OPINIÓN | Transgredir la evolución
Hace algo más de dos años, las fuerzas vivas del establishment y un grupo de barones/a apoyaron con vehemencia una campaña para sacar a Eduardo Madina de la carrera por la secretaría general del PSOE. El diputado vasco, un desconocido para mí, contactó conmigo meses antes de esa campaña para pedirme que le guiase en su preparación para las primarias con un año vista. Me sorprendió su solvencia, su responsabilidad y su cautela. Nadie sabía entonces que estaba estudiando su propia candidatura a dirigir el partido que era su vida. O mejor dicho, que había cambiado su vida. No he conocido hasta ahora a nadie con más amor por sus ideas y con más motivo para odiarlas. Le pregunté entonces por qué quería que yo, que no era ni militante ni trabajaba para el PSOE, dirigiera su campaña. Me respondió que buscaba a alguien que supiera lo que era la nueva política. Imaginen mi estupefacción. Quería que ese alguien fuera nuevo en estas lides, que no le afectase la opinión de ningún dirigente y que fuera mujer. Acepté de inmediato con algo más de admiración repentina de la aconsejable, tratándose de un trabajo, de un cliente.