El espectáculo imperial no debe continuar
Siempre tuve esta duda: cuando decíamos “el show debe continuar”, ¿hasta cuándo era? La idea de que el espectáculo es incombustible se entendía en un sentido figurado, porque todo tiene un principio y un final. Sobre todo las malas funciones. Ya el espectáculo no debe continuar.
Los poderosos llevan demasiado tiempo convencidos de que, teniendo poder, puedes hacer triunfar cualquier relato. Y durante un tiempo ha funcionado. El problema es que ya nos conocemos los trucos, ya hemos visto todas las representaciones. Ya no se esfuerzan y el show empieza a ser de muy mala calidad. Pongo ejemplos sólo de esta semana.
La experta en espectáculos ha aplicado varios giros de guion en su viaje a México. En vista de que resultó un fiasco, Ayuso nos contó que la persiguieron y el Gobierno no la protegió. Hizo las dos evoluciones imprescindibles en el arco narrativo de cualquier relato político que se precie: uno, introducir al villano (Sánchez, preferentemente). Y dos, victimizarse. En su mundo imaginario, en estos años ha sobrevivido a ataques de su propio partido (así se cargó a Casado, ¿recordáis?), a persecuciones de la maquinaria del Estado. Ahora también ha salido viva de la amenaza del Estado mexicano, con la presidenta al frente. ¿Quién cree ya a esta Lara Croft? Ni los suyos. Pero ha creado escuela. Ahí está el aprendiz Clavijo con sus “malditos roedores”…
¿Qué decir de Florentino? Me sabe mal que el show se acabe, para una vez que sale. Pero su caso ilustra cómo la comunicación se rige por idéntico patrón, al margen de que el poder sea político o empresarial. Lo importante es que ellos no son nunca responsables de nada. En los últimos meses Florentino ha enterrado su sueño de la SuperLiga europea tras firmar con UEFA su particular Tratado de Versalles. Tampoco puede controlar La Liga española. Para remate, el fracaso ha sido total en el campo. Eso le ha generado ruido interno. ¿Cómo se arregla? Exacto, como Ayuso: con un culpable. Quizá se equivocó en no tirar por Sánchez, pero la prensa también es un clásico. Mientras, distrae del hecho institucional esencial: convoca elecciones a toda prisa para impedir que sus opositores internos se organicen. Conserva el poder, aunque ya no la credibilidad.
Imponer hechos alternativos requiere práctica. El maestro Trump lleva toda la vida entrenando. Y aun así, su interpretación de corderito degollado ante Xi Jinping… En fin.
La paradoja es que la fórmula del relato político ha sido tan eficaz que ha muerto de éxito. El objetivo en esta “era del enfrentamiento”, por decirlo con Christian Salmon, no era convencer al otro, sino galvanizar a los propios. Pero esa formulación tiene un riesgo: cada vez que alguien no los cree, deja de ser de los suyos. Con esa exclusión tan burda, resulta tan fácil tener razón que se acaban relajando. Los relatos que cuentan son cada vez de peor calidad. La inventiva irresponsable y victimista se repite como la fórmula de una telenovela. No funciona. Y aun así, el peligro persiste.
Hace décadas Karl Rove, asesor de George W. Bush, le explicó al periodista Ron Suskind la arquitectura de la comunicación imperial. Definió con sarcasmo a los periodistas como gente que vive en “una comunidad basada en la realidad”. Y añadió: “El estudio juicioso de la realidad discernible no es la forma en que funciona el mundo. Ahora somos un imperio, y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad”. Años después, la Casa Blanca de Trump lo simplificó con los “hechos alternativos”. En el fondo, cuando Trump acusa a la prensa de estar en contra, tiene razón. Los periodistas siguen basándose en la realidad.
En esos imperios ficticios viven los Trump de este mundo. Pero sus decisiones nos afectan a todos. Es el imperio que alumbró el Brexit. El de un Netanyahu que te considera enemigo y antisemita si te atreves a mencionar un hecho: que está matando niños. En sus imperios imaginarios cada vez cabe menos gente cuerda.
Estos líderes, que nunca quisieron convencer a todos, desde hace un tiempo ni siquiera buscan persuadir a los suyos. Su objetivo es volvernos locos, generar tal confusión entre los hechos y sus alucinaciones, que para mantener la cordura debamos, o bien creer sus delirios o bien apagar la tele. Y renegar de la información mientras decimos: “Qué asco de mundo”. Y sí, muchos días es un asco, pero es falso. Hay otro muy asequible para nosotros: el mundo real. Hasta logramos hacerlo hermoso algunos días.
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