Tristezas de verano
El verano, la estación feliz por antonomasia, guarda también sus pequeñas grandes tristezas, cuidado. Y no me refiero a la tristeza estacional asociada al calor, ni al Summertime Blues de Eddie Cochran. Mira, ponte de fondo la versión de los Auserón, y así no nos queda un artículo muy bajonero.
El verano es tiempo de encuentros y reencuentros, y por tanto de despedidas y separaciones, unos llegan y otros se van: familias reunidas por vacaciones, amistades nuevas, amores de playa, trabajos de temporada, campamentos y viajes en grupo, todos intensos y todos condenados a decirse adiós, hasta el año que viene o hasta nunca. Pero yo quería hoy hablar de otras despedidas y separaciones que tienen menos literatura y menos cine, que no suelen merecer columnas de prensa: las de madres y padres divorciados viendo marchar a sus hijos. “Ay”, habrá dicho más de uno.
Este pasado fin de semana, primero de agosto, cambio de mes y de quincena, concentra el mayor número de desplazamientos del año. Y seguramente también la mayor carga emocional del año. Quizás has visto alguno cerca, quizás eras tú, quizás yo: adultos con una sombra de aflicción, leve pero visible. Niñas, niños, pequeños o adolescentes, con su maletita de ruedas alejándose de uno de sus progenitores, al encuentro del otro. Y madres y padres que disimulan la pena, estiran el último abrazo y se quedan con el pellizco en el estómago, la resaca de las semanas pasadas juntos, el bajón anímico que durará todavía unos días y que a menudo no tienen con quién compartirlo. Con otras madres y padres separados, pues nadie más puede entender esa pequeña gran tristeza.
Si no te has despedido así de tu hijo para quince días o un mes, no sabes de qué hablo. Y no vale con enviarlo al campamento o al pueblo con los abuelos: la condición triste de estas despedidas es el propio divorcio, con toda su carga de miedo y culpa que siempre acompaña a quien se separa con hijos. Una tristeza que se manifiesta durante el año en los relevos semanales, los fines de semana alternos, las navidades repartidas; pero es en verano, con su tiempo dilatado y calmo, sin las urgencias y rutinas que todo lo tapan durante el año, cuando más escuece. Y que, creo, escuece más a la madre, al padre, que al hijo, y hablo ahora como hijo de padres separados.
He recordado la escena inicial de Before Midnight, la película que cierra la trilogía de Richard Linklater: el rostro de Jesse (Ethan Hawke) mientras ve a su hijo adolescente alejarse y cruzar el control del aeropuerto, esperando que se dé la vuelta y diga adiós por última vez, y no lo hace. Pocas veces se ha representado en el cine ese pinchazo, ese quebranto íntimo, tan universal como silenciado.
No dramatizo: ya sé que es un dolor menor entre tanta desgracia mayor que nos rodea. Ni siquiera es la peor tristeza que sufre quien se separa. Una además con la que te acostumbras a vivir y que, aunque no desaparece nunca, sí se hace más soportable con los años. Pero cada día primero, cada día quince, cada treinta y uno, de julio, de agosto, golpea a traición a madres y padres que, como Guille en aquella viñeta de Mafalda, nos preguntamos, al verlos alejarse, qué vamos a hacer ahora con este agujedito que sentimos adentro. Ánimo y un abrazo.
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