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¿Tienes 50? Los olvidados del debate generacional

Una mujer echa un vistazo a las ofertas de una agencia inmobiliaria.
28 de febrero de 2026 23:52 h

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Pensemos, aunque sea para variar, en un ciudadano de 50 años. Es posible que esté cuidando, al mismo tiempo, de sus hijos y de sus padres, ya consciente de los sueños y planes que nunca se cumplirán, con los primeros achaques de salud (si tiene suerte de estar sano), y con más de un lustro por delante para la jubilación, suficiente para temer pertenecer a la primera generación que no percibirá la pensión. Si ha pasado por un divorcio, quizá tenga que volver a compartir piso, y si se ha quedado en paro, se mentaliza para asumir la posibilidad de no reincorporarse al mercado laboral o de hacerlo en condiciones precarias: más del 35% de los mayores de 50 años tiene un contrato temporal, un porcentaje más alto que los candidatos más jóvenes. Es posible que esté preparando una oposición, a su edad, porque la presencia de los de 50 en las academias de opositores se ha cuatriplicado desde 2019, pasando del 5% al 18% en 2025, y aprobar una oposición ya no es solo una expectativa de futuro, sino un salvavidas ante la precariedad laboral y la incertidumbre de un sector privado en el que hay tanta obsesión por la juventud como por la IA. 

Todos estos problemas lo sufrirá el ciudadano o la ciudadana de 50 en silencio, porque de esta generación no se habla en ninguna tertulia y ningún politólogo le dedica un libro. ¿Qué digo un libro? Ni un mísero capítulo: todo el protagonismo se lo llevan los boomers de la vida cañón y los jóvenes que se están volviendo fachas y rechazan el feminismo. Y uno o una, con 50, ni jubilado ni facha, es el olvidado de todas las políticas públicas: ni ayuda para la vivienda ni cheque cultural ni viajes gratis en transporte público. 

Una encuesta reciente de 30 países realizada por Ipsos encuentra que el 31% de la generación X, esto es, los que rondan los 50, dicen que “no son muy felices” o “no están contentos en absoluto”, un porcentaje mucho más alto que los de cualquier otra generación. En el auge de sus carreras, los que hoy tienen 50 sufrieron la crisis financiera de 2008 y el austericidio posterior, pero se ha instalado el relato colectivo de que solo a los de 30 les afecta la crisis del Estado del bienestar. Quién pillara los 30, piensan muchos de 50, para poder quejarse de la desaparición de la clase media y echar la culpa de la avería del ascensor social a sus padres, en lugar de acompañarles a las revisiones médicas. 

No hablemos ya de propiedad de la vivienda, el símbolo de todos los agravios intergeneracionales. Aunque ni todos los boomers tienen dos o tres casas ni todos los Z viven en zulos a precios de caviar, la realidad es que todos los estudios dicen que uno de 50 tiene prácticamente las mismas posibilidades de poseer una casa que uno de 30, porque la disminución en las tasas de propiedad de vivienda se produjo precisamente en esa generación. Algunos son propietarios a medias con su pareja y otros siguen viviendo de alquiler, pero con crecientes dificultades para poder pagarlo. ¿Se acuerda alguien de ellos cuando se habla de vivienda protegida? Como se puede ver en Alicante, es más fácil que varios hermanos adolescentes (si su familia milita en el PP) sean adjudicatarios de vivienda pública que uno de 50. 

El debate generacional es una trampa que acalla los problemas de desigualdad, el deterioro del estado del bienestar, el auge del individualismo y el rentismo, la codicia de unos pocos que arruina el futuro de la mayoría. Pero si vamos a tener este debate, recordemos a los que hoy rondan los 50, ni jóvenes ni viejos, ni boomers ni zetas, ni grandes tenedores de vivienda ni destinatarios de las promesas electorales para jóvenes. La generación más afectada por el edadismo y la que contempla con más preocupación el auge del fascismo. Al menos, que alguien les dedique un libro. 

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