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Rodalies, las “deudas de los catalanes” y la insolidaridad autonómica

7 de febrero de 2026 22:03 h

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A Rocío Jurado se le rompió el amor, de tanto usarlo. Son cosas que pueden pasar. Y en esas está el sistema autonómico, una de las vigas maestras de lo que algunos llaman “régimen del 78” y otros consideran un arreglo pasablemente democrático que ha permitido a los españoles, por primera vez en siglos, vivir 50 años sin guerras ni dictaduras.

La fiebre nacionalista, en su variante de postureo, ha llegado incluso a Aragón. Me refiero a un postureo casi acrobático. Jorge Azcón, presidente del Partido Popular aragonés, presidente de la comunidad autónoma y candidato a la reelección, ha conseguido azuzar los instintos tribales por un lado y por otro.

Es capaz de prometer que, mientras él mande, no habrá ningún trasvase del Ebro, porque ese río es maño y de nadie más. Lo cual suena poco español. Pero también es capaz de rechazar el nuevo sistema de financiación autonómica propuesto por el Gobierno, porque no está dispuesto a “pagar las deudas de los catalanes”. Y eso, a según quién, le sonará españolísimo y altamente patriótico.

A veces habla de “las deudas de los catalanes”. Y otras veces, de “las deudas de los independentistas catalanes”. Con lo que “catalanes” e “independentistas” se convierten en términos intercambiables. Desde el desastre de 2017, aquella brillante maniobra encabezada por Carles Puigdemont que concluyó en sentimiento de derrota para unos y para otros, lo de los “catalanes” da mucho juego electoral a la derecha española.

Mientras Aragón se dispone a acudir a las urnas, con la izquierda (supuestamente “vendida” a los catalanes en general) cruzando los dedos para que su derrota no alcance la condición de calamitosa, en Cataluña vuelven las manifestaciones de protesta por el funcionamiento de Rodalies, la red ferroviaria regional.

Cabe recordar que la primera manifestación masiva contra el desastre de Rodalies data de 2007, hace casi 20 años. La organizó la Plataforma por el Derecho a Decidir y abrió camino al independentismo. Casi 20 años ya, y Rodalies no ha hecho más que empeorar. Un año tras otro, las inversiones presupuestadas para adecentar la red se han quedado en el papel porque sólo se ha ejecutado una pequeña parte de las obras previstas.

El accidente mortal en Gelida, la paralización completa del tráfico ferroviario y su reanudación, parcial y deficiente (tan parcial y deficiente que no hay estómago para cobrar a los viajeros), sin perspectivas de mejora a la vista, demuestra que ciertos agravios largamente denunciados por los catalanes, sean independentistas, españolistas o mediopensionistas, tienen mucho fundamento.

Hay que ser usuario de Rodalies para comprender hasta qué punto el caos ferroviario complica la vida colectiva.

Y ahí estamos. Todos humillados y ofendidos, todos jugando la carta de la insolidaridad, todos abusando del tribalismo y la demagogia. Y todos tironeando, indiferentes a los problemas reales de los ciudadanos, de un sistema autonómico que nunca acabó de construirse (la inutilidad del Senado) y que, a este paso, tiene complicado sobrevivir como mecanismo funcional. ¿Alguien ha pensado qué pasará si llega a romperse?