La vida que defiende el Papa
Una ovación de siete minutos al Papa en el Congreso podría hacernos creer que la Iglesia católica al fin ha reconocido el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y se ha deshecho de la idea del aborto como pecado. Que ha reconocido el matrimonio para las personas LGTBI y ha celebrado a las familias diversas. Que ha mostrado respeto por la posibilidad de que cada cual decida sobre su muerte. Que ha sido contundente contra las agresiones sexuales cometidas por miembros de la Iglesia y ha prometido reparación delante de la cámara que representa la voluntad del pueblo. Sin embargo, nada de eso ha sucedido, sino todo lo contrario: sobre algunas de esas cuestiones ha guardado silencio, sobre otras ha cargado con la misma claridad que siempre ha mostrado la Iglesia.
Era la primera vez que un Papa hablaba en el Congreso. En el mismo lugar en el que las mayorías han apoyado el derecho al aborto, al matrimonio igualitario o a la eutanasia hemos escuchado cómo un líder religioso, en una visita a un estado aconfesional, cargaba contra esos derechos o los omitía. Y cómo le aplaudían durante siete minutos.
Decía León XIV en su discurso que la defensa de la vida humana “no es una cuestión parcial ni un interés confesional”, pero eso es justo lo que ha hecho: un alegato a la vida parcial y sesgado.
“¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”, pronunciaba.
Nada que no supiéramos: para la Iglesia, el embrión tiene los mismos derechos que quienes somos seres humanos nacidos y autónomos, aunque eso suponga considerar a quien le gesta un contenedor cuyo cuerpo y proyecto de vida pueden ser sacrificados. Es más, aunque eso implique que quien le lleva dentro deba renunciar a la libertad y la dignidad que el propio Papa ha mencionado varias veces en su discurso.
Los abortos clandestinos y sus complicaciones son una de las principales causas de muerte materna en el mundo. Algunas estimaciones hablan de al menos 22.000 mujeres muertas al año por esta causa, otras las cifran en 47.000. El aborto inseguro ocasiona también graves discapacidades a miles de mujeres, según la Organización Mundial de la Salud, que subraya que la prohibición o limitación de la interrupción voluntaria del embarazo no hace que desaparezca, sino que la empuja a una clandestinidad que amenaza la vida y la salud de las mujeres.
Dice la feminista argentina Rita Segato que es revelador que quienes defienden la vida desde la concepción no estén rezando ni protestando a las puertas de las clínicas privadas de fertilidad que tienen miles de embriones congelados, sino que centren su atención en los centros donde se practican abortos. Es ahí donde hacen su particular reivindicación de la vida, hostigando a profesionales y mujeres. Segato deja claro que no se trata tanto de un interés por 'la vida' como del interés por extender una pedagogía que, en el fondo, no reconoce a las mujeres el derecho a ejercer sus vidas íntegramente.
León XIV ha defendido estos días la acogida a las personas migrantes y refugiadas y ha pedido respuestas solidarias, compartidas e impregnadas de justicia social. En ese sentido, muchos esperaban sus palabras para resaltar las contradicciones de una derecha que impulsa la prioridad nacional y alienta el miedo y el odio hacia quienes vienen de fuera. Pero esa defensa ha sido pronunciada por alguien con un discurso en esencia contradictorio.
Si la defensa de la vida no es una cuestión parcial, ¿por qué la vida de las mujeres puede quedar en un segundo plan?, ¿cómo es posible no dotar del mismo amparo a quienes viven sus vidas en familias diversas? La respuesta es que no se trata de defender la vida, sino de mantener un sistema concreto de creencias. Por eso, más allá del respeto institucional que merece el Papa, sorprende que sus palabras sean recibidas por nada menos que siete minutos de aplausos de quienes deben velar por nuestros derechos.
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