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Y no pasa nada

El coche de la organización humanitaria World Central Kitchen (WCK) bombardeado por las fuerzas israelíes. EFE/EPA/MOHAMMED SABER

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El Israel de Netanyahu ha demostrado hace meses que no se detiene ante nada ni ante nadie y sigue su plan marcado: destruir a Hamás destruyendo Palestina entera con todos sus habitantes dentro. Las guerras, hasta las más cruentas, tienen un mínimo de reglas humanitarias, pero las autoridades israelíes ya lo avisaron a principio de octubre: “Queríais un infierno y tendréis un infierno”. El mismo día, el ministro de Defensa dijo estar luchando contra “animales humanos”. El plan trazado sigue su camino sin obstáculos.

El país –que se reivindica como una democracia aunque en Gaza se comporte como un régimen tirano que no se somete a ningún contrapoder internacional– ha anunciado este martes una investigación por el ataque aéreo a un convoy humanitario de la ONG del chef José Andrés en el que han muerto siete cooperantes. El resultado de esa investigación de parte tendrá que resolver por qué se disparó al convoy, que iba identificado, aunque ahora ya nadie duda de quién ha sido porque Israel no se molesta en negar su autoría, porque ahora ya todo es posible.

Tan solo seis meses después de que el mundo asistiera atónito al bombardeo del primer hospital, el Al-Ahli de Gaza –que dio lugar a un cruce de acusaciones y en las que Israel mostró vídeos que supuestamente le exculpaban–, el mismo ejército israelí ha mostrado al mundo fotos y vídeos de cómo es capaz de bombardear hospitales sin remordimiento en nombre de la seguridad, así como campos de refugiados, escuelas de la ONU o convoyes de periodistas. Nada ni nadie detiene a Netanyahu, que tiene entre sus planes también acabar con la agencia de refugiados de Naciones Unidas (Unrwa0) y tener cerrado a cal y canto el paso de Rafah para que no pase un menú ni una medicina. Puede atacar una embajada iraní en un tercer país o matar a extranjeros cooperantes. Y no pasa nada distinto. Recibe las mismas armas, ayudas y comercia con otros países exactamente igual que si no lo hubiera hecho.

Desde fuera solo EEUU –de quien Israel tiene dependencia armamentística para poder seguir la guerra– tiene la llave para que el conflicto pare. Pero el único gesto real que ha hecho la administración Biden es abstenerse para que el Consejo de Seguridad de la ONU exija un alto el fuego. El obligado cumplimiento iba sin sanción aparejada y Netanyahu ha puesto la resolución en el mismo cajón que las llamadas a la paz, los trueques de prisioneros –no ha sido capaz de liberar a ninguno por sus propios medios, mas que cuando pactó el alto el fuego con Hamás– o las llamadas de auxilio para que pueda entrar agua y comida. Europa no alcanza consenso y los esfuerzos de España o Irlanda por una posición común contra la barbarie de Gaza no encuentra unanimidad. Sin ella, la UE se encuentra anclada en la política declarativa. Las manifestaciones populares y la presión social pueden ser también la palanca de cambio para los países tibios y los que anteponen sus intereses estratégicos a las llamadas primarias de la humanidad. Aquellos que están más por no ofender que por defender.

Desde dentro de Israel, la presión de sus habitantes puede hacer que pare la guerra, al menos este tipo guerra, pero las señales de hastío son minoritarias. De hecho, el Parlamento israelí acaba de aprobar una ley que prohíbe al medio catarí Al Jazzera emitir en su territorio y a cualquier otro que “dañe la seguridad del Estado”. Netanyahu ya intentó echarlos en 2017 y en 2022 Israel asesinó “por error” de un tiro en la cabeza a una periodista de esta cadena durante unos enfrentamientos en Cisjordania. Esta censura mediática ha obtenido 71 votos a favor y solo 10 en contra. La falta de reacción a las barbaridades que se están llevando a cabo en Gaza, la justificación en nombre de la seguridad, solo puede ser debida a una guerra anterior, la deshumanización de los palestinos, a los que el gobierno lleva años hostigando, también en lugares donde no gobernaba Hamás, como es el caso de Cisjordania, donde se tirotea a chicos y se echa de sus casas a familias enteras. La identificación palestino/terrorista ha calado hondo por la batalla cultural que ha antecedido a la balística.

Tras el 7 de octubre, los israelíes tienen derecho a vivir en paz, pero los palestinos tienen derecho a vivir. Si Israel no está dispuesta a reconocerlo, otros países y otros ciudadanos del mundo tendrán que obligarle a cumplir. Están pasando muchas cosas, demasiadas. No puede seguir no pasando nada.

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