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¿Quiénes Podemos? Nos jugamos un partido

Asistentes a la Asamblea Podemos / Marta Jara

Isaac Hacksimov

Nos encontramos inmersos en un proceso histórico, sin precedentes para quienes nacimos después de la Transición, un proceso que puede marcar el curso de las próximas décadas en términos políticos, económicos y sociales. Todo dependerá de cómo lo afrontemos y orientemos. Esta semanas se define la forma institucional de Podemos como partido y como estructura de organización política de multitudes. El reto es tan antiguo como la democracia misma: construir formas apropiadas del poder de la gente. El resultado marcará las formas de gobernanza que se ejerzan desde esta organización y las alianzas que establezca en el futuro. Todo esto sucede en una coyuntura crítica del escenario político y económico estatal y europeo: las formas de la democracia representativa moderna, en las que unos pocos deciden por –y, a menudo, a espaldas y en contra de– una mayoría, que solamente los elige, revelan su corrupción galopante. Es ahora cuando las bases y la promotora de Podemos se enfrentan a una disyuntiva representativa, de extraordinaria relevancia, una disyuntiva que se abre, precisamente, en la frontera (y la disputa por la primacía) entre las bases activamente participativas y la promotora. Esta disyuntiva va a determinar el verdadero potencial constituyente y transformador de Podemos como experiencia y modelo de organización democrática a medio y largo plazo, a escala interna y, por extensión, a escala pública e institucional. Si la cuestión de la organización se cierra en falso (si se cierra, sin más) internamente, se habrá perdido mucho, mucho antes de las elecciones de 2015. Pero antes de entrar en el meollo permitidnos valorar rapidamente el recorrido que define el escenario actual.

La irrupción de Podemos en la escena política nacional (cerca de 150.000 personas inscritas en apenas 2 meses) se enraiza en el terreno fértil constituido por el ecosistema de colectivos, mareas, plataformas ciudadanas y movimientos en red que surgió (o se alimentó) de la explosión del 15 de mayo del 2011. Como decía Íñigo Errejón, “a Podemos le ha tocado el tiempo de recoger lo que había sembrado mucha gente”. El éxito de Podemos reside precisamente en haber sabido recoger en un proyecto aglutinador un conjunto de transformaciones subjetivas y nuevas coordenadas mentales, el despertar de un sentido (y un sentimiento) común, las rupturas de significado y las demandas y potencial participativo de una mayoría social crítica con el status quo. Ésto ha sido posible gracias a la audaz visión estratégica y preparación politica de la promotora, que ha sido capaz de articular, a través de la fórmula electoral, de un partido y un discurso innovadores, un movimiento político de ruptura, con vocación de mayoría social. Ninguna otra iniciativa post-15M ha conseguido articular del modo en que lo está haciendo Podemos, de manera operativa y estructurada, el potencial político desencadenado tras la toma de plazas y la emergencia de una narrativa, sensibilidad e inteligencia colectivas de carácter contra-hegemónico, en las redes y en las calles.

Podemos ha seguido una estrategia que ha superado al resto de los partidos emergentes y promete hacer lo mismo con IU y PSOE, al tiempo que ha descolocado a los movimientos sociales de base. Ha recogido el malestar en una iniciativa visible, identificable en televisiones, carteles y papeletas, acumulando un capital simbólico que ningún otro movimiento ha conseguido amasar con tanta rapidez y en semejante volúmen, un activo simbólico que canaliza el descontento, genera adhesión, aglutina y arrasa. Lo ha conseguido siguiendo la estela del 15M y reescribiendo el lenguaje político para borrar las separaciones clásicas que impedían una ruptura contra-hegemónica y nos condenaban al bipartidismo pendular. Ahora podemos hablar de “los de arriba y los de abajo” frente a “la izquierda y la derecha”, hablar de “la gente” en lugar de “la clase trabajadora” o “la nación”: la gente se enfrenta a la casta, la democracia a la oligarquia. Así es posible imaginar ya un nuevo consenso social que suponga una ruptura real, acumular la potencia suficiente para hacer pensar que es posible sacar de las instituciones a los principales causantes y cómplices de esta crisis económica y política.

En el proceso han sustituido las ideologías por el marketing político. Y seguramente había que hacerlo así, o así ha sucedido, pero no por casualidad. Es el resultado de una estrategía teóricamente bien articulada y ensayada –con éxito– en otros países. Aunque, no lo olvidemos, nada de esto habría podido salir adelante por el simple empeño de un grupo de académicos, por muy estratégicamente premeditado y tácticamente ajustado que fuera. Decenas de miles de personas han contribuido a difundir, enriquecer, matizar, proponer, amplificar y fijar el potencial que enuncia Podemos.

Quizá por todo ello, hoy por hoy, Podemos se presenta a veces como dos cosas bien distintas (y una hibridacion experimental en curso entre ambas): un grupo promotor y una “masa” de seguidores. Esta “masa” (apelativo que evoca las narrativas politicas del régimen de la transición, y anteriores, pero que continúa presente en algunos dispositivos de Podemos como las “ruedas de masas”) es más bien una multitud interconectada, multipolar, creativa, ilusionada, participativa, extraordinariamente formada e inteligente, que tanto apoya (a las caras visibles de la promotora) como abre nuevos caminos. Los cauces de convergencia y articulación de esta multitud son metodológicos y procedimentales: “Democracia, participación y transparencia”. 6.205 integrantes de Podemos respondieron así a la pregunta “¿Con qué tres palabras definirías a Podemos?” formulada por Íñigo Errejón (líder estratégico de la promotora) a través de una aplicación de encuestas. Las siete primeras respuestas eran idénticas y tuvieron índices de aceptación del 80%: “Democracia, participación y transparencia” aparecieron, en este orden, en las 5 primeras respuestas. Ésta no es sólo la manera en que las personas que participan en Podemos definen a su propia organización, no es sólo un aspecto aglutinador interno, sino que coincide con “los valores mejor recibidos en el entorno” de Podemos. Esta fue otra de las preguntas de Íñigo Errejón, ante la que la respuesta mayoritaria fue: “Transparencia, cargos revocables, limitación de salarios, lucha contra la corrupción, empoderamiento ciudadano y democracia real.”

Sin embargo, la marca “Podemos”, el disolvente de la casta, la posee la promotora. Todas podemos alabar el disolvente, discutir sobre su fórmula química, o sobre su próximo envoltorio, pero dónde y cómo se aplica, dónde se vende o se compra, a qué precio y con qué pegatina, está, hoy por hoy, en manos de la promotora. Hasta aquí todo bien, es el resultado de un juego en el que, de un modo u otro, todas hemos ganado, pero en la que sólo la promotora ha jugado. Hasta ahora.

En el proceso actual de asamblea ciudadana, todas podemos –a pesar de las diferencias de salida– jugar. Y a estas alturas ya sabemos que el enemigo no es sólo la casta, sino tambien (o quizás especialmente) las estructuras que generan y permiten la casta. El error básico de los sistemas de gobierno heredados de la transición –una versión adaptada del modelo moderno de democracia representativa– es el de imponer unas estructuras de partido (con delegación irrevocable de funciones y poderes, disciplinas de voto, ausencia de mecanismos de transparencia y control efectivo interno y externo, etc.) que han permitido que las ejecutivas de los distintos gobiernos (municipales, regionales, estatales) sean tremendamente vulnerables a las presiones externas (las de grupos de poder económicos) y a las tramas de pequeños grupos de interés internos (barones territoriales, redes de corrupcion, podadores de bonsais o familias molt honorables, hoy ya “molt orinables”).

Estos días se están redactando y votando los documentos éticos, políticos y organizativos que definirán los mecanismos y procedimientos organizativos, los códigos de poder, de los partidos que apuestan por la ruptura. Estos documentos son el dispositivo político más influyente y relevante del desarrollo del poder ciudadano o popular en estos momentos. La cristalización de las estructuras organizativas de partidos de nuevo tipo que estamos viviendo en Podemos (y en los diferentes Ganemos, que apuestan por un cambio municipalista de mayorías, por una ruptura desde abajo) determinarán las posibilidades de reproducción de la casta y las dinámicas efectivas de gobernanza cuando llegue el momento de ejercer esta última. La deficiencia democrática institucional sólo se prevendrá si la democracia interna de los nuevos partidos prefigura los cambios que demanda y lidera la ciudadanía.

A estas alturas ya conocemos la falta de valor político de los programas políticos. En estos momentos de nada sirve criticar o alabar la renta básica o la auditoría de la deuda (ya habrá tiempo para ello). Lo que preocupa y esperanza son los procedimientos y los mecanismos que deben garantizar que se cumplan los programas. La casta, los poderes fácticos, la erótica del poder, los lobbies, el dinero, no se cuelan en los programas electorales (al igual que las tarjetas black no se cuelan en los anuncios publicitarios de Bankia). La casta medra en los procedimientos, en las ranuras que dejan las organizaciones politicas, en las sombras que genera la falta de transparencia de los procesos de decisión y en los vacíos de participación y monitorización efectiva y vinculante de sus estructuras. Es ahí donde ejerce su poder.

Los documentos jurídicos y organizativos de Podemos (y de los diferentes Ganemos) son parte del código que puede permitir dar un salto de complejidad organizativa a las fuerzas políticas que despertaron con el 15M. El de cómo diseñar este código es un reto clave, al que nos enfrentamos todas las personas que luchamos por un cambio real: cómo articular el poder instituyente, el que estructura los mecanismos de poder ejecutivo en los nuevos partidos, para que sirvan de cimiento sobre el que construir aspectos decisivos del poder social constituyente, el que desemboca en una nueva constitución y un nuevo sistema de gobernanza a escala estatal.

El reto actual de la promotora es el de cómo volcar su capital simbólico acumulado (el que, de un modo u otro, a través de Likes, Tweets, el mando de la TV, las conversaciones del bar o las firmas, le hemos dado a Pablo y su círculo) para transformarlo en capital social de Podemos, en capital relacional, productivo de una nueva forma de institucionalidad participativa, de una democracia real interna. Alternativamente, la promotora puede ensayar una simulación de esa democracia, pero necesitan hacerlo con el suficiente realismo (político) como para que nos lo creamos (y mantener así su capital simbólico). Pero por tentadora que pueda resultar para la promotora, esta apuesta es demasiado arriesgada. Si para algo han servido 3 años de protestas y de crítica social es para agudizar el olfato democrático de la sociedad, especialmente, de las bases activas de Podemos, para identificar los simulacros y reconocer dónde no se dan las garantías institucionales que empezamos a ensayar en nuestros círculos y demandamos en nuestras instituciones. Si lo intentan, si la promotora se la juega a cristalizar una estructura de partido que no sea realmente “democrática, participativa y transparente”, entonces ni Podemos ni la promotora podrán mantener su posición simbólica dominante, ésa que, recordémoslo, depende de que se la renovemos diariamente. Y es que la esencia de Podemos, en que tanta gente deposita su activismo y esperanza, está hecha de nuestros fragmentos, de la reapropiación, a veces fagotizadora, otras veces de remix y sampleo, de las mejores practicas, lemas y propuesta de ese 80% de la sociedad que asumía las reivindicaciones del 15M, de esas mareas que luchan cotidianamente lejos de los platós de televisión, de esa inteligencia colectiva que practicamos en las redes cada día.

Éste es el punto exacto en el que se encuentras las fichas del juego. Lo que se determina estos días es cómo se resuelve la tensión entre dos polos o modelos entre los que nos jugamos el futuro de este momento de ruptura al que tanto nos ha costado llegar:

1. Un modelo de dos escalas, dos niveles, de círculoS y Círculo, de “rueda de masas”, de un diálogo de preguntas (que pueden ser ignoradas) “Hola, soy Pablo Iglesias puedes preguntarme lo que quieras” y respuestas (que también pueden ser ignoradas), pero donde siempre termina habiendo un grupo que pregunta y otro que responde, uno que representa y otro que es representado (aunque se le permita preguntar o se le pregunte). Un modelo en el que la promotora (o cualquier otro grupo que ocupe esa posicion en el futuro) pueda construirse una frontera cerrada, asegurarse un comité ejecutivo, controlar los significantes (caras, voces, nombres) y rellenarlos con masa. Si la institucionalidad de los nuevos partidos se cristaliza en este modelo, habrá un plató bien iluminado, unos espectadores con la capacidad de aplaudir o pitar al final del acto, pero los actores solo serán capaces de aspirar las fuerzas de trabajo de una masa informe de “participantes” o círculos, estos no podrán realmente ocupar el escenario. La máxima forma de participación que cabe en este modelo es la de la extracción selectiva de los productos de la inteligencia colectiva de las bases por parte de quienes posean el capital simbólico, transformado en poder ejecutivo dentro de un aparato diseñado para ello.

El Tweet de apertura de la Asamblea General no podía ser gramatical y enunciativamente más claro: “El día 15 comienza la #AsambleaCiudadana, un proceso ilusionante de participación democrática ¡Creemos en la gente!” ¿Quién es el sujeto del creemos que es diferente a “la gente”? El Tweet no dice “creamos en la participación” o “somos la gente que cree en la gente”, no, dice “Creemos en la gente”: nosotros (promotora), creemos en vosotros (“gente”, circulos, bases, ciudadanía). El problema es que también el PSOE de los 80 creía en la gente y el PSOE del 2014 puede siguir diciendo que cree en la gente. Pero además de la dicotomía, la polaridad, el dualismo gramático-político que enuncia esta frase, está la semántica, el contenido. Lo que venimos demandando no es que crean en la gente, sino que creen con ella, que se establezcan procedimientos y garantías para que las formas de hacer política sean realmente participativas, transparentes y democráticas. Las creencias, peor aún, las declaraciones de creencias, no tienen ningún poder vinculante, efectivo, real. Los procedimientos, mecanismos, reglamentos, sí lo tienen. Y en ello estamos.

Este modelo de dos escalas se corresponde con la versión actual del pre-borrador de los principios organizativos propuestos por la promotora. Los grandes momentos, aquellos en los que participen las masas con capacidad de influencia (siempre que sea estadísticamente abrumadora) serán transparentes: asambleas generales, contribuciones a los programas electorales, apoyo, etc. pero ahí será donde el poder simbólico de unos pocos podrá también ejercer más influencia. De hecho es lo que ha pasado ya en los pocos conflictos organizativos que se han vivido: son sólamente quienes poseen el poder simbólico los que han podido guiar a unas “masas” sin estructura. El resto del poder se ejercerá en la sombra, en reuniones cerradas, en pasillos y claustros.

2. Modelo de participación efectiva, libre de escala. En este modelo el poder de institucionalización (de articulación del poder político) se gestiona de manera fractal, multiescala, en circulos concéntricos y superpuestos, grandes y pequeños. No hay promotora ni masas, sino una multitud Podemos, que se organiza a través de núcleos de influencia cambiantes, dependiendo de los temas, los territorios, las coyunturas. Existe una distribución de los poderes de decisión en redes de territorios, redes temáticas, redes de competencias, redes de inteligencia. Será imposible, incluso inoperativo, que estas redes sean homogéneas. Habrá personas con más o menos influencia o capacidad de tomar decisiones en cada momento, pero estas asimetrías de poder o de influencia serán variables, interdependientes de la red y la acción, fluidas, sujetas a cambio; porque los mecanismo de revocación no exigirán una mayoría que sólo pueda alcanzarse desde un plató de televisión, porque votar no será una ceremonia trianual sino una posibilidad real cotidiana en los procesos de construcción, porque la transparencia (la capacidad de escuchar y leer) atravesará varias escalas espaciales y temporales de los procesos de decisión, porque será posible elegir, seleccionar, decidir en los micro-procesos además de los macro-procesos. Para implementar este modelo organizativo ya existen dispositivos tecnopolíticos, digitales y sociales, nuevas y viejas formas de participar. De participar de manera efectiva, operativamente vinculante, no a la manera de un proceso extractivista en el que se generen ideas cuya incorporación (y atribución) dependa de un comité ejecutivo.

Las ventajas del primer modelos son claras y conocidas, sus debilidades también: se pueden controlar más y mejor los procesos políticos, se puede unificar un discurso, tomar decisiones “delicadas”, planificar estrategias de poder, etc. Pero además de permanecer, una vez más, vulnerables a los peligros de las castas, el primer modelo pierde lo que gana el segundo: empoderamiento popular, afección, implicación, potencia participativa, vinculación activa, cooperación en red, vivencia compartida, autenticidad democrática.

En otras palabras, de lo que se trata hoy y mañana (en 2015 será tarde ya) es de rellenar el significante vacío de esa forma gramatical de la primera persona del plural del “podemos” y del “ganemos”. ¿Quién es el “nosotros”? O bien la respuesta es un sujeto minoritario, cerrado, controlado por una cúpula más o menos revocable, en definitiva, un 1%, o es una red participativa y fluida, de topología diagonal en su distribución de la participación, y de influencia decisiva. ¿Cuando enunciamos el poder, cuando decimos “Podemos!”, lo decimos en el sentido del mundial de fútbol o el de baloncesto? ¿Podemos y Ganamos, pero juegan otros? ¿O lo que decimos es que entre todos Podemos, que vamos a ser sujetos (no espectadores) de una ruptura con los de arriba, de una ruptura con quienes no nos representan porque no necesitamos que nos represente nadie ya?

En los próximos días, en las próximas horas, nos espera un reto determinante, en círculos, asambleas, grupos de trabajo, redes, reuniones, redacciones de documentos y emiendas, votaciones de propuestas y principios organizativos. No vale esconderse en una postura observadora, esperando una catástrofe para luego poder exclamar “ya lo decía yo!”, ni una pasividad triunfante que termine siendo cómplice de un resultado esperado. Es el momento de actuar, de intensificar la participación en los mecanismos aún abiertos de Podemos (y de Ganemos) para cimentar los cauces de una democracia real. Hemos tardado 20 años en descubrir las farsas de una “democracia” que se asentaba sobre estructuras vulnerables a las castas, llevamos 10 años sufriendo las consecuencias irreversibles de una estafa que llamaron crisis, y tardamos 5 años en canalizar político-institucionalmente la ruptura con el régimen de la transición. Es muy probable que no volvamos a experimentar una coyuntura como ésta en los próximos 30 o 40 años. Nos la jugamos en los próximos días: una democracia participativa de multitudes (irreducible a la representación política clásica) está a punto de nacer, o de quedar enterrada, por décadas. Ahora que podemos, juguemos. Ganemos.

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