Los whatsapps de Zapatero, tan privados como los tuyos
Venga, enséñame tus whatsapps. Abre el móvil, ahora, sin aviso previo, y déjame leer tus conversaciones, todas, íntegras, literales, sin aclaraciones ni contexto. Déjame leer lo que hablas con tu pareja, con quien no es tu pareja, con tu hermana hablando de tu pareja, con tu madre hablando de tu hermana, con amigos, con amigos hablando sobre otros amigos, con los compañeros de trabajo hablando de de la empresa, las bromas que ríes en el grupo de antiguos colegas del instituto, los chistes incorrectos, el humor negrísimo, los cotilleos y maldades, las pequeñas mentiras sin importancia y las grandes, las confesiones propias y ajenas, y el grupo que tienes contigo mismo y que usas para anotar tus cositas.
¿Hasta dónde me dejarías leer? ¿Qué mensajes querrías dejar fuera, cuáles borrarías ahora mismo si temieses su lectura? ¿Hasta dónde soportarías que los leyera yo, otras personas, los aludidos, cualquiera, todo el mundo, que se publicasen en prensa y reprodujesen en pantallazos en la tele? La respuesta es obvia: ningún mensaje. Cero. No hace falta ser un delincuente, ni un adúltero, ni un mal amigo ni un imbécil chistoso, para encontrar terrorífico que tus WhatsApp puedan ser leídos sin tu consentimiento. El WhatsApp es intimidad absoluta, intimidad profunda. Más íntimo incluso que tus búsquedas en Google o tus preguntas a ChatGPT, que tampoco querrías enseñar.
Si eres un personaje público, la violación de tus conversaciones privadas tiene un plus de exposición mediática y escarnio. Si además estás siendo investigado, su difusión equivale a una confesión de culpabilidad. Y si encima eres el pimpampum elegido por la derecha política, mediática y judicial para hacer daño al gobierno, entonces ya hablamos de linchamiento.
Ya no nos acordamos, pero hace unos meses condenaron al Fiscal General del Estado, y uno de los indicios admitidos en su contra era el borrado de su móvil. Algo debía de esconder, razonaron los inquisidores. Lo que García Ortíz temía, con conocimiento de causa, era que sus conversaciones, todas, terminasen en manos de las acusaciones populares, y de ahí a las portadas de los medios. Tanto si contenían secretos de Estado como si se referían a su vida más privada.
El último violado en su intimidad es el ex presidente Zapatero. Si hubiese borrado sus conversaciones al saberse investigado, hoy lo acusarían de destruir pruebas. Como no lo hizo, los mensajes con su secretaria, todos, también los ajenos a la causa, han acabado en manos del PP, Vox, Hazte Oír, Manos Limpias y así hasta ocho acusaciones “populares”. Ahora ya sabemos para qué se personan algunos como acusación en todas las causas: disfrutan acceso prémium a las actuaciones. Para impedir más filtraciones, el juez ha decidido que en adelante solo tenga acceso una de ellas, la que coordina a todas: el PP. Muy tranquilizador.
Y todavía puede dar gracias Zapatero de que la UDEF no se llevó también su teléfono personal, que si no, hoy estaríamos leyendo su chat con los amigotes del instituto. Me parece terrorífico que normalicemos que las conversaciones privadas de alguien puedan acabar en las portadas. Lo mismo si solo dan juego como cotilleo, que si son utilizadas como pruebas de nuevos delitos distintos a los que motivaron su intervención. Qué miedo y qué vergüenza y qué asco.
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