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La vida digna

La joven, durante la entrevista que concedió a Antena-3
28 de marzo de 2026 22:30 h

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Kant distinguió entre lo que tiene precio y lo que tiene dignidad. Tienen precio aquellas cosas que pueden ser sustituidas por algo equivalente. Lo que no tiene precio y no se puede canjear por nada equivalente, tiene dignidad. Para gran parte de la filosofía, solo el hombre, cualquier hombre, posee incondicionalmente esa cualidad de insustituible: cada uno de nosotros somos un fin en sí mismo y nunca un medio. Por esa noción de dignidad, que es democrática y no depende de nuestra clase social, sexo, patria, religión o raza, esa dignidad que es inviolable aunque se violente cada día y a todas horas, que es irrenunciable aunque nos comportemos de forma indigna, resulta tan difícil zanjar con una opinión simple y tajante la eutanasia de Noelia Castillo. 

Empecemos por lo fácil: la falta de respeto que supone convertir la vida y la dignidad de otro en espectáculo. Una sociedad madura, que sabe que la existencia y la convivencia pacífica e igualitaria que nos hemos dado está llena de aristas y complejidades, debería ser, al menos, más prudente antes de lanzarse a diseccionar la intimidad y el dolor de los demás para después imponer sobre ellos nuestros valores morales. Y si damos un paso más allá de la imprudencia hacia la indecencia, es criminal difundir bulos como la violación por parte de menores no acompañados o el tráfico de órganos, dañando por el camino a niños y niñas con vidas parecidas a Noelia y a los que deberíamos proteger o atacando un sistema de donación que desde hace muchos años es uno de nuestros motivos de orgullo. 

Es lícito preguntarnos si hemos fallado como sociedad, si ha fallado el sistema que debía acompañar y proteger a Noelia, y mitigar su sufrimiento cuando el daño ya se había producido, pero no lo es imponer nuestra decisión sobre la suya amparándonos en su juventud o en que su padecimiento no es mortal. Nuestra buena voluntad o nuestra hipocresía se pondrá a prueba mañana mismo, cuando tengamos que proteger a alguien que quiera vivir una vida digna y no encuentre la manera de hacerlo sin ayuda, ya sea en Badalona o en Gaza. Una de nuestras desgracias es que nunca nos faltará un ser humano que sufre para demostrar que nunca cumplimos nuestras expectativas morales. 

Si hay algo que Noelia ha demostrado en estos dos años de periplo ante diferentes tribunales es que su decisión era firme, era consistente y era inamovible. La ley de Eutanasia aprobada en 2021 es garantista, y exige dos solicitudes formales separadas al menos con 15 días, un doble proceso deliberativo con el médico que acompaña a la paciente desde el inicio, informe de un médico independiente y un informe previo favorable de la Comisión de Garantía y Evaluación. No todas las solicitudes se aprueban: se valora que la enfermedad origine sufrimientos físicos o psíquicos constantes e insoportables sin posibilidad de alivio y que la persona que los padece y solicite la eutanasia no tenga mermada su capacidad de decisión. Todo eso ha quedado acreditado en varios tribunales, que deberán, cuanto antes, dictar jurisprudencia para evitar la intromisión de terceras personas en el ejercicio de nuestros derechos personalísimos. Porque de eso y de nada más estamos debatiendo: del derecho personal e irrenunciable a decidir sobre la propia vida. 

Las decisiones no se toman en el vacío, pero saber que habríamos tomado otro camino si nuestras circunstancias fueran distintas no invalida el libre albedrío ni afecta a nuestra libertad de decisión. Como sociedad podemos trabajar sobre el contexto, para mejorarlo, pero no sobre las decisiones personales, para imponer las nuestras. Noelia ya está fuera de nuestro alcance. El lunes se hablará de otras vidas igual de dignas y de otras muertes, la mayoría no queridas ni buscadas con la determinación que tuvo Noelia, y se hará con la misma falta de respeto y la misma ligereza que hemos tenido en sus últimas horas. Un rato de televisión, un misil que asesina a otra familia como en un videojuego y un post en redes sociales para olvidar que cada muerte constituye una pérdida y un dolor sin sentido y que nuestro compromiso es con los vivos. 

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