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Guille Galván (Vetusta Morla): "Hay que ir a votar, aunque sea con la nariz tapada"

El músico Guille Galván, letrista de Vetusta Morla

Guillermo Galván creció en el bloque Literatos de Tres Cantos (Madrid), como presagio de su carrera musical, y donde conoció a los músicos con los que hoy forma Vetusta Morla. Letrista del grupo, y también guitarra, teclado y  coros, autor de un libro de poesía (Retrovisores), apuesta por una sociedad justa, que revalorice la Educación y Sanidad públicas y que la música deje de asociarse a la diversión y se identifique con la cultura. 

Acaban de llegar de una gira por EEUU. ¿Se ve mejor España de lejos?

Cuando viajas fuera tienes la sensación de que las noticias que te llegan son más simples y entiendes mejor el ombliguismo en el que vivimos. Y desde fuera no es todo tan crucial, aquí a veces vamos con pies de plomo porque cualquier información es susceptible de herir a alguien. También viajar te hace valorar ciertas cosas. La primera, la sanidad pública española. En EEUU tener un percance supone ir con la tarjeta por delante a cualquier centro de salud. Tenemos algo que ha costado décadas conseguir y que es un pilar fundamental de nuestra sociedad y que estamos dilapidando: Sanidad y Educación.

¿Es lo que más le preocupa?

Preocupante es tirar atrás décadas de luchas civiles, de derechos… Y Educación y Sanidad es de las cosas con las que más dolor sientes porque forman parte de tu vida diaria, es fundamental para los tuyos y la sociedad, y es algo que nos une.

¿Es eso la patria para Guille Galván?

Para mí la patria son la familia, los amigos y las cosas que te hacen sentir nostalgia cuando no las tienes. El pegamento de todo eso hace posible que tu vida sea lo que es. Hay sistemas de justicia y solidaridad que nos hemos trabajado, nosotros y generaciones anteriores, que tienen que regarse y seguir cuidándose. Cuando dicen no voy a ir a votar… Bueno, igual hay que ir con la nariz tapada. No ir sería darle la victoria a los que no creen en el sistema y que intentan que la voz que tenemos como ciudadanos no sirva para mucho.

¿Le haría una canción de amor a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias? 

No necesitan una canción de amor, necesitan hablar. Todo el mundo necesita hablar. Es la época de la historia donde más se invierte en comunicación, donde más pendientes estamos de la tecnología que nos permite comunicarnos y donde más incomunicados estamos a nivel humano y personal. Muchos de los conflictos que ves cuando abres el periódico tienen que ver con eso, y es paradójico tener que explicarles a tus hijos qué es la empatía y la comunicación y ver que los representantes de la ciudadanía son incapaces. Parte del trabajo político no se hace, que es dialogar y hacer que las cosas se produzcan por el bien común.

¿Le asusta Vox o, como a la mayoría según las encuestas, mucho menos que cuando entraron en el Parlamento andaluz?

Me da miedo que se normalice. En abril hubo una gran participación, no por miedo, sino por convencimiento de que había que poner una barrera a la ultraderecha y sus propuestas, que tienen poco que ver con lo democrático. Es que hace dos días un señor de Vox dijo que había que ilegalizar un partido político que tiene 100 años [el PNV], con unas formas bastante macarras. No me dan miedo, pero hay que tener una conciencia cívica y política a la altura de lo que está sucediendo, aquí y en Europa. Son partidos que no quieren lo que tenemos. Quieren cerrar la puerta a los inmigrantes en el siglo XXI, ilegalizar partidos, cosas que hace muchos años no estaban en el debate político. Se habla de cosas superadas.

Han crecido al calor del nacionalismo en el caso de Cataluña. ¿Qué le parece el nacionalismo?

En el siglo XXI debemos luchar por tener un planeta saneado, igualdad entre hombres y mujeres, porque haya mejores condiciones de trabajo, mejor educación… Quien luche por eso cuenta con el carné de patriota. El resto de banderas me parecen anacrónicas y no representan lo que yo pienso ni hacia dónde debemos crecer como sociedad. El nacionalismo junta a gente que aparentemente no tiene nada que ver. Hace enfrentarse a trabajadores de un sitio y otro que tienen más en común que los bandos que supuestamente están detrás de las banderas. Más allá de lo emocional, esas banderas están vacías de derechos. 

En el mundo de los datos, la tecnología y lo digital usted se gana la vida simplemente con la palabra. ¿Es un romántico? 

Es que precisamente hoy la palabra está generando más revuelo que los actos. No hay más que ver una reacción a un comentario de twitter o a una letra de una canción que acaba en los tribunales. Tiene un poder tan grande y genera tanto miedo a veces… Hay que cuidar la palabra más que nunca, porque somos responsables de lo que decimos todo el rato y no hemos tenido nunca tanta capacidad de llegar a todo el mundo como individuos. La virtud de la palabra es que va asociada a un contexto, y hay que hacer una pedagogía tremenda con las generaciones que vienen y con nosotros mismos para saber expresarnos, saber cuál es el contexto y darle la importancia justa.

La palabra genera ficciones más importantes que la realidad y al tiempo mueve a la gente a transformar la realidad en cosas maravillosas. La palabra es una bisagra entre lo real y lo ficticio y es un arma poderosa, tenemos que ser responsable de ella y está más vigente que nunca, porque está unida a lo real, a lo digital y a la capacidad de crear ficciones. Gracias a la palabra se están creando realidades paralelas y fake news. 

A veces esa realidad paralela está en las redes, ¿le inquieta, le hace autocensurarse cuando cuelga un tweet? 

Las redes han conseguido proporcionar una sensación de libertad asociada a tu libertad de expresarte, pero pasa como con una piedra afilada, que puede servir para cortar un trozo de carne a una cría o puede ser para matar a alguien. En las redes se produce una autocensura profunda y sibilina: quiero que me quieran y que no me critiquen, con lo cual perpetúas ciertas cosas. Antes tenías el feedback cuando te subías a un escenario, ahora lo tienes 24 horas al día... 

Por otra parte, en la música permiten que el propio artista se pueda dirigir a su público. Pero al final te hace estar trabajando 24 horas en tu imagen para ser el dueño de tu propia marca. Pues no sé cuánto de libertad hay ahí. Seguro que tienes más control de todo, pero estás haciendo el trabajo que antes hacía un departamento de marketing, estás sobreexplotado laboral y psicológicamente. 

¿Ser artista puede ser lesivo para la serenidad, un permanente viaje emocional? 

Tienes que hacer un ejercicio constante de mirar para otro lado y quitarle hierro a todo. El año pasado hicimos un concierto para 40.000 personas en Madrid y es el dato, pero la sensación interna de los seis era la prueba de sonido. Refugiarte en tu oficio es muy sano, porque estás pendiente de lo que tienes que hacer, no del feedback. Para mí es la única manera de mantenerte con los pies en la tierra. Hago esto con el mismo amor que lo hacía antes de tener un foco mediático terrible y teniendo en cuenta que mi trabajo es un fin en sí mismo, no un medio para obtener otra cosa. En eso tenemos suerte los seis, y hemos sabido hacer famoso al grupo y las canciones, pero nosotros estamos un paso atrás. Vivimos de lo que nos gusta, nuestro trabajo es reconocido y podemos andar por la calle. 

¿Han notado también en la música la precariedad musical?

En el mundo de la música ha habido una reconversión, y al final el pato de las reconversiones lo pagan los mismos, que son los trabajadores. Hay unas plataformas que se llevan mucho dinero de la música y que todavía no han estructurado un reparto justo entre los que tienen canales de distribución musical, los que producen música, los autores… Antes había gente que vivía de sus discos. Ahora no creo que haya nadie que viva de sus discos. En los conciertos pasa lo mismo.

Por otra parte no hemos sido capaces de ser un colectivo. Tanto el profesor de música de conservatorio, como el que toca en la sala Siroco o el que sube al escenario de la Caja Mágica tienen que encontrar algo en común, porque si no no van a poder defenderse. La música en España se ha arrinconado con el ocio, la noche, y quizás sea el momento de asociarla de una manera clara a lo cultural, tiene que tener las mismas estructuras que el cine o el teatro. Las canciones que cantamos a los bebés es cultura. Las que cantan los mineros y las del Teatro Real también son cultura.  

En esa línea, ¿qué le pide al Ministerio de Cultura? 

Le pediría que hiciera rodar el círculo que va desde la creación, su puesta de largo y la posterior vocación de terceros. Debe crear los marcos necesarios para el desarrollo profesional y digno de estas propuestas, y para eso hacen falta leyes. También acercar las creaciones a los distintos públicos que hay en ciudades, barrios, pueblos, escuelas… y crear así referentes. Sin referentes no hay continuidad. Todos nos hemos fijado en alguien por primera vez y esa admiración nos ha servido de impulso para atrevernos a ser lo que somos.

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Publicado el
5 de noviembre de 2019 - 22:05 h

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