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Ángeles de la UCI del Henares

Fco Julián Gonzalez Ovejero

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Entré en la UCI del Hospital del Henares tras una operación de extirpación de un riñón que se complicó. Y, de golpe, el mundo se reduce a un cubículo, a un pitido, a un “ahora no puedes”. En mi caso fue el Box 4. Los primeros días no tenía movilidad: dependía de otros para todo. Y no hablo de “todo” en plan figura literaria. Hablo de girarme, de beber un sorbo (a partir del tercer día), de asearme, de que alguien te sostenga la cabeza cuando no puedes ni levantarla.

Hay un momento en el que te sientes inútil. Pequeño. Vulnerable. Y también hay otro en el que alguien te mira y te devuelve un poco de paz. Yo vi amor en los ojos de personas que no me debían nada: profesionales que entran y salen sin parar, con mil tareas, y aun así te llaman por tu nombre y te explican lo que van a hacer antes de hacerlo.

En la UCI ves, o más bien escuchas, cosas que no se olvidan. Adultos que no pueden controlar sus necesidades porque el cuerpo no da más. Gente desorientada, asustada, incluso violenta. Ayunas que se hacen eternas, analíticas a todas horas, constantes comprobadas una y otra vez, calmantes cada pocas horas para que el dolor no te gane la partida. El termostato corporal fallando a cada instante. Cambios de sábanas varias veces al día porque allí el cuerpo no “colabora” y la limpieza es parte del tratamiento. Y el ruido constante de las máquinas, como si el silencio estuviera prohibido.

Pero, entre tanto metal, lo que más pesa —para bien— son los gestos humanos. Porque cuando estás así de roto, el cuidado no es solo “curarte”: es no perderte por el camino. Y eso lo hacen con cosas muy concretas: te mueven entre tres o cuatro para cambiarte de postura sin hacerte daño, te recolocan con mimo, te tapan para que no te sientas expuesto. Te ponen la cuña y luego te limpian cuando tú no puedes ni moverte, tumbado, con una mezcla de pudor y derrota que cuesta explicar. Y lo hacen sin una mueca, sin una palabra fuera de sitio, sin tratarte como un bulto. Al contrario: preguntan, avisan, esperan un segundo, bromean lo justo si te ven hundido. Y ahí entiendes que la dignidad también se cura.

Por eso escribo para agradecer, sin rodeos, al equipo de la UCI: enfermeras y enfermeros, auxiliares, celadores, médicos y personal de limpieza. Porque te sostienen el cuerpo, sí, pero también te sostienen la vergüenza. Te cuidan la piel y, sin que te des cuenta, te cuidan la cabeza. Y lo hacen incluso cuando van a contrarreloj, con una presión que se nota, sin perder el respeto ni la paciencia. No voy a dar nombres concretos: sería injusto y, además, estaría dejando fuera a gente igual de imprescindible que quizá no vi o no supe identificar entre turnos. Esto es un agradecimiento al conjunto, a la cadena entera que hace que un paciente no se sienta solo.

Además, la soledad se hizo grande. Las visitas familiares eran pocas por el horario reducido en el que está permitido visitarnos, y uno se queda muchas horas mirando al techo, escuchando pitidos y pensando demasiado. En ese contexto, una frase amable vale oro. Un “¿cómo vas?” dicho de verdad cambia el día.

Y aquí viene la parte que no me puedo callar: lo que yo viví allí es lo mejor de la sanidad pública, pero también es lo más frágil si se la deja a la intemperie. Y en la Comunidad de Madrid, con Ayuso, da la impresión de que esa fragilidad no es un fallo: es el modelo. Se vende “libertad” y “eficiencia”, pero a la vez se empuja un sistema donde el dinero público acaba en grandes grupos privados vía conciertos, concesiones y derivaciones (Quirón y compañía), mientras lo público se queda con la sobrecarga y los profesionales al límite. Si se desmantela lo público, lo primero que se rompe no son los edificios: es el tiempo para cuidar. Y cuando se pierde el tiempo para cuidar, se pierde calidad, se pierde humanidad y se abre la puerta a que todo se convierta en pura gestión de daños.

Yo salí. Otros no tendrán esa suerte. Por eso lo digo claro: cuidemos a quienes nos cuidan. No por romanticismo, sino por supervivencia colectiva. Que nadie tenga que descubrir, tumbado en un box, lo importante que es una sanidad pública fuerte.