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De Sartre a Chomsky: el machismo de la retórica de los derechos humanos

Marce Apolo

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Nada nuevo bajo el sol. Desde que el Siglo de las Luces nos acostumbró a que la liberté, egalité, fraternité eran derechos que los hombres varones tenían que conseguir a cambio de que sus mujeres siguieran lavándoles los paños, criando a sus hijos y cocinando para los padres de la democracia, un tal Rousseau, un tal Montesquieu, un tal Voltaire, nada ha cambiado. Una casta casposa de intelectuales varones supuestamente liberales y luego de la llamada izquierda, y hasta de mujeres supuestamente gurús del feminismo, que cruza por la historia de la teoría de los avances en derechos humanos desde hace dos siglos y medio, sigue tronando desde sus sillones con una moralina que da náuseas.

Del otro lado del océano, la construcción de la supuesta democracia moderna de la independencia norteamericana se basa, no sólo sobre principios esclavistas, como ya sabemos, sino también profundamente clasistas y machistas, con todo lo que de opresión sexual y abusos aceptados en las élites conlleva. Así, por ejemplo, como asegura Gerda Lerner en “La creación de la conciencia feminista”, un varón ilustrado de pro como Benjamin Rush, durante la apertura de la academia para damas jóvenes de Filadelfia en 1787, declara que la nueva nación debe asentarse sobre los viejos patrones de la esfera privada para la mujer y la pública para el hombre y que la intersección de ambas debe procurar el solaz del varón. Habría que reescribir la historia de la libertad partiendo del sufrimiento femenino, porque seguramente la narración histórica que saldría a la luz distaría bien mucho de la oficial.

Repasar la historia de la opresión femenina puede resultar tan interesante como doloroso y frustrante, puesto que nos quita toda esperanza de que el bloque compacto de los antiderechos tenga la contraposición de un bloque compacto de este lado. Noam Chomsky y los papeles de Epstein demuestran, amargamente, que eso sigue sin suceder en el caso de la mujer y que, en este caso, y aunque la apariencia engañe, nada sustancial se ha hecho en los dos últimos siglos, en los que simplemente hemos mareado la perdiz.

Más que Epstein lo que más amarga a quien cree aún en que los derechos se persiguen con coherencia y sistematicidad, es lo que hoy llamamos el caso Chomsky a partir de las decepcionadas consideraciones de su examigo Vijay Prashad.

Las críticas anticapitalistas y antisionistas de Chomsky pierden de golpe, y quizás más que en otros casos (lo del sionista de Woody Allen ya lo digerí hace tiempo), toda su validez, toda la credibilidad y la respetabilidad con la que se había vendido y yo lo había leído con fruición. Otra ficción más del poder.

Como aseguraba hace ya casi dos siglos Stendhal, se trata de que las élites creen y consoliden los dos partidos (el sistémico y el antisistémico) y que a la muchedumbre se le obnubile con esa aparente posibilidad de elección, con esa narrativa nauseabunda de la supuesta democracia y la fantasmagórica libertad, con ese juego fingidamente de las fuerzas hegelianas contrapuestas, mientras ellas, las élites, las de derecha y también las de izquierda, siguen robando, y oprimiendo, impunemente.

Lo que el antisistema opone al sistema se basa así, simplemente, en lo políticamente correcto frente a lo políticamente incorrecto. El feminismo forma parte del marketing del primero, con tanto de banderines violetas y de juegos retóricos de tres al cuarto.

Y, en medio, como en esa construcción del patriarcado de diez milenios y que no sólo no muestra atisbos de decline, sino que se perfecciona, siempre habrá un gurú de la izquierda como Noam Chomsky que asesore al gurú criminal y pedófilo de la derecha ninguneando a las mujeres menores de edad que no, ellas no, ni mucho menos, merecen los derechos humanos defendidos por aquel.

Me parece, de nuevo, volver a ver al pedófilo de Jean Paul Sartre, otro gurú de la izquierda, y a su mujer, la supuesta feminista Simone de Beauvoir llevándole prostitutas para satisfacer ese clasismo, colonialismo y profundo machismo con el que se sigue construyendo la miseria del nombre políticamente correcto de feminismo.

Pero el sufrimiento femenino de las víctimas de Epstein y de Sartre, e indirectamente de Chomsky y de Beauvoir, quienes escupen sobre él, no tiene nada que ver con esa retórica. Esas víctimas y sólo ellas son la humanidad vibrante de toda esta amarguísima historia sin esperanza. Y toda la podredumbre de las teorías se desmorona como un castillo de naipes ante la magnitud de tanto sufrimiento.