Los peligros de las redes sociales
Elon Musk ha acusado a Pedro Sánchez, presidente elegido democráticamente (mal que les pese a tantos), de «tirano» por su medida de prohibir las redes sociales a menores de 16 años. Por más que el tecnócrata sudafricano, educado por sus padres en los «beneficios» del apartheid, pretenda erigirse en el campeón de la libertad, es evidente que sus intenciones son otras. No está de más recordar que Musk dio su apoyo explícito al partido alemán de extrema derecha Afd. Además de, por supuesto, ayudar con 260 millones de dólares a aupar al neofascista Trump al poder, ése que ahora presume de haber abolido la libertad de expresión en E.E.U.U. Con semejantes credenciales, parece obvio que no es la libertad lo que le interesa a Musk. O, al menos, no la libertad de todos.
No es casual que la medida del Gobierno de España se tome después de numerosos estudios que muestran la inclinación de los chavales jóvenes hacia la extrema derecha. Esa inclinación, aparte de lo abominable que resulta desde el punto de vista humano, es absurda pues la mayoría de esos jóvenes que lanzan «vivas» a Franco ignoran que bajo la «ley de vagos y maleantes» acabarían apelados, encarcelados o paseados por sus pendientes, sus tatuajes, sus botellones, o simplemente con que no entraran por el ojo de alguien con más poder del que ellos aspiran a tener.
¿De dónde sale, entonces, esta deriva de los jóvenes hacia el fascismo? Pues de la ignorancia, desde luego, pero, sobre todo, de la falsedad.
Los jóvenes no consumen ni libros ni documentales de memoria histórica en los que se da voz a las víctimas y arrojan luz sobre las miserables condiciones en que vivía gran parte de la población en los años de la dictadura. Lo que los jóvenes consumen, en estos momentos, son pildoritas de desinformación. Por no decir, abiertamente, mentiras que son pura propaganda: vídeos de 30 segundos, de 1 minuto, 2 como mucho; tweets de 280 caracteres en los que no cabe ningún contexto; y podcasts y videopodcasts en los que pseudogurús con «lambos» alquilados les prometen riquezas, sexo y poder a quienes paguen sus cursos y sigan su ideología que, por supuesto, es puro machismo, chovinismo y patriotismo de chichinabo… El abc del fascismo.
Por burdas que sean, con esas promesas consiguen que los incautos caigan en sus redes. Porque sí, son peligrosas, pero también sumamente atractivas para quien carece de poder. ¿Y quién hay más deseoso de tener algún poder que un chiquillo de 12, 13 ó 14 años que aún está buscando su lugar en el mundo y que anhela sacudirse de encima el yugo de los padres?
La libertad por la que clama Musk no es la de los españoles, sino la suya. Es decir, la de quien pretende envenenar las mentes de los más jóvenes, sembrando en ellas el cáncer del fascismo para que después se esparza por Europa, a fin de que luego resulte más fácil destruirla y repartirse sus pedazos.
De ahí la importancia de la medida del gobierno de Pedro Sánchez. Las redes sociales se han convertido en el altavoz idóneo del fascismo. Entremezclando las lecciones sacadas del 1984 de Orwell y de Un mundo feliz de Huxley, las redes sociales se inventaron para vigilar a los ciudadanos a todas horas, pero, para evitar rebeliones, se disfrazaron de entretenimiento y placer. Así es como terminamos dándonos de alta voluntariamente para ser monitorizados en todo momento. Y, de paso, entre chistes, bailes y «likes» se cuelan discursos patrocinados por quienes pretenden revivir las épocas más oscuras de la humanidad.
Por eso la rabieta de Musk. Por mucho que ladre que la prohibición es propia de las tiranías y antiliberal, no sólo no lo es, sino que es una medida que protege la democracia de los liberticidas como él.
La prohibición del uso de las redes sociales a menores de 16 años es una medida tremendamente impopular pero necesaria para proteger a la juventud y con ella, al futuro de la democracia en Europa.