Lecciones a una política ahogada en la bronca
Basta marcar la jornada como “ausencia del gobierno central y del ejército”, para generar un clima de enfrentamiento y crítica, y así poder convertir una fiesta de todos en un acto de partido.
Si una comunidad no invita a ningún miembro del gobierno central a su acto institucional anual, lo podrá justificar cómo “respuesta” al ejecutivo central (el mismo al que acabas de encomendarle que te gestione el apagón), pero asume el riesgo de que tu actitud se vea cómo sectaria, acto propio de gobiernos autocráticos, y un ataque al principio de que todos los electos son tan legítimos cómo tú. Lo indudable es que conviertes una celebración de todos, en tu mitin particular, felicidades si era tu objetivo, pero bochornosa si era esa tu intención.
La ausencia del ejército de tu “gran acto oficial” puede ser controvertida. Pero si el acto tiene carácter “civil” y no militar, no es imprescindible perpetuar por tradición la presencia del ejército. Pasan revista los jefes de Estado o los presidentes de gobierno del Estado, pero es impropio que lo hagan otras autoridades de menor rango y sin ascendencia sobre ese ejército. Tan impropio como que el acto sea a ritmo de chotis, que no parece el mejor formato en un pase de revista a tropas. El pueblo puede echar de menos a sus Fuerzas Armadas, sobre todo si no están cuando las necesita su vulnerabilidad (o porque una autoridad pudiendo no las requiere), pero no para un acto civil y festivo. Como mucho puede añorarlas, salvo que lo que se eche de menos no sea el Ejército en sí, sino que con ello se pretenda un boato y una relevancia excesiva a una fiesta que no es nacional, o porque se añoren tiempos sin democracia, vividos inmersos en marchas y tradiciones de la dictadura militar. Y para colmo, si el acto es conmemorativo de un hecho histórico, que menos exigir que la comunidad conozca su propia historia y sepa que el levantamiento del 2 de mayo de 1808 fue un acto liderado por la ciudadanía y no por el ejército. “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.
La primera obligación de un representante público es mejorar la convivencia, y no ayuda un discurso con muestras de voluntaria ignorancia histórica, un tono de confrontación, o aprovechar la institución para arremeter contra el rival. Sobrepasar las líneas del decoro y buenas maneras, y como guinda al pastel del discurso sea equiparar la invasión napoleónica con el apagón, es hacer el ridículo, invitando a las neuronas de los madrileños a que se acostumbren al desastre, al sectarismo y la mentira, a que ya no queda nada.
Todo esto logra: si preveías salir a hombros, acabas en abucheos y pitos; los aplausos de tus fieles se apagan entre críticas severas de los demás, porque nadie hace gestión perfecta. Entonces puedes escuchar que fueron demasiadas las muertes de ancianos en residencias de la comunidad durante la pandemia (incluso que alguno los califique de “asesinatos”); que es pésima tu gestión de servicios públicos como sanidad, educación y dependencia; que un ático cuestionado, comisiones fraternales por mascarillas; tu faraónico hospital no operativo; niños de la Cañada Real sin luz y tú te quejas del apagón de un día. A esas críticas les suelen seguir improperios y calificativos personales como: inepta, irresponsable, mentirosa, miserable, o incluso psicópata. Es lo del “ojo por ojo”, a quien usa un lenguaje insultante, le suelen responder igual.
No amansa las aguas revueltas, responder al veto al gobierno central con la ausencia de la oposición y un acto alternativo. Es “echar más leña al fuego” , gobierno y oposición nos representan a los ciudadanos, a los invitados y a los ignorados. Lleva demasiado tiempo ocurriendo, y el 2 de mayo es uno más en la infinita sucesión de choques que buscan una ruptura total entre las partes. Cada fiesta, homenaje, o aniversario acaba en excusa perfecta para una nueva confrontación, con precedentes en la polémica con Bolaños en 2023, la cancelación de la inauguración de ampliación de L 3 del Metro, disputa por presidir una jura de bandera civil en Alcobendas, y otros. Cada uno se autorretrata al actuar. Decía Cervantes que “los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas”. Si en vez de pensar el lenguaje mitinero se usaran más el refranero y el Quijote, mucho mejor les iría a nuestros políticos y a nosotros. En vez de diseñar trajes con la bandera, háganlos con hilos de responsabilidad y respeto.
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