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Lo de Milei y el Perro (el vivo)

Fotografía cedida por Time donde se muestra la portada dedicada a Javier Milei, titulada 'El radical' y que consta de 16 páginas, que incluyen un reportaje y una entrevista con el mandatario realizada en la Casa Rosada que duró una hora. EFE/Irina Werning/Time

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Está el mundo de un raro últimamente. Como al final de una partida de Risk de seis horas en la que todos están ya hartos y haciendo el tonto y deseando salir al balcón a fumar o a tirarse, directamente; cualquier cosa antes que seguir mirando ese mapamundi de cartón, y el conflicto se acaba resolviendo entre claudicaciones y resoplidos con desgana. De un tiempo a esta parte, ha sublimado la parodia de un übermensch nietzscheano a través del movimiento anarcocapitalista que está catalizando a conspiranoicos, fascistas, misóginos y, en general, cualquier hombre en la crisis de los [inserte cualquier edad]. No sé qué pasa, pero ahora en lugar de comprarse una moto a más de uno le ha dado por convertirse en un villano de Batman; el poder de los podcast y la viagra. Todos quieren ser estoicos, traders y machos alfa, pero no saben que también necesitamos  riders de Uber.

Una crisis diplomática ha provocado la impronta libertaria -libertina- del presidente de Argentina, que ha entrado en España a gritos espoleado por nuestros propios jinetes del mal, que en todos sitios tenemos. Nuestro plato regional es el nacionalcatolicismo. A favor de Javier Milei solo diré que de él se han dicho cosas peores: que si es un drogadicto con evidentes problemas mentales, que si habla con su perro muerto a través de una médium (...), que si tiene una relación… rara, con su hermana Karina; no sé mucho ni de drogas ni de parapsicología animal, y mucho menos de incestos, así que no entraré a preguntarme la legitimidad de estas cuestiones. Sería juego sucio.

Aunque mi destino vaya a ser el de mi abuelo, y termine siendo un cenetista votante del PSOE por pura desidia, dejadez, pereza y angustia ante el nulo atisbo de esperanza, no deja de hacerme rugir por dentro escucharles hablar de libertad a los que comercian con ella. No hace falta ser economista, politólogo o matemático, es más, ni siquiera es necesario ser inteligente para entender que el Estado, en un sistema capitalista, garantiza que de algún modo no acabe todo el dinero en un mismo punto y colapse la economía. El capitalismo sin Estado dura lo que duran dos peces de hielo. Frente al feudalismo de grandes corporaciones y Estados únicamente enfocados en la represión, como el régimen de Bukele en El Salvador o Milei en Argentina, está el anarquismo de Poblenou, el de la Comuna de París, el del CRDA; utopías materializadas y exterminadas por el riesgo de contagio, sí son dignas de llamarse libertarias. Ideas reducidas al ridículo de la ensoñación sin pensar en que son posibles, mucho más posibles que destruir la Seguridad Social pero mantener el ejército y la policía y tratar de hablar de que has desmantelado el Estado. Se nos cae la cordura encima como un techo de pladur.

José Andrés Torres Mora escribe en El día que el triunfo alcancemos (Mirador, 2015) que los socialistas son reformistas sin reforma, y los comunistas, revolucionarios sin revolución. Uno deja de ser cuando pierde la inercia, porque la chispa solo prende lo que el gas mantiene. Los derechos jamás se cincelan en piedra, están escritos a lápiz, el gran error es subestimarlo. Los argentinos se han ofrecido voluntarios para saber más de soga que el ahorcado.

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