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Más allá de la nada

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Imagínese una frontera al final de todo. No al final de una calle, ni de un país, ni de un desierto infinito. Un final de todo. Una línea última, un borde más allá del cual ya no queda absolutamente nada.

Ahora deténgase. Si ha imaginado una pared, ya ha fracasado. Porque toda pared tiene dos lados. Todo borde presupone un más allá. Todo límite exige un espacio donde ser límite. Incluso cuando intentamos pensar el final del universo, seguimos encerrados en nuestra forma humana de comprender: dentro y fuera, antes y después, presencia y ausencia.

Quizá por eso la pregunta nos desarma tanto. ¿Qué hay más allá del universo observable? La respuesta honesta es vertiginosa: no lo sabemos. Pero lo inquietante no es nuestra ignorancia, sino nuestra soberbia. Llamamos universo a nuestro horizonte, confundimos el final de nuestra mirada con el final de la realidad y actuamos como si aquello que no podemos alcanzar no pudiera existir sin nosotros.

Tal vez toda nuestra soberbia nazca de ahí: de que una partícula perdida en la arena necesita creer que el desierto tiene una forma pensada para ella.

Durante siglos nos hemos contado lo contrario. Que la Tierra ocupaba un lugar privilegiado. Que, incluso, la historia avanzaba hacia algún tipo de desenlace moral en el que nosotros, casualmente, ocupábamos el papel protagonista. Hemos necesitado llenar el cielo de sentido porque el silencio del cielo era demasiado insoportable.

Pero el universo no narra. Ocurre.

La existencia humana, vista desde esa escala, no parece una culminación, sino una contingencia. Un accidente improbable entre infinitas formas de no haber sido. Y quizá eso sea lo que más nos cuesta aceptar: que nuestra presencia no obedece necesariamente a un sentido, ni ocupa la pieza central de ningún engranaje cósmico. Somos una casualidad que ha aprendido a preguntarse por qué está aquí. Por eso la pregunta por el más allá del universo nos incomoda tanto: porque rompe nuestra ilusión de centralidad y nos obliga a mirar el límite, no de la realidad, sino de nosotros mismos. No vemos más lejos porque hasta ahí alcanza la luz que puede llegarnos. Nuestro horizonte no es una frontera del cosmos: es una confesión de nuestra pequeñez.

Y aun así insistimos en imaginar un borde. Un lugar al otro lado. Pero hablar de “más allá” ya implica espacio. Preguntar qué había “antes” ya implica tiempo. Incluso nuestras dudas están hechas con las herramientas del mundo que intentamos superar. No sabemos salir de nuestras propias categorías. Ahí aparece la angustia: ante la sospecha de que nuestra inteligencia quizá solo sirve dentro de una habitación concreta. Una habitación inmensa para nosotros, minúscula para el plano de lo real.

La nada, en cambio, nos deja más indefensos. Decimos “nada” con una seguridad ridícula, como si supiéramos de qué estamos hablando. Pero cuando intentamos imaginarla aparece siempre una trampa: una pantalla negra o una niebla. Y todo eso ya es algo. La nada absoluta no se deja representar porque representar ya es darle entrada en el mundo. En cuanto la pensamos, la traicionamos. El no-ser no puede ser pensado sin convertirlo en ser. Aquello que no es no puede presentarse ante la mente como objeto, porque en ese mismo gesto ya habría empezado a existir.

Por eso la pregunta “¿qué hay más allá?” es tan peligrosa. Si respondemos “más universo”, nuestra pequeñez se multiplica. Si respondemos “nada”, la palabra se escurre entre los dedos. Es el derrumbe de nuestras categorías. El punto exacto en el que el lenguaje sigue hablando, pero ya no sabe si dice algo.

Quizá nunca podamos saberlo. La soberbia moderna nos ha enseñado a creer que todo misterio es una ignorancia provisional. Pero tal vez haya límites que no son técnicos, sino ontológicos.Y esa posibilidad resulta desquiciante. Quizá ahí esté la lección que nos negamos a aceptar. El problema no es que el universo sea demasiado grande, sino que nosotros hemos sido demasiado arrogantes al mirarlo. Tal vez esa sea la verdadera herida: descubrir que la realidad no está construida a nuestra escala. El espacio no es un escenario preparado para nuestra aparición. El tiempo no avanza hacia nosotros.

Y aun así preguntamos. Aun así miramos hacia arriba. A lo mejor esa sea nuestra única grandeza. No ser la última gota del desierto. No ser ni siquiera el desierto. Ser apenas una partícula que, durante un instante, ha aprendido a preguntarse por la arena.

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