1 de mayo: luchas obreras, memoria silenciada y resistencias LGBTQ+ en la Barcelona franquista
El 1 de mayo es, para muchas personas, la fecha clave de la lucha obrera y sindical. En ciudades como Barcelona, marcada por una fuerte tradición militante, esta jornada sigue siendo un símbolo de resistencia y de reivindicación colectiva. Sin embargo, hay memorias que siguen invisibilizadas cuando recordamos las luchas del pasado. Entre ellas, la de las personas LGBTQ+ que también sufrieron la represión del franquismo y que, en muchos casos, formaron parte de las redes clandestinas que desafiaron al régimen desde distintos frentes. Es en esa intersección entre memoria obrera y memoria queer donde se sitúa mi investigación, centrada en la figura de Armand de Fluvià y en las redes de resistencia sexual y política en la Cataluña franquista.
Durante la dictadura de Franco, toda organización sindical independiente fue prohibida y sustituida por un “sindicato vertical”, subordinado al Estado. El 1 de mayo, día originalmente creado para conmemorar la lucha por la jornada laboral de ocho horas, fue transformado en una celebración vacía del “trabajo nacional”, controlada por el aparato del régimen. A pesar de ello, las luchas obreras no desaparecieron. Muchos militantes siguieron organizándose en la clandestinidad: partidos marxistas, sindicatos como Comisiones Obreras, movimientos vecinales y estudiantiles tejieron una red resistente frente a la represión.
En este tejido de oposición social, surgieron también resistencias menos visibles, pero no menos valientes: las de las personas homosexuales, transexuales y disidentes del orden sexual franquista. Bajo la Ley de Vagos y Maleantes (modificada en 1954) y más tarde la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (1970), cientos de personas LGBTQ+ fueron detenidas, encarceladas o sometidas a tratamientos “correctivos”. La represión no solo fue legal o policial, sino también social y simbólica: invisibilidad, silencio, miedo.
Frente a este contexto, activistas como Armand de Fluvià jugaron un papel crucial. A finales del franquismo, en 1975, participó en la fundación del Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), el primer colectivo gay visible del Estado español. Este gesto fue profundamente político: visibilizar la disidencia sexual era también una forma de resistencia al régimen. La lucha LGBTQ+ no fue ajena a la lucha democrática, sino que formó parte de ella.
Recordar el 1 de mayo desde esta perspectiva ampliada implica entender que muchas personas queer también eran trabajadoras: formaban parte de fábricas, talleres, servicios, escuelas. Sufrían la explotación laboral, pero también una doble exclusión por su orientación o identidad. Sus voces, sus cuerpos, sus historias rara vez han sido integrados en la memoria oficial del movimiento obrero.
Mi trabajo de tesis busca precisamente reconstruir esas historias olvidadas. A través del análisis de archivos militantes, documentos clandestinos y testimonios personales, intento restituir la memoria de quienes vivieron la doble militancia: obrera y sexual. En el caso de Barcelona, la conexión entre los movimientos sociales de izquierdas y los primeros colectivos LGBTQ+ permite trazar puentes entre luchas que hoy, a menudo, se presentan como separadas.
El 1 de mayo no debe ser únicamente una fecha para recordar las conquistas laborales. Debe ser también una oportunidad para reivindicar todas las luchas por la dignidad humana: la de quienes resistieron la explotación, pero también la marginación, la violencia policial o la negación de su identidad. Integrar la memoria LGBTQ+ en las conmemoraciones sociales es una forma de justicia histórica.
Como afirmaban los primeros manifiestos del FAGC: “Nuestra liberación no es individual, es colectiva. Nuestra lucha forma parte de todas las luchas”.
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