La obscenidad de los viajes espaciales
Está próxima a terminar con éxito la misión Artemis II, que despierta, según parece, un entusiasmo generalizado, e incluso profundas emociones positivas. Los informativos la presentan como un gran éxito para la humanidad y sin duda su desarrollo supone un considerable triunfo técnico y científico. Pero, ¿para la humanidad en su conjunto?.
No se ve con claridad cuál puede ser el objetivo de los viajes espaciales en general. La historia muestra que, sin excepción, los descubrimientos territoriales humanos, ceñidos siempre a la superficie de nuestro planeta (tan hermoso visto desde las alturas) tuvieron como norte y guía la apropiación de nuevos territorios a costa de sus legítimos habitantes y propietarios (no resulta necesario recordar los numerosos sucesos históricos, por más disimulados que se pretendan presentar como actividades civilizadoras). Pues, bien, en el espacio a nuestro alcance no parecen existir seres vivos susceptibles de ser privados de sus bienes, que es lo que descubridores y conquistadores han pretendido tradicionalmente luego, ¿por qué tanto interés en acceder a satélites o planetas deshabitados en los que, además, no hay para nosotros el imprescindible oxígeno para respirar?.
Dejando los fines e intenciones aparte, lo cierto es que si examinamos los viajes espaciales, como debemos, desde las circunstancias que conforman nuestra realidad presente, resulta fácil concluir que la que podríamos llamar conquista del espacio no es consecuente con un desarrollo natural de las capacidades humanas, eventualmente agotadas sobre el propio terreno por la consecución de un mundo equilibrado y justo en el que nada sería ya susceptible de mejora, lo que haría volcar la creatividad, recursos y capacidades hacia el exterior de nuestro planeta.
En absoluto. La realidad que nos circunda es la de una sociedad humana global fuertemente desequilibrada e injusta, no sólo en el seno de las relaciones sociales sino, también, además, en la relación con nuestro planeta, tan brillante visto desde arriba y tan destrozado cuando se examina de cerca, por el continuo daño que se le inflige como consecuencia del llamado progreso, edificado en considerable medida sobre el abuso medioambiental.
Es en tal contexto en el que se desarrollan los viajes espaciales, pero no como un éxito humano global, sino como la aventura de esa pequeña parte de la humanidad que detenta el poder económico y la gran parte de los recursos que globalmente se generan, precisamente a costa del sometimiento de la gran mayoría, que sobrevive en el nivel de pobreza extrema (700-800 millones en la actualidad), pobreza relativa (1.100 millones más por deficiencias en salud, educación o vivienda) o nivel económico simplemente básico, a enorme distancia de los niveles de bienestar del conocido como mundo desarrollado.
En tales condiciones, los enormes recursos destinados a la aventura espacial (93.000 millones de dólares U.S.A. hasta 2.025), resultan hirientes hoy y en nuestro mundo, en el que aproximadamente el diez por ciento de la población subsiste con menos de 2,15 dólares al día.
Esperemos que llegue la hora en que el éxito humano global venga representado por la consecución de una sociedad justa, igualitaria y respetuosa con el medio ambiente, lo que será verdaderamente un hito histórico, de valor muy superior al de visualizar la cara oculta de la Luna. Mientras algo tan elemental no se consiga, los costosos viajes especiales resultan, cuanto menos, obscenos.
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