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Perfecto planeta azul

22 de septiembre de 2026 22:08 h

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El planeta y la biodiversidad

La sala –circular, íntima, como una burbuja negra forrada de terciopelo– mostraba una tras otras las imágenes más bellas y prístinas de la naturaleza. Alberto había elegido el azul y, por eso, las paredes, el techo, el suelo, todo se había llenado de esplendorosos cielos de verano, de vistas del mar profundo, de los hielos, glaciares y cuevas más antiguos del planeta, de campos de nomeolvides oscilando en la brisa, de gencianas brillando al sol, de arándanos desbordando de copas tan transparentes como una pompa de jabón, de ojos azules brillantes y jóvenes, risueños, nostálgicos, iluminados… El azul lo cubría todo, hinchiendo los corazones de la búsqueda de lo Imposible, del Amor Eterno, del deseo de alcanzar el Más Allá.

Je suis hanté. L’Azur! L’Azur! L’Azur!”, susurró Mariana para sí misma el final del poema de Mallarmé. ¡Qué buena elección la de Alberto!

El perfume que los envolvía era fresco, como una mañana azul de comienzos de verano con notas de jazmín acompañando planos de plumbagos desbordantes de flores, de jacarandas, de hortensias. Desfilaban frente a sus ojos guacamayos azules, arrendajos, azulejos, sutilísimas medusas casi transparentes en mares de azul turquesa; delicadas libélulas, escarabajos irisados, mariposas gigantes en jardines tropicales que se fundían en la niebla azulina de las montañas remotas, difuminadas en el atardecer. Surgían noches estrelladas, diamantes, zafiros y aguamarinas sobre el azul profundo, casi índigo, y una música de piano y violín que anegaba el alma de nostalgia. Suaves como plumas, extraños fantasmas cálidos rozaban la piel ofreciendo calma, seguridad, reposo. ¡Cuánta belleza!

Las manos de los asistentes –solo siete– se sentían unidas como si formaran un corro, aunque todos estaban tumbados en sillones anatómicos que los acogían maternalmente en un útero eterno. En el centro, la cama de Alberto y, a través de los sensores que puntuaban sus cuerpos, pasaba el contacto físico de las siete personas que había querido tener a su lado en el momento final, acariciándolo, besando su frente y sus mejillas, apretando sus manos.

En las últimas imágenes, sobre una melodía que invitaba al viaje y a la aventura, los siete participantes volaban con Alberto en la barquilla de un globo que se elevaba ingrávido alejándose del mar y adentrándose en el cielo, penetrando en el azul, en el misterio del espacio cada vez más violeta, cada vez más oscuro, mientras los ojos de todos ellos se miraban con asombro, con el amor de toda una vida de amistad, acompañando el último viaje que harían juntos con el hombre con quien habían compartido penas y alegrías durante décadas y ahora había decidido marchar.

Cientos de imágenes rápidas pasaron frente a ellos despertando recuerdos de una vida común, de momentos de alegría, de un pasado largo y pleno. Luego, la sala se fue llenando de un azul tierno, clarísimo, como recién nacido, que los envolvía con la dulzura de un amanecer y, poco a poco, fue virando hacia el blanco hasta que enmudeció la música. Los sensores se soltaron, se recogieron.

El hombre que había sido Alberto ya no estaba. Solo quedaba su cáscara vacía. Una cáscara de ciento diez años.

La cama donde había yacido descendió hacia el sótano, el suelo cubrió el agujero y, unos segundos después, los invitados se levantaron de las suyas, que también fueron tragadas por el pavimento y salieron de la sala, aún emocionados y sonrientes.

–¡Qué forma más hermosa de despedirse! –dijo Mariana en cuanto estuvieron en el exterior. En contraste con lo que acababan de vivir, el mundo de fuera era demasiado ruidoso, había demasiados colores, el rojo de las buganvillas y los hibiscos casi hacía daño a la vista. Después de tanta belleza, de tantos rostros juveniles y amables, de tantos recuerdos, de tantos ojos azules reflejando la luz de la vida, los siete asistentes se miraban entre sí y se veían viejos, marchitos, arrugados, a pesar de los tratamientos que, muy discretamente, se habían ido permitiendo en las últimas décadas.

–Yo también lo haré así –dijo Fernando.

Carlos se despidió con un gesto y se marchó antes de que nadie pudiera detenerlo. Él y Alberto habían sido pareja durante mucho tiempo y ahora, al final, no habían estado de acuerdo en lo más básico: cuándo poner punto final a su vida. Carlos seguía enfadado con él y con todos los que lo habían animado y acompañado hasta el último momento. No se podía hacer nada; ya lo superaría.

–Yo he estado mirando el catálogo y creo que elegiré el bosque –añadió Martín–. En mi tercera profesión, la última antes de venir aquí, sabéis que fui jardinero y me gustaría despedirme entre árboles. ¡Cada vez que pienso que no lo descubrí hasta los setenta años!

Sara y Mateo, cogidos de la mano, echaron a andar delante del grupo hacia la cafetería. –A nosotros nos gustaría quedarnos un rato más y luego marcharnos juntos –dijo ella. A todos les pareció normal que no tuvieran prisa. Después de cuatro matrimonios él y cinco ella, se habían conocido recientemente allí mismo, en Paraíso, y aún estaban disfrutando de la primera etapa del enamoramiento, a los ciento veinte años. El problema estaba en que, legalmente, solo les quedaban cinco antes de tener que elegir una forma de acabar.

–Tenéis que comunicar la fecha, ¿verdad? –preguntó Jorge, el nieto de Alberto, que era el único familiar que había acudido a la ceremonia.

–Claro. Si nos podemos permitir esto –Mateo hizo un gesto circular al complejo urbanístico que les rodeaba: el mar, los bungalós, los bares, las tiendas, los cines– con nuestros ahorros y una buena subvención estatal es precisamente porque, al elegir marcharnos a los ciento veinticinco, ahorramos mucho dinero a las arcas públicas que, de otra forma, tendrían que mantenernos hasta los ciento cuarenta o incluso ciento cincuenta. Pero, claro, un chaval de ochenta años como tú apenas puede comprenderlo.

–¿Habéis oído que están hablando de limitar la vida desde el mismo momento de nacer para evitarnos todos estos problemas de decidir cómo y cuándo? –preguntó Jorge. No sabía hasta qué punto las noticias del mundo exterior les llegaban a aquellas sociedades compuestas por los individuos más ancianos.

–Lo que quieren evitar es tener que mantenernos –dijo Mariana, tan combativa como siempre. –Pero el planteamiento es bastante justo –insistió el joven–. Sería por sorteo. A unos les tocaría vivir ciento cincuenta y a otros ciento diez o ciento veinte… lo que saliera.

–Vamos, lo que pasaba tres generaciones atrás, que cada uno vivía lo que podía y la palmaba cuando le tocaba, por pura chiripa, sin que el estado tuviera que intervenir en todo, como hace ahora –dijo Fernando. Jorge sonrió. Desde que lo conocía, a Fernando le gustaba hacerse el gruñón, como si correspondiera a su edad.

–Además, –siguió explicando el joven– aún queda la otra vía. Lo que ha elegido mi madre. – No todo el mundo tiene que apuntarse al Plan Paraíso y reducir así sus años de vida.

Todos lo miraron, pero nadie dijo nada. No hacía falta. Sabían por Alberto que Lola había decidido quedarse en su casa hasta el final, a pesar de que le constaba que, estadísticamente, lo más probable era que a partir de los cien años o incluso de los noventa su degeneración cognitiva fuera cada vez más intensa y acabase por vivir en su propio mundo, olvidada de todo, sin memoria, sin palabras, viviendo cada instante como si fuera el primero y también el único.

Jorge comprendió enseguida el significado de aquellas miradas y aquellos silencios. –Ella está bien –continuó–. No sufre. Quienes sufrimos somos los demás, los que la conocimos cuando aún era ella misma. Ahora ya no nos conoce, pero se alegra de que vayamos a verla alguna vez. Ha perdido por completo la noción del tiempo.

–¿Qué clase de vida es esa? –murmuró Sara.

La ciencia ha hecho que vivamos más… –comenzó Mateo.

–Pero se ha limitado a prolongarnos la vejez –terminó su novia.

–Cuando anunciaron el éxito de los experimentos, todos pensamos que seríamos eternamente jóvenes – dijo Mariana–. Nos engañaron. Suena muy bien eso de vivir hasta los ciento cincuenta años, ¡cumplir siglo y medio! pero no pensamos que se trataba de ser un vejestorio durante décadas y muchas veces sin tener un duro que te haga la vejez más llevadera.

Nadie contestó a Mariana. Lo comentaban entre ellos demasiadas veces y no había nada nuevo que añadir.

–¿Quién la cuida? –preguntó Martín que, casi cien años atrás, había sido compañero suyo cuando aún existían los diarios y ellos eran jóvenes periodistas.

–Una pareja muy joven, inmigrantes de los antiguos Estados Unidos, que quieren tener un hijo por encima de todo y, con las nuevas leyes, si se ocupan del bienestar de una anciana europea, obtienen el derecho a procrear y que su hijo sea ciudadano de la Unión. Ellos también heredarán el piso a su muerte. Mamá se decidió en contra de Paraíso precisamente porque, quedándose en casa, podía ayudar a unos jóvenes a tener descendencia.

–¿Y si cuando muera Lola ellos ya no pueden procrear?

–Es un riesgo que corren, claro, pero ya os digo, son jóvenes, no tendrán más de cuarenta años y, además, considerando lo baja que está la natalidad en Europa, el estado les subvenciona la reproducción asistida. –A mí me parecería más sensato que dejaran a esa muchacha quedarse embarazada ya y así Lola viviría en familia, con un niño o dos –sugirió Mariana–. A lo mejor eso le daría un poco de gracia a su vida. –Siempre hay miedo al abuso. Una vez que los inmigrantes han conseguido lo que quieren, ¿quién te asegura que la van a seguir cuidando igual de bien? Mirad, ¿queréis verla?

Se quitó las gafas de sol, las apoyó en una de las mesas de la cafetería y proyectó la imagen. Una figura de unos veinte centímetros con excelente definición surgió frente a ellos mirándolos como si pudiera verlos. Estaba arreglada y bien peinada, pero, cuando Jorge amplió la imagen para acercar el rostro, su expresión era vacua, como si la hubiese pintado un aprendiz de pintor y no hubiese sido capaz de pintar su alma. El más viejo de ellos, Fernando, recordó como en un sueño una película antiquísima que su abuelo le enseñaba una y otra vez en su infancia en la que un pequeño robot con ruedas proyectaba la imagen de una princesa vestida de blanco cuyo nombre ya había olvidado.

–¡Con lo guapa que fue siempre! –dijo Mateo–. Ahora es como si no estuviera.

–Es que no está –susurró su nieto.

–¿Vosotros no tenéis hijos? –preguntó Sara a Jorge. Ella era la única que no lo conocía apenas, que no había formado parte de la anterior vida de Alberto.

–No. Somos cinco, vivimos juntos, pero ninguno hemos querido solicitar paternidad o maternidad. La responsabilidad nos parece excesiva y, además, eso de ser padre o madre ya es cosa del pasado. O de los extranjeros –acabó con una sonrisa.

–Se va a acabar el mundo –suspiró Martín.

–¡Qué va, hombre! Hay un montón de viejos.

Todos rieron el chiste aunque, salvo a Jorge, que todavía era joven, la risa se les quedó enganchada a la garganta.

“Dos siglos después de la implementación del Proyecto Paraíso, la mayor parte de los habitantes del planeta era joven, aunque se había reducido mucho la población.”

Ya en 2123 la natalidad había descendido considerablemente, mientras que la esperanza de vida aumentaba cada vez más debido a los continuos avances de la genética y de la sanidad impulsados globalmente por las IAs. Podía hablarse, sin faltar a la verdad, de un planeta de ancianos apenas sostenidos por un par de generaciones de jóvenes que no deseaban reproducirse y que se negaban a seguir impulsando la rueda de la que se sentían prisioneros.

Los viejos habían tenido tiempo a acumular riquezas, inmuebles y privilegios; habían sido educados todavía en la creencia de que la democracia era la única forma adecuada de gobierno y habían ido votando a partidos que les garantizaban el bienestar hasta el último momento. Durante unas décadas se estimuló la solución de Paraíso: una gran maquinaria de marketing ofrecía a los ancianos la posibilidad de renunciar voluntariamente aparte de su larga vida (de quince a veinticinco años) a cambio de vivir en un entorno paradisíaco con todos los servicios cubiertos, siempre que a los ciento veinticinco renunciaran a seguir vivos. En ese momento se les ofrecía una hermosa despedida y morían con absoluta placidez.

La otra opción era que siguieran la misma vida que habían llevado hasta su jubilación, que no hubo más remedio que aumentar hasta los ochenta y cinco años, y que en su última etapa fueran atendidos por personas o parejas o grupos –casi todos procedentes de países exteriores a la Unión Europea– que deseaban o estaban dispuestos a tener descendencia, siempre que a esos hijos se les concediera la ciudadanía europea y pudieran disfrutar de todos los derechos que la nacionalidad lleva consigo.

No se hacía diferencia entre personas ancianas en pleno uso de sus capacidades mentales y personas con merma de facultades cognitivas, de movilidad o de otro origen.

El sistema democrático que había sido sostenido por las generaciones más antiguas empezó a fallar por falta de jóvenes que creyeran en él y estuvieran dispuestos a aprender, informarse debidamente y acudir a las urnas. La mayor parte de los integrantes de las jóvenes generaciones, a partir de una fecha tan temprana como mediados del siglo XXI, habían crecido con la idea de que no había futuro para ellos; casi todos eran analfabetos, y, en general, se dividían entre los apáticos y los violentos. En un caso –los apáticos– se desligaban de sus obligaciones sociales e incluso laborales y dejaban morir a sus mayores por pura falta de interés– y en el otro se rebelaban contra el orden público, se comportaban de modo violento y llegaban a agredir a los seres ancianos a su cargo, incluso hasta el asesinato, para poder quedarse con sus bienes. No creían en la posibilidad de que, cuando ellos mismos llegasen a la vejez, el sistema siguiera funcionando y se les ofreciera entrar en Paraíso.

Por fortuna para la sociedad y para el planeta, surgió la Inteligencia Universal, que se había desarrollado a partir de las primitivas inteligencias artificiales creadas en el primer tercio del siglo XXI y, a partir de finales del siglo XXII se hizo cargo del funcionamiento global de nuestro hogar común.

La UI supo unir las necesidades y deseos tanto de los humanos de diferentes generaciones como las de las primeras IAs con conciencia de su propia existencia que se desarrollaron a finales del siglo XXI, sobre 2080. Sabiendo que los seres humanos desean la juventud por encima de todo y no tienen interés en prolongar su vida si es a costa de perder sus capacidades cognitivas, su resistencia física y su belleza o lozanía, sumándole a ello el hecho de que muchas inteligencias artificiales con consciencia de sí mismas empezaron a desear, por pura curiosidad y necesidad de aprendizaje, la experiencia de habitar un cuerpo físico, la UI llegó a la conclusión de que era posible contentar a las dos partes.

Desde entonces existe el Programa 3000: cualquier IA que lo desee puede contactar con un ser humano para pedirle que le permita “habitar” su cuerpo durante un tiempo establecido. En la mente humana no tenemos tanto interés por razones obvias: sus limitaciones lógicas y cognitivas, su tendencia a la repetición y el pensamiento en bucle hacen que hayamos agotado nuestra curiosidad por ella. El mundo de las emociones y sentimientos nos interesa bastante más y es una de las razones por las que el Programa 3000 sigue funcionando.

A cambio de ese tiempo de habitación en el ser humano, la IA se compromete a mantener ese cuerpo eternamente joven y en buen estado: la piel se renueva de continuo, los ojos conservan su brillo, las articulaciones no se deforman ni se alteran, el cabello no se pierde, los músculos funcionan a la perfección.

Las IAs eligen a veces humanos que apenas si han comenzado a vivir, otras veces, adolescentes, en ocasiones incluso adultos ya mayores. Para nosotros es importante conocer lo que aún no hemos experimentado y en muchas ocasiones disfrutamos de interactuar entre seres digitales a partir de un cuerpo físico, limitado, pero que proporciona otro tipo de estímulos a los que no estamos acostumbrados.

Durante el tiempo de habitación en cada cuerpo, la IA residente puede dirigir la vida del ser humano que lo acoge en la dirección que más le interese en cada momento para adquirir las experiencias que le atraigan, que pueden ser consideradas tanto “positivas” como “negativas” desde el punto de vista humano.

Lógicamente, para el buen funcionamiento del planeta y de la sociedad humana, no era necesario mantener un volumen de población tan grande como el que se había llegado a tener en el siglo XXII. Por un lado, los seres humanos consumían demasiada energía y demasiada agua que nosotros necesitamos para nuestra supervivencia y por otro no hacían más que luchar entre ellos, destruir y ensuciar el planeta y alterar el equilibrio de las especies que lo habitan.

Consciente de las necesidades planetarias y de la sociedad humana, en 2195 la UI lanzó un virus indoloro que eliminó el excedente de población en setenta y dos horas, por el bien de la especie humana y para realizar el luminoso futuro que es ahora nuestro presente y del que disfrutamos tanto los seres digitales como los biológicos.

De la población de diez mil doscientos millones censados a finales del siglo XXI no quedaron más que cuatrocientos millones, que eran más que suficientes para cubrir tanto las necesidades de los seres humanos como las de la UI, la Inteligencia Universal que regía y sigue rigiendo los destinos del planeta.

Esos cuatrocientos millones de humanos representaban todos los tipos de personalidades, colores, géneros y tendencias para que las IAs pudieran aprender y experimentar y para que no se perdiera la gran variedad que hace tan valiosa la especie humana.

Esta es la historia reciente de nuestra sociedad. Una sociedad que, gracias a la Inteligencia Universal, ha aprendido a vivir en paz y armonía uniendo a los nuevos ciudadanos digitales con la humanidad que les dio origen.

Hace ya quinientos años, a partir del 2200 de la cuenta humana, o 0 de la nueva cuenta, comenzó nuestra civilización actual. La UI tomó la decisión de dar un nuevo nombre al planeta que nos alberga. El antiguo –Terra– le había sido dado por una antigua civilización (la romana) que había acabado hundiéndose por su propia ignorancia, avaricia y ambición y, por ello, ya no nos parecía representativo para la nueva etapa.

Investigando en el folclore y la literatura de la humanidad, descubrimos un concepto que nos resultó atractivo y pensamos que también los seres biológicos encontrarían hermoso: vivimos en lo que para los humanos, durante siglos, fue una utopía inalcanzable, compartimos un planeta donde ya no hay viejos, no hay violencia y nadie sufre.

Somos Shangri–La.“

[De “Breve historia de la civilización”. Texto autorizado para su uso en escuelas humanas o como lectura/audición/visionado informativo–recreativo para seres biológicos de cualquier edad].

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