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Cárcel, tontás y bobás

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El peligro de banalizar la justicia y la retribución del delito es que la justicia pierde su sentido. Me explico. Si por una charada, por más que la secunde una parte a tener en cuenta de la población, desde los tribunales se emiten juicios de valor y opiniones de carácter político tendentes a considerar la farsa como un intento de golpe de estado protagonizado por militares armados, para agravar las penas que corresponderían a funcionarios negligentes que cohechan por razones personales de interés político, mal vamos.

Si aquí nos da por considerar que la lucha por la libertad de expresión la encabezan y representan dos jóvenes con escaso talento y mucho humo en la sesera. Que en cuanto dejan de ser jaleados en la prensa un par de semanas nadie recordará. Nuestros medios les permiten ocupar el espacio que de verdad debía dedicarse a proteger a auténticos mártires de la libertad de expresión como Souleimane Raissouni en Marruecos, las decenas de periodistas inmolados en América o los asesinados en Europa o Asia, mal vamos.

Después de tanta tinta vertida con trazos tan gruesos que aparentemente dan la razón a los que embisten desde la víscera que tan bien han sabido irritar los inventores de opinión, resulta difícil hacer oír palabras de templanza capaces de desactivar la incitación al odio que durante años, lustros, décadas, siglos han promovido como plato único el exterminio que desde las trincheras del nacionalismo central y periférico han cebado unos y otros irresponsables, mentecatos o criminales, para atiborrar un miserable pesebre que satisfaga insaciables egos hipertróficos.

Nos hacen perder el tiempo: ¡siglos!, desorientan a la población, nos conducen a despeñaderos políticos ya transitados, y malgastan nuestras ilusiones y esperanzas en un mundo mejor con su tacañería reduccionista, de discurso apostólico integrista de pueblos elegidos y otras monerías de casino decimonónico para analfabetos.

El mundo real nos amenaza con desafíos que ya han puesto fecha de caducidad a la sociedad en la que nacimos basada en el consumismo, y ante la que generación tras generación debemos reaccionar para que la justicia de la vida democrática y civilizada tenga futuro en el planeta Tierra.

Las secuelas del sangriento siglo XX, el más bárbaro, el de mayores hecatombes humanas, marcó desorientando a los herederos de dos guerras mundiales haciéndoles creer que el fascismo y el comunismo eran las bestias a contener, y sí pero no. Hoy son residuos de un pasado que cada nueva generación que descubre su propaganda cae víctima del sarampión romántico de la épica y sin solución de continuidad tienden a enredarse, por enésima vez, en el bucle, mientras los adultos inteligentes y experimentados son silenciados por los medios que defienden el interés de hoy para hoy, de los menguados mercaderes de la muerte.

El planeta no tiene cabida en un sistema ultraliberal basado en la multiplicación anual del gasto de los recursos, suficientes pero limitados, que ofrece para satisfacer nuestras necesidades fundamentales. Se vive muy bien con techo, alimento e inteligencia para llenar una vida.

Si continuamos empeñados en las guerras nacionalistas románticas y criminales de nuestros ancestros volveremos a los campos sangrientos ya conocidos y repetidos a lo largo del ominoso siglo xx cuyo monumento más representativo son los inmensos cementerios donde reposan los restos de millones de soldados jóvenes y no tan jóvenes que siguieron lealmente a pequeños psicópatas charlatanes.

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Publicado el
10 de junio de 2021 - 17:50 h

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