¿Por qué se dice que ganará la derecha?
Si nos fiamos de los sondeos de las últimas semanas, la conclusión es clara: Alberto Núñez Feijóo será el próximo presidente del Gobierno. La victoria de la derecha se estima además holgada, muy por encima de esos 176 escaños que marcan la mayoría absoluta. En los anteriores comicios, los de 2023, la derecha ya estuvo a punto de lograrlo. Su derrota fue muy ajustada: se quedó a apenas 5 escaños. Bastaba con que algo menos de 300.000 votos se pasaran de la izquierda a la derecha (1,2 puntos) para que a Feijóo le dieran los números.
Si en 2023 la derecha se quedó a las puertas de gobernar, hoy parece que las tiene abiertas de par en par. ¿Por qué los expertos estiman que esto es así? Detrás de estos augurios existen tres grandes explicaciones: los costes de la desunión de la izquierda, las fugas de votantes entre los bloques y la mayor desmovilización del votante progresista.
Déjenme que desmenuce los fundamentos de cada una de ellas.
Primero. Los costes de la desunión de la izquierda. Si en las elecciones de 2023 Sumar y Podemos hubieran ido por separado, hoy seguramente ya estaría gobernando la derecha. La división habría dejado fácilmente a la izquierda sin cinco escaños (los de Córdoba, Girona, Murcia, Pontevedra y uno de Sevilla) que habrían pasado a manos de la derecha. Con ello, PP y Vox (junto con UPN) ya habrían alcanzado los 176 diputados que necesitaba Feijóo para ser presidente.
Así son las reglas de juego de nuestro sistema electoral. La mayoría de las provincias reparten pocos escaños, por lo que para poder optar a un escaño hay que tener un tamaño considerable, de media alrededor del 13% del voto. Se trata de cotas ciertamente difíciles de alcanzar si la izquierda decide ir por separado. Y aun con ello, han decidido la desunión en una porción importante del territorio.
¿Costará la división de la izquierda escaños a la izquierda? Muy probablemente. ¿Cuántos? Depende de hasta qué punto los votantes de izquierda sean capaces de coordinarse. Cuanto más se reparta el voto entre las distintas formaciones de izquierdas, mayor será ese coste. La pregunta, por lo tanto, es hasta qué punto tienen claro los españoles progresistas qué formación es la más viable: ¿Frente Amplio o Podemos? ¿O incluso solo el PSOE? La respuesta, imagino que no será evidente para muchos votantes y menos tras el acuerdo entre Rufián y Podemos que ha dado visibilidad a la formación que, a priori, partía en una posición más débil.
Segundo. Existen fugas de izquierda a derecha. En las elecciones de 2023, el PP se quedó a las puertas de la mayoría absoluta con Vox. Como comenté antes, le faltó arrebatar a la izquierda apenas 1,2 puntos (unos 300.000 votos) para lograrlo. Es una cifra que los sondeos indican que hoy superaría con holgura. Si nos centramos en los barómetros del CIS, de media un 6% de quienes votaron a partidos de izquierda en 2023 se pasarían ahora al PP, Vox u otras fuerzas de derecha. Sin embargo, apenas hay votantes de la derecha que hagan el camino contrario. Como la izquierda pesaba casi la mitad del voto, ese 6% equivaldría a unos 3 puntos del voto total y, descontado lo que entra desde la derecha, el saldo neto es claramente favorable a la derecha. ¿Cuánto? En el gráfico 1 estimo las transferencias netas, en puntos porcentuales de voto de 2023, que recibiría la derecha a costa de la izquierda según los microdatos del CIS (intención de voto directa, ponderada para corregir el sesgo del recuerdo de voto): han oscilado a lo largo de 2026 sin tendencia clara. En el último barómetro se sitúan en 2,2 puntos, el valor más bajo de la serie, pero muy por encima de ese 1,2 que necesitaba en 2023.
En definitiva: hace tres años la derecha necesitaba algo más de un punto para alcanzar la mayoría. Las encuestas del CIS apuntan desde enero a unas fugas netas de casi el doble de esa cifra. Las encuestas pueden calibrar mal estas fugas, pero para que la derecha no le dieran los números tendrían que estar realmente sobreestimadas, en torno a la mitad. El margen es lo bastante holgado como para que muchos sostengan la expectativa de que la derecha parte como gran favorita.
Y tercero. La izquierda parece más desmovilizada. Este argumento es quizás el más comentado en el debate público últimamente, y probablemente sea el más endeble de todos. Quienes afirman que la izquierda está desanimada no lo hacen sin fundamento: basta observar cómo los votantes de izquierda tienen hoy una mayor propensión a expresar que bien están indecisos, o han optado por la abstención o el voto en blanco o nulo.
Según la serie de barómetros del CIS, el diferencial de desmovilización e indecisión entre izquierda y derecha a lo largo de este año ha sido de unos cinco puntos (un 18% frente a un 13%), aunque oscila mucho de un mes a otro y -¡atención!- se reduce a la mitad en el barómetro más reciente, no tanto porque la izquierda se activa sino porque la indecisión sube en la derecha.
Existen, pues, indicios de que la izquierda se encuentra más desanimada. Si esto se mantiene, puede ser un factor añadido a los anteriores (que ya eran suficientes para explicar el vuelco electoral). Sin embargo, de todos los motivos quizás este es el más moldeable. Una campaña electoral eléctrica y polarizada, con la sensación de que hay mucho en juego puede animar a la gente a votar al final. El factor movilizador puede ser el miedo a un Vox que parece imparable. Si finalmente lograra situarse cómodamente por encima del 20% del voto podría incluso provocar que 4 de cada 10 sillas de un eventual Consejo de Ministros estuvieran en manos de la derecha radical.
La izquierda parte con un mayor desánimo. Pero esta campaña le podría funcionar tan bien al PSOE. Así fue en 2023. Otra cuestión es que esto pueda compensar los dos efectos anteriores. Para neutralizar solo las fugas, la izquierda tendría que movilizarse bastante más que la derecha: con una participación de por ejemplo 75%, 7 de cada 10 de los nuevos votantes tendrían que ser de izquierdas. Y si además hubiera que compensar la división de la izquierda, ni siquiera eso bastaría. ¿Posible? Sí, pero sería una gesta muy destacable.
En suma: estos son los motivos por los que se considera que el PP lo tiene a tocar. Hace tres años a la derecha le faltaron 300.000 votos. Hoy, las encuestas auguran fugas netas a favor del PP y Vox que casi doblan esa cifra. A ello se suman los posibles costes de la división de la izquierda y un electorado progresista que parte de mayores cotas de indecisión. Pero es importante recordar que las encuestas son solo herramientas imperfectas para pulsar el estado de ánimo. La belleza de la democracia es precisamente que los resultados no pueden saberse de antemano.