen insuperables y nos abruman porque no vemos una salida lógica que podría permitirnos la aplicación de códigos democráticos fieles a las raíces de la civilización europea que hemos heredado y cultivado. 

En este diálogo social del caos surgen voces razonables, pero también arriesgadas que nos hablan de fin de época y la muerte de un tiempo que no volverá. Pocas son las esperanzas que podemos atisbar para ese futuro inmediato porque las turbulencias actuales parecen abocarnos a una nueva edad cibernética, sin reglas ni equilibrios conocidos porque estará manejada por fuerzas poderosas, pero caprichosas que no atienden a preceptos humanistas e ignoran todo lo que hemos heredado de las civilizaciones antiguas en las que se asientan costumbres, valores y creencias hasta ahora compartidas y felizmente asumidas por los seres humanos.

Cuando rememoraba la Transición política que vivimos en España en los años 70, el ponente constitucional José Pedro Pérez Llorca solía decir -parafraseando el poema de Borges- “no nos unió el amor sino el espanto”. Y así explicaba a las jóvenes generaciones de la democracia cómo sus padres habían logrado el milagro de alumbrar un sistema democrático a partir de las estructuras de una asentadísima dictadura. En un contexto de violencia terrorista y la presión de fuerzas reaccionarias los constituyentes consiguieron enterrar el guerracivilismo endémico de nuestros pueblos.

Ese entendimiento y conciliación entre diferentes, llamado “consenso”, permitió la aprobación de una Constitución considerada entonces de las más avanzadas y que hoy sabemos que nos dejó disfrutar la etapa más larga de paz política que se conoce en esta tierra de conejos. Los radicales de la época exigían más, mucho más. Los revisionistas posteriores -con el cuñadismo propio de quienes aciertan la quiniela los lunes- despreciaron el hito y denunciaron las excesivas cesiones de uno u otro lado. Claro que pudo haberse hecho de manera diferente, que tendríamos que haber apretado más por aquí y por allí. A toro pasado, es fácil conocer todas las respuestas de lo que habría sido más conveniente, pero había que haber estado allí, en aquel contexto del espanto, de la sangre derramada por grupos terroristas, la sombra de un ejército que acababa de ejecutar penas de muerte, del pavor todavía inspirado por la guerra reciente y su cruenta represión posterior.

Es cierto que la historia no se repite y que a cada acontecimiento le corresponde un tiempo distinto. Sin embargo, no es menos cierto que el ser humano tiende a repetir los errores e ignorar las lecciones de la experiencia aprendida. Los que se repiten, para nuestra desgracia, son los mecanismos sociales que convierten a personas decentes en cómplices del horror. Lo estamos viendo. Es el fatalismo de movimientos sociales en países y territorios que parecían avanzados, cultos, pacíficos y prósperos, pero terminan por caer en los mismos abismos de sus antepasados en un regreso a la violencia, la guerra y la miseria. Igualmente, el pueblo como masa indiferente, se convierte en cómplice silencioso.

Veamos, por ejemplo, cómo no hemos aprendido casi nada de nuestra historia más nefasta y, por lo tanto, corremos el riesgo de repetirla. Estamos bordeando el abismo cuando el reconocimiento de la memoria más reciente y de la que deberíamos aprender es causa de enfrentamiento. Cuando llega la guerra a nuestras puertas y Ucrania padece el ataque del invasor ruso, quienes nos representan son incapaces de unirse en frente común para buscar soluciones. Y si los oligarcas de la economía y la política, comandados por el amenazante presidente norteamericano, nos chantajean y amenazan, tampoco contamos con la fortaleza de la unidad. Ni el aberrante genocidio que perpetra el gobierno de Israel contra el pueblo palestino de Gaza conmueve del mismo modo a quienes deberían aprender del pueblo español que sale a las calles unido en una sola proclama contra la ignominia.

Esas manifestaciones de gentes que portan banderas palestinas para denunciar el exterminio de gazatíes son las mismas que sellaron en su día una poderosa alianza contra el terrorismo etarra o yihadista. Las mueve el mismo espíritu pacífico, pero rebelde que se levantó contra la guerra. Pero los partidos políticos no son capaces de verlo, tan enredados andan en sus peleas tabernarias. Tampoco las danas, los incendios y catástrofes climáticas encuentran la piedad que deberían entre nuestra clase política.

¿Qué esperar, pues, de una falta de humanidad y responsabilidad semejantes? ¿Por qué no les mueve el espanto que invade al pueblo español en estos días? ¿Qué hay en la conciencia de quienes se dicen comprometidos con la democracia, pero solo buscan herirse mutuamente en una pelea de gallos? Cunde la desesperanza entre nosotros y nosotras porque no vemos salida a un mundo tan convulso y un país que se resiste a la radicalización, pero que, si nadie lo remedia, terminará por caer víctima del enfrentamiento entre sus élites políticas, como vemos que ha ocurrido en tantos otros lugares. Necesitamos el consenso como el comer.

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