Lecciones papales a diestra y siniestra
León XIV ha hablado en el Parlamento español, los diputados le han escuchado y aplaudido y la mayoría se han quedado como estaban, agarrándose a lo que les conviene y descartando lo que choca frontalmente con su ideario y programa electoral. El pontífice comenzó su discurso reconociendo “la autonomía de las realidades terrenas” y la “distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”, lo que sentó bien entre los partidarios de una separación nítida entre Iglesia y Estado. Pero seguidamente se sacó de la manga una metáfora con el lucernario del Congreso para reflexionar sobre la inspiración divina que debería guiar a los legisladores y de ahí saltó a una defensa de las raíces cristianas de Europa. Un poco para unos, un poco para otros, y todos contentos.
El Papa, como era de esperar -y sorprende a un total de cero personas- se mostró contrario tanto al aborto como a la eutanasia (diría que en el mismo saco va la pena de muerte) por el valor sagrado que la Iglesia otorga a cualquier vida desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. De modo que es la izquierda laica la que debe separar lo religioso de lo político en ciertos temas de derechos, especialmente los que afectan a las mujeres. Uno de los grandes problemas de la Iglesia Católica es su consideración del papel de las mujeres tanto dentro de su seno como en la sociedad. De este tema, León XIV no ha dicho nada a pesar de su propensión a abordar temas espinosos para la Iglesia, como los abusos sexuales. Tampoco se hablará en este viaje, ni siquiera desde la izquierda, de los privilegios terrenales y económicos de la Iglesia Católica, reivindicaciones relegadas con el paso del tiempo y el auge de la nueva mística Hakuna style.
Muy distintas son las lecciones para la derecha española, sin hacer distinciones entre los más extremistas y los moderados que han adoptado el discurso ultra. Son precisamente los ciudadanos de derechas (los de la Cruz, en palabras de Isabel Díaz Ayuso) los que más presumen de fe e ideales católicos y se erigen en defensores de la civilización cristiana. A ellos el Papa les ha dicho con claridad que el catolicismo es incompatible con la prioridad nacional, el nuevo nombre de la xenofobia institucionalizada. En definitiva, que no se puede meter en la urna la papeleta de Vox y declararse católico, apostólico y romano. León XIV ha hecho de la inmigración uno de los ejes de este viaje y lo ha repetido en el Congreso, exigiendo vías seguras y legales para los inmigrantes y una acogida respetuosa e integradora; también ha pedido que se promueva “el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”.
Esta es la principal lección para Feijóo, que ha asumido la prioridad nacional olvidando los principios humanistas de la derecha civilizada. A Santiago Abascal y sus votantes lo que diga el Papa les da igual: la xenofobia es el principal punto de su programa electoral y no van a renunciar a explotar los más bajos instintos del ser humano ni sus temores. Su ideario es lo opuesto al lema de este viaje, “alzar la mirada”. Han conseguido normalizar entre una parte no desdeñable de la sociedad española que el otro, el extranjero, el adversario político, el pobre, es el enemigo, y el voto del odio es demasiado jugoso para renunciar al él por mucho Prevost que diga lo contrario.
En el Congreso, el pontífice también ha aludido a la Escuela de Salamanca y a teólogos como Francisco de Vitoria, que ya reconocieron los excesos e injusticias cometidos en la conquista de América: “La sociedad y la Iglesia no siempre estuvieron a la altura”, ha dicho, abordando otro punto espinoso para los nuevos fans irredentos de Hernán Cortés y la reescritura interesada de la Hispanidad. El Papa ha valorado como una de las grandes herencias de España precisamente su contribución al desarrollo del derecho de gentes, germen del actual Derecho Internacional, hoy tan pisoteado por el trumpismo. En ese mismo sentido, la oposición al rearme europeo y la llamada a solucionar los conflictos por la vía diplomática constituyen un apoyo a la política internacional del Gobierno de Sánchez, como lo es también la política migratoria y de regularización. El seguidismo de Feijóo hacia las políticas del partido ultra Vox le han impedido posicionarse como el partido más alineado con el ideario católico: un consenso en política internacional y migratoria con el gobierno le hubiera permitido hacer gala de ideales conservadores democristianos sin renunciar a su denuncia de la corrupción.
El Papa también se ha referido a la tecnología, otro de sus caballos de batalla y tema de su primera encíclica, Magnifca Humanitas. La preocupación por el tecnofascismo, una ideología que se apoya en los avances tecnológicos y la IA para intentar moldear el mundo al margen de las necesidades y dignidad humanas. La preocupación del Papa porque el ser humano deje de ser el centro de las decisiones políticas y sean los dueños de las empresas tecnológicas que controlan la IA los que impongan la moralidad y establezcan las bases de las relaciones humanas (familiares, laborales, industriales, internacionales) es una de las claves de su pontificado. Es evidente que en la cruzada del pontífice contra el poder de la IA subyace el temor a que la Iglesia vea mermada la capacidad para imponer su moralidad, pero ello no resta importancia al debate que propone León XIV.
En definitiva, el Papa ha recordado a la derecha su incoherencia con los valores cristianos que dicen defender, y la izquierda debería sacar la lección de que la euforia por compartir con la Iglesia ideales de paz y justicia social no debe llevarla a una renuncia del laicismo, que es la base de la libertad individual y colectiva.
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