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A favor de la Agenda 2030 y contra de la improvisación

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Uno de los principales lastres de mi vida ha sido la falta de planificación. Afortunadamente mis hijas no han heredado este “defecto” y han logrado con éxito determinar sus objetivos y conseguirlos tempranamente. Refiero esto como consecuencia de la tan denostada Agenda 2030 que no es otra cosa que una planificación a corto y medio plazo de objetivos de desarrollo sostenible, en base a una fundamentación científica y que ha sido aprobada por 193 países pertenecientes a la ONU. Su finalidad es la anticipación a los problemas venideros para evitar efectos tales como el hambre, la falta de agua o un clima adverso.

Desafortunadamente existen partidos que han denostado y han tratado de ridiculizar y demonizar tal planificación y ello es una rémora que impide avances, porque el convencimiento, la interiorización de las actuaciones colectivas recomendadas, es la clave del éxito y de nuestro futuro.

Si cuando los semáforos hicieron acto de presencia hubiesen surgido grupos que reclamasen su libertad para no respetarlos, seguramente habrían mediado muchas muertes antes de que la lógica se impusiera. Evidentemente, hacer lo que nos da la gana es la opción favorita, pero cuando la población supera los 8 mil millones en un mundo cada vez más finito, es necesario tomar decisiones que implican la sujeción a unas reglas. Nuestros semáforos.

Reivindico pues, no como algo inamovible sellado por el fuego de Dios, la Agenda 2030 frente a la improvisación subjetiva, acientífica e interesada. Mi experiencia personal me aconseja que es mejor tener una agenda, una ruta preestablecida, que la improvisación, porque las consecuencias de mis decisiones recayeron solo sobre mí, pero ¿responderán de las suyas los detractores de la Agenda 2030 en caso de cumplirse lo que vaticinan la mayoría de científicos del planeta? ¿Dónde está su compromiso?

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