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El negocio de la herida: anatomía de una fractura rentable
España no es un país dividido; es un país al que han dividido porque el odio, bien administrado, rinde dividendos. Lo que nos han contado como una fatalidad histórica, como una maldición genética que arrastramos desde la pérdida de Al-Andalus o la herencia de una monarquía que unía territorios pero no ciudadanos, es, en realidad, un balance de resultados. Bajo la épica de las banderas y el ruido de los sables, subyace una verdad fría: la división entre españoles es la industria más estable de nuestra historia.
Científicamente, el dossier de nuestra trayectoria nos revela que la fractura no es un accidente, sino un diseño estructural. Desde que los reinos cristianos aprendieron que la unidad se lograba por la victoria sobre el “otro” y no por el pacto, se instauró un modelo de poder basado en la exclusión. Pero no se trataba solo de una cuestión de fe. Era una cuestión de propiedad. Se expulsaba al vecino para repartirse su tierra; se inventó la “pureza” para blindar el privilegio de las élites frente al mérito de la ciudadanía.
Hoy, en este siglo XXI que bosteza ante los libros pero se excita con el algoritmo, los nombres han cambiado pero la arquitectura de la extracción permanece intacta. Existen intereses espurios, oscuros y siempre ocultos que operan en las grietas de nuestra convivencia. Son las élites que prosperan en el fango de la polarización porque un país que se odia es un país que no audita. Es más fácil perpetuar privilegios o capturar las rentas del Estado cuando la población está ocupada temiendo que el adversario le robe su identidad.
La división actúa como un escudo fiscal para los poderosos. Agitar la “guerra cultural” es la forma más barata de ingeniería política; sale rentable producir enemigos en lugar de soluciones. Cuando el Parlamento se convierte en un cuartel de trincheras y la política se moraliza hasta lo absurdo, el arbitraje del Estado se atrofia. Y en esa atrofia, donde las instituciones dejan de ser árbitros legítimos para ser trofeos de bando, es donde los intereses particulares logran sus propósitos económicos más oscuros.
El hombre puede ser derrotado por el hambre o la guerra, pero lo que aquí se practica es una destrucción calculada de la convivencia para que otros no sean derrotados en sus privilegios. Nos han hecho creer que la diferencia del vecino es una amenaza existencial, cuando la verdadera amenaza es la mano que vacía la caja pública mientras nos señala al “enemigo” de enfrente.
El negocio es redondo. Se privatiza la memoria para que cada familia guarde su rencor y no su derecho; se mantiene al Ejército o a la Justicia como reservas de orden simbólico para momentos de crisis; y se explota el conflicto territorial como una válvula de escape para no abordar una desigualdad estructural que aún huele a latifundio y a abandono rural.
Es hora de señalar a quienes promueven esta fractura. Son aquellos que han calculado que la rentabilidad de una España rota es mayor que la de una sociedad cívica. El “negocio de la herida” vive de que la cicatriz nunca termine de cerrar, porque donde hay convivencia real, hay control ciudadano; y donde hay control, se acaba el privilegio de los de siempre.
La división no es nuestra naturaleza; es nuestro grillete. Y los que guardan la llave son los únicos que no han dejado de ganar dinero desde que el primer cañón disparó contra un hermano. La única forma de arruinar su negocio es empezar a reconocernos como ciudadanos y no como las piezas de un tablero que otros manejan en la sombra.
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