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Las estatuas nos hablan

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No me refiero a conversaciones como la que mantiene la estatua del Comendador de Sevilla con Don Juan, en relación al cumplimiento de alguna promesa hecha a lo ligero, hablo de esos monumentos que se levantan las ciudades en conmemoración de personajes, instituciones o ideas, y que nos hablan de la ideología, intereses o megalomanía de quienes las han erigido, promovido o ensalzado.

Pongamos como ejemplo el coloso recientemente alzado en honor de una unidad del ejército: la Legión. Esta unidad se creó a propósito de una guerra colonial que, como todas las que tienen este origen se distinguen por la especial violencia con que los bandos contendientes se emplean. Y se concibió precisamente con ese objetivo, llevar a cabo un ensañamiento bélico desmedido utilizando para ello a hombres que tenían poco que perder en esta vida, y a quienes su alistamiento permitía, por ejemplo, obviar antecedentes penales de todo tipo. Y a fe que cumplieron con su objetivo, baste recordar esa fotografía en la que un grupo de legionarios posa con las cabezas cortadas de unos cuantos rifeños para dar cuenta de ello.

Esa ferocidad desmedida no acabó con la guerra del Rif. En la represión que acabó con la revolución de Asturias del 34, tuvo un papel destacado esta unidad ahora homenajeada, demostrando que para ellos el enemigo era cualquiera que sus mandos señalasen, y como tales no merecían más que la muerte, mutilación y exterminio total, aunque ahora se tratase de compatriotas.

Siguieron sus hazañas en la Guerra Civil, siendo un importante instrumento de la política de violencia extrema que preconizaba el principal teórico del Alzamiento, el general Mola, contándose por decenas los episodios sangrientos que contaron con su participación. Eventos que han tenido su continuación en las guerras coloniales modernas, esas que se definen como intervenciones humanitarias, como Kosovo, Golfo e Iraq. En esta última sin ir más lejos, se cuentan servicios documentados como el de interrumpir la celebración de una boda a balazos, o torturas a prisioneros iraquíes.

De todo ello no podemos más que deducir el hecho de que quienes han promovido el monumento, los que lo han sufragado, y las autoridades que tan gozosamente lo han inaugurado son decididos defensores de la violencia y el exterminio como método de acabar con quienes se reciben el título de enemigo, o dan su beneplácito a tales conductas.

Por si la historia no aportase suficientes datos sobre el carácter de los homenajeados, la estética elegida en este caso, incide en ello. La figura elegida para representar al cuerpo es la de un soldado con la bayoneta calada avanzando hacia el enemigo, suponemos que no para saludarlo. Estamos ante la representación evidente de un acto de guerra. Lejos quedan las estatuas como del obispo Amigó rodeado de niños (criaturas desvalidas que acogía y educaba en sus instituciones, no vayamos a pensar mal), o San Martín compartiendo su capa con un aterido mendigo, imágenes que remiten directamente a conceptos como el sacrificio por los demás o la solidaridad con los más necesitados, aquí la imagen elegida para honrar a los “servicios a España” que justifican el monumento, no tienen nada que ver con ellos, nos remite directamente a la glorificación del belicismo y la violencia, esa que según la señora Robles, ministra de defensa, “representa lo mejor de la historia de España” y sin la que no puede entenderse “el mundo libre, nuestra Europa”. Estas palabras, pronunciadas en los festejos de la celebración del centenario de la unidad, no sabemos si representan el sentir de dicha señora, lo que sería bastante grave, o se pronunciaron por exigencia del guion, que sería aun peor.

De todo ello nos habla el legionario condenado a marchar eternamente contra el enemigo, y que tan solemnemente ha inaugurado el alcalde capitalino del que hasta ahora no se conocía tanto amor por los hechos violentos, aunque según lo visto, debería estudiarse esa afición a golpear cabezas a balonazos, por si fuese enmarcable dentro de la conducta legionaria.

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