El miedo va ganando
En 1995 Jean-Claude Izzo publicó Total Khéops, una novela negra ambientada en una ciudad de Marsella donde ya se registraba un fuerte ascenso entre las clases populares del partido de ultraderecha de la familia Le Pen. Izzo contaba que a los marselleses les habían metido miedo y añadía que el miedo “les impedía pensar”.
El miedo es un sentimiento muy poderoso; si infundirlo es relativamente fácil, erradicarlo es muy complicado. El miedo, como señalaba Izzo en su novela, consigue paralizar la capacidad de pensar racionalmente y empuja a reacciones viscerales como la huida alocada, la respuesta violenta o el refugio en una manada pastoreada por un temible lobo alfa. Por eso la extensión del miedo es uno de los principales instrumentos de los aspirantes al poder absoluto.
Siento que hay mucho miedo sembrado exitosamente en la España que afronta este nuevo curso. El miedo que ha alimentado secularmente nuestra morofobia e islamofobia, esa desquiciada identificación del magrebí y el musulmán con la perfidia en estado puro. El miedo a que te ocupen la vivienda cuando te vayas de vacaciones si no has contratado una alarma de la última generación. El miedo a que te quite el trabajo o la asistencia sanitaria un extranjero de piel oscura.
Retransmitida en términos apocalípticos por los medios de comunicación y la ultraderecha política, la crisis de Ceuta quizá haya sido la gota que ha desbordado un vaso llenado cotidiana e intencionadamente de temores desde hace años. Ahora la mitad o más de los españoles contemplan con angustia el presente y temen por el futuro, aunque tengan empleo, se hayan cambiado de coche hace poco y no hayan escatimado gastos en sus vacaciones de verano. Parecen dispuestos a venderles sus almas a los que ofrezcan gobernar el país con puño de hierro.
En cuanto a la otra mitad de la ciudadanía, la que sigue valorando altamente la libertad y la justicia, empieza a sentirse embargada por el desconsuelo, por la terrible sensación de que es casi inevitable la conquista por parte de los ultras de los pocos poderes que aún no ejercen. También, por la idea de que la hegemonía ultra será larga e implacable.
Y es que la crisis de Ceuta ha supuesto otra batalla ganada por los ultras en la guerra por el control de la interpretación de la realidad. Su bombardeo de mensajes burdamente emocionales es constante desde hace cincuenta días: sufrimos una invasión, la patria está en peligro, hordas salvajes de moros y negros aterrorizan Ceuta y se aprestan a saltar a la península, Pedro Sánchez está compinchado con el rey de Marruecos en el objetivo de humillar a España, viva Santiago Matamoros y a mí La Legión. Desayuno, comida y cena, periódicos, radios, televisiones y redes sociales reiteran estos mensajes.
¿Cómo rebatir semejante vomitera de bulos, memes, sospechas, teorías conspirativas, medio verdades y medio mentiras? ¿Cómo oponerse a una tormenta que no da tregua ni para intentar pensar? ¿Cómo no declararse impotente y asumir con pena que ni tan siquiera vale la pena intentar poner algunos puntos sobre las íes, que la mayoría de la gente solo escucha lo que se adecúa a sus prejuicios y sus temores?
Y, sin embargo, hay que hacerlo, me digo en estos últimos días del verano. En primer lugar, por dignidad propia, para que no pueda decirse que callaste cuando empezaron a desaparecer judíos en tu barrio. Y en segundo, para ir sentando las bases de un futuro regreso de la primacía de la razón a la escena pública.
“Para levantarse, hay que admitir, primero, que uno se ha caído”, escribe Amin Maalouf en León el Africano. Sabias palabras: el pensamiento ilustrado está por los suelos y negarlo solo supone excavar nuevas plantas en el sótano de la derrota. Hay que empezar de nuevo desde un modo que podría llamarse de resistencia y reconquista, hay que ponerse ya a diseñar los espacios de libertad y los modos de comunicación que ofrecerán oxígeno y luz en los tiempos oscuros.
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