Nos jugamos mucho
Hay días en los que me despierto con una terrible sensación de impotencia: miro el mundo que hemos hecho en estas últimas décadas (por no ir más lejos en el pasado) y me dan ganas de volverme a la cama, cerrar los ojos y creerme que solo ha sido un mal sueño. Por fortuna, otras veces me levanto llena de ánimo y esperanza, convencida de que, queriendo, podemos arreglarlo, enderezar lo torcido, crear una sociedad de la que no tengamos que avergonzarnos y en la que todo el mundo pueda tener sus necesidades cubiertas gracias al esfuerzo común.
No soy tan joven ni tan ingenua como para no entender que existan partidos políticos que solo piensan en su interés, en detentar el poder y usarlo para sus fines, que no piensan más que en sí mismos. Lo que no entiendo -especialmente en un país donde la educación es obligatoria y gratuita para todos los ciudadanos menores de edad, lo que debería garantizar un mínimo de capacidad de análisis y crítica- es que haya gente dispuesta a creerse sus mentiras, y votarlos. Mientras tanto, incluso han descubierto que no tienen ni siquiera que mentir en todo: cada vez dicen con más claridad lo que piensan hacer si ganan y a sus votantes no parece preocuparles. Hace poco vi un meme en internet que decía “A las derechas solo las votan los millonarios y los tontos. Mira tu cuenta bancaria para saber qué eres.”
Suena muy fuerte, pero resulta esclarecedor porque solo alguien que no acaba de entender las cosas estaría dispuesto a votar a un partido que va a reducir todas las prestaciones sociales -acabamos de ver lo que ha hecho el señor Moreno en Andalucía-, que piensa privatizar las pensiones y que está a favor de que la educación y la sanidad sean cosa de cada uno: el que puede se lo paga y el que no, se queda sin ello. Por no hablar de la censura.
Pero el peligro en las próximas votaciones no viene solo de las derechas -a esas las conocemos desde hace mucho y sabemos lo que podemos esperar- sino, por desgracia, también de ciertos partidos de izquierda de los que podríamos haber contado con un poco más de inteligencia y solidaridad. ¿Se les ha ocurrido, por ejemplo, darse una vuelta en redes? ¿Han visto lo de “Pan, casa y trabajo”, de Podemos? Igual es que yo ya tengo una edad y no puedo evitar que me suene a la Falange española de José Antonio -“Por la patria, el pan y la justicia”- y que me sorprenda que un partido “a la izquierda del PSOE” use consignas fascistas. Igual es que he leído demasiada historia y hay muchas cosas que me suenan como repeticiones de nuestra peor época reciente. Igual es que sus votantes no han leído lo mismo que yo y no se acuerdan de lo que sucedió en España cuando los partidos de izquierdas, en lugar de hacer piña para enfrentarse al fascismo, se dedicaron a pelearse entre sí y acabaron disgregándose, dándole así el triunfo a la España que ninguno de ellos quería tener.
Supongo que habrán oído esa comparación, tan útil, cuando uno no tiene demasiado claro a quién votar. La repito aquí, a riesgo de aburrir a quienes la conocen, porque a mí me sirvió hace ya tiempo: cuando uno vive en una ciudad muy grande y quiere ir a un lugar concreto, toma el autobús que más cerca lo deja de su destino. Es evidente que ninguno te va a dejar en la misma puerta de tu casa ni va a pasar por las calles que prefieres o donde están las tiendas que te interesan para comprar lo que necesitas, pero lo que no tiene ningún sentido es que tomes un autobús que te va a dejar al otro extremo del lugar al que quieres ir.
Los partidos de izquierdas, desde que tengo memoria (ahora no estoy hablando de conocimientos adquiridos en libros, sino en mi vida) se pasan el rato discutiendo por matices, se pelean por cuestiones que no son realmente centrales, consideran que llegar a acuerdos es equivalente a “bajarse los pantalones” y prefieren hundirse solos -eso sí, con la cabeza bien alta- a flotar juntos. Lo malo es que, al elegir esa opción, también causan el hundimiento de las ideas comunes y dejan que ganen los que piensan justo lo contrario de lo que ellos desean. ¿No es francamente estúpido hacer eso?
La política, como bien sabemos, es el arte de lo posible. Es correcto y necesario que cada partido se proponga metas difíciles de alcanzar, utópicas incluso. Gracias a esas “locuras” como se las llamó en algún tiempo, tenemos las mujeres derecho a voto, escolarización para todo el mundo, vacaciones pagadas, salario mínimo y mil cosas más que ahora nos parecen naturales, como poder divorciarnos o casarnos con alguien de nuestro mismo sexo. O no casarnos, siendo mujer, y, a pesar de ello, llevar una vida social libre y completa.
Es estupendo imaginar cómo puede ser una sociedad mejor que la que tenemos y me parece muy bien que cada partido ponga toda su ilusión y su fantasía en lograrlo, pero, si son políticos serios, deben saber que todo logro requiere muchas, pero muchas, conversaciones, discusiones, argumentos y capacidad de ceder en algunas ocasiones. Los partidos que no están dispuestos a ceder ante nada ni ante nadie -los puros, como se llaman ellos a sí mismos- acaban siendo partidos dictatoriales y, si llegan al poder, lo primero que hacen es abolir el sistema democrático porque para eso tienen la verdad absoluta en la mano, o más bien en el puño. En el mismo puño en el que tienen a la población.
Si las izquierdas no se ven capaces de unirse, pactar, aceptar que, en estos momentos, la única forma de ayudar a la ideología de izquierdas es hacer piña con el partido socialista que nos ha demostrado su capacidad de resolver situaciones no solo comprometidas, sino terribles, acabaremos perdiendo votos que redundarán en beneficio de la derecha y luego, como nos decían en el catecismo “entonces será el llanto y el crujir de dientes”.
Sabemos el peligro que corremos. Sabemos muy bien que si tenemos que vivir con un gobierno de PP y Vox tendremos que oír constantemente las patochadas y payasadas a las que nos tienen acostumbrados, mientras ellos se reparten el dinero de todos, cancelan subvenciones, privatizan lo que más necesitamos y le pasan la mano suavemente por el lomo a bancos y millonarios. ¿Estamos dispuestos a arriesgarnos a ese futuro dando nuestro voto a un partido que no tiene posibilidades de conseguir no ya una mayoría sino ni siquiera la fuerza suficiente para estar ampliamente representado en el Congreso? Piensen, por favor, en el voto útil. No desperdicien su voto.
Si conseguimos, entre todos, tener otra vez un gobierno socialista, todos los que creen que el PSOE no es el autobús que los deja exactamente en su casa, podrán seguir trabajando para que en las próximas elecciones haya una línea que los acerque aún más a su destino. Pero entre votar a quien más se parece a nuestro ideal y tirar el voto de modo que gane el partido que menos se parece a lo que queremos hay un abismo.
Recuerden lo que pasó hace un par de años con ese partido que parecía que nos iba a llevar al paraíso de la igualdad y la justicia. Recuerden que estas personas no han sido capaces de unirse a ningún otro partido de izquierdas porque tienen una imperiosa necesidad personal de salir en la foto, de estar en primera fila, de ser alguien en las listas, de hacer de mesías. A costa de todos nosotros.
Voten sabiamente, por favor. Nos jugamos mucho. Nos jugamos nuestro futuro como país justo, generoso, abierto, moderno. Ni a todes, ni a sacrificios y privatizaciones, ni a pan y toros. Juéguenlo todo al rojo. Y luego, sigan luchando para conseguir el matiz de rojo que mejor les parezca.
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