Morir de soledad
Siempre me ha gustado la ciencia ficción, especialmente cuando aventura distopías. Durante el Renacimiento se puso de moda la literatura utópica. Tomás Moro, Tommaso Campanella y Francis Bacon imaginaron sociedades ideales donde imperaban la justicia, el bien y la belleza. Después de Auschwitz, Hiroshima y el Gulag, la literatura utópica se convirtió en un género casi ofensivo. Ningún autor se atrevía a fantasear con un porvenir feliz y luminoso. Por el contrario, surgieron ficciones apocalípticas que anticipaban un futuro terrorífico. En vísperas del ascenso de Hitler al poder, Aldous Huxley publicó Un mundo feliz, una novela que prefiguraba una sociedad donde la tecnología, la manipulación y las drogas dividían a la humanidad en castas para destruir cualquier vestigio de libertad, dignidad o autonomía. En 1949, George Orwell publicó 1984, una novela que describía cómo sería la vida bajo un régimen totalitario capaz de controlar el pensamiento, el lenguaje y los afectos. Ya en 1953, cuando el senador Joseph McCarthy aún gozaba de un poder casi ilimitado para acosar, cancelar y encarcelar a los supuestos comunistas infiltrados en la cultura, la política y la investigación científica de Estados Unidos, Ray Bradbury publicó Fahrenheit 451, una novela donde los libros estaban prohibidos y las grandes pantallas de televisión, omnipresentes en todos los hogares, se utilizaban para enajenar a las masas. Lejos de apagar fuegos, los bomberos se dedicaban a buscar bibliotecas clandestinas para reducirlas a cenizas.
Algunas de las predicciones de Huxley, Orwell y Bradbury se han cumplido: la tecnología se ha convertido en una poderosa arma de manipulación, las grandes pantallas de plasma han desplazado al libro y el consumo de drogas ha desactivado la conciencia crítica de miles de ciudadanos. Como en Un mundo feliz, el sexo se ha banalizado e instrumentalizado. La pornografía ha asumido la educación sexual de las nuevas generaciones, degradando la imagen de la mujer a simple objeto de consumo. En la esfera de la política internacional, tres potencias que no respetan los derechos humanos (Estados Unidos, Rusia y China) luchan por el control del planeta. La tensión permanente que desata este conflicto erosiona la convivencia, normalizando el miedo, la crueldad y la inseguridad. Los analistas ya no descartan posibilidades como una guerra civil en Estados Unidos o una peligrosa escalada de confrontación entre Pekín, Moscú y Washington. De hecho, ya luchan en países como Venezuela, donde se disputan los minerales, el petróleo, las rutas comerciales y las posiciones geoestratégicas. De todas formas, no hace falta situarse en zonas tan calientes para afirmar que vivimos en una época distópica. En 1969, Adolfo Bioy Casares publicó Diario de la guerra del cerdo, una novela donde grupos de jóvenes atacan y matan a los ancianos porque no soportan contemplar lo que les espera a ellos. Matar a un anciano es una forma de suicidarse, pues nadie escapa de la vejez, pero eso no importa. Lo esencial es acabar con la imagen que proyectan las personas mayores. La vida es salud, insolencia, frescura. O, al menos, eso parece. Sin embargo, la vejez muestra que la vida también es enfermedad, decadencia y desamparo.
Ya sabía que algunos ancianos japoneses cometían pequeños delitos para ser encarcelados y poder huir de la soledad. Hace unos días, circuló la noticia de que el porcentaje de personas de la tercera edad que actuaban de ese modo en Japón ascendía al 13% de la población reclusa. Con pensiones miserables e hijos que consagran todo su tiempo al trabajo y el ocio, la opción de estar entre rejas resulta mucho más sugestiva que pasar los días aislado en un apartamento minúsculo y con la nevera semivacía. Las cárceles japonesas se han visto obligadas a adaptarse a este fenómeno, convirtiéndose en residencias. Los funcionarios de prisiones están perplejos y desorientados, pues su trabajo ya no consiste solo en vigilar, sino también en cuidar. Muchos no están preparados para esa responsabilidad y los directores de prisiones han tenido que ampliar sus plantillas con personal sanitario y trabajadores sociales.
La balada del Narayama, una novela de 1956 de ShichirÅ Fukazawa adaptada al cine en dos ocasiones, popularizó la idea de que en Japón se abandonaba a los ancianos en bosques y montañas cuando se convertían en una carga para la comunidad. No es falso, pero eso solo sucedió en remotas épocas de escasez, cuando el hambre diezmaba a la población. Como se puede apreciar en El crisantemo y la espada, el famoso ensayo escrito en 1946 por la antropóloga Ruth Benedict para ayudar a las tropas estadounidenses a comprender la mentalidad de los japoneses, los ancianos del Japón de la posguerra gozaban de un enorme respeto y una gran autoridad en la sociedad, algo que comenzó a cambiar por la influencia de la cultura occidental, como reflejó magistralmente YasujirÅ Ozu en Cuentos de Tokio, una obra maestra de 1953. En 1949, Ozu estrenó Primavera tardía, una conmovedora película sobre una joven que se resiste a contraer matrimonio para no dejar solo a su padre viudo. Cuatro años después, los lazos familiares ya se habían relajado por culpa de un individualismo autodestructivo, fruto del contacto con el modelo cultural estadounidense.
En 2021, Japón creó el Ministerio de la Soledad y el Aislamiento por el incremento de suicidios de jóvenes y ancianos. La soledad no deseada se ensaña con los ancianos, pero también golpea con dureza a los más jóvenes. Muchos adolescentes se encierran en sus habitaciones y cortan los lazos con el exterior. A los que se comportan de ese modo se les conoce con el nombre de “hikikomori”. ¿Estamos mejor en España? Otro día hablaré de los jóvenes. Hoy me limitaré a comentar la situación de las personas de la tercera edad. Dos millones de mayores de 65 años viven solos. Son un 23% de esa franja de población. De esos dos millones, 850.000 han superado los 80. Es una de las consecuencias de la desintegración de la familia tradicional. Evidentemente, no sería deseable retroceder en el tiempo, pues ese modelo de familia arrojaba sobre las espaldas de las mujeres la tarea de cuidar a niños y ancianos. Sin embargo, no se puede desmontar una estructura sin crear otra. Hay algo peor que una tiranía: un país o una región sin ley. Ahora el modelo familiar se ha diversificado. Se han normalizado, como era de justicia, las relaciones homosexuales mediante el matrimonio igualitario y muchos hombres comparten con las mujeres las tareas del hogar, pero los núcleos familiares se han vuelto sumamente inestables y frágiles. España tiene una de las tasas más altas de rupturas sentimentales: alrededor del 60%. Este porcentaje de fracasos quizás es una de las explicaciones de fenómenos como el cohousing o covivienda, comunidades de casas privadas con espacios comunes donde se realiza una intensa vida social y se comparte toda clase de experiencias.
No quiero parecer apocalíptico, pero creo que el drama de la soledad no deseada no es un problema menor, sino el signo de un fracaso colectivo. El ser humano es un animal social, como señaló Aristóteles. Se puede morir de soledad. Según la OMS, el aislamiento es un factor de riesgo tan grave que puede elevar hasta en un 39% las probabilidades de morir. El sufrimiento que produce la soledad no deseada incrementa el riesgo de depresión, suicidio, ansiedad, alcoholismo, tabaquismo, infarto, ictus, deterioro cognitivo, Alzheimer, cáncer y otras patologías asociadas al debilitamiento del sistema inmunitario. El azar quiso que yo empezara a colaborar con este diario a raíz de un tuit sobre lo que representaba cumplir sesenta años sin hijos y con problemas de salud. Al parecer, ya se habían planteado pedirme que escribiera columnas, pero ese breve texto propinó el empujón definitivo. El tuit traspasó fronteras y varios países de América Latina me entrevistaron para hablar sobre el tema. El impacto de mi reflexión fue tan alto según parece porque muchas, muchas personas sufren un problema similar y se sintieron identificadas con mis palabras. No me agrada constatar ese hecho.
No me resigno a vivir en un mundo distópico. Hablar de utopías parece ingenuo, pero yo creo que es muy necesario. El principio de esperanza, como advirtió Ernst Bloch, es el motor de la historia. Por eso, espero que la distopía de un mundo en el que los ancianos prefieren la cárcel a la soledad sea algún día reemplazada por la utopía de un mundo más fraterno y compasivo, donde todos asumamos que el cuidado de los otros y la solidaridad entre las distintas generaciones no es una pesada obligación, sino el pilar de una convivencia verdaderamente humana.