Protocolos
Son muchos y muy diversos los motivos de disputa entre ambas. Aunque a veces no sean conscientes de ello, son más profundos los lazos que las unen que los que las separan en el devenir de su día a día. Las acompaño en cada desencuentro, esa en mi función, estar ahí junto a ellas para que aprendan a resolver sus problemas por sí mismas.
Intento no intervenir, pero hay límites que no se pueden sobrepasar, como cuando una agrede a la otra; es entonces cuando no me queda más remedio que intervenir y separarlas. Les explico por activa y pasiva que esto no puede ser, que tienen que respetarse la una a la otra. Entonces, a regañadientes, una de ellas, que suele ser la que comenzó la trifulca, comienza la actuación, el protocolo acordado. Dice que lo siente, que no lo va a volver a hacer y pide disculpas a la otra. Como ya las conozco, les explico que no sirve sólo con decir “lo siento”, que nuestros actos tienen consecuencias, y que hay que preocuparse por cómo está la otra persona. Entonces, la que empezó todo, se queda pensando unos momentos, mira a la otra, observa si aún llora, si realmente le duele, y en base a ello se acerca, la mira, la toca y a veces hasta le da un abrazo de disculpa.
A veces, me surge la duda de si lo siguen haciendo por el protocolo establecido o porque realmente lo sienten así. Si esto lo hacen mis hijas de cuatro y seis años, ¿cómo no lo harán los adultos?
No sé por qué me recuerda tanto este juego de niñas de aprender a decir lo que se tiene que decir por protocolo, con las declaraciones internacionales de condena, los posicionamientos de disculpa, las llamadas a consultas de embajadores, etcétera, etcétera. Sin que realmente pase nada y nadie “intervenga”.
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