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Maruja Vilches, nazarena pionera en 1985 en Sevilla: “Llegamos con los antifaces puestos para que nadie nos reconociera”

Nazarenas de La Hiniesta comprueban su sitio el pasado Domingo de Ramos.

Luna Palacios Luna

Sevilla —
1 de abril de 2026 21:26 h

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Bajo el anonimato que regala un capirote y la holgura de una túnica de ruan, la historia de la Semana Santa de Sevilla guarda un secreto a voces que durante décadas se movió entre las sombras de las naves de las iglesias: la infiltración de jóvenes que desafiaban la prohibición de procesionar. Antes de que el derecho canónico y las reglas de las hermandades se abrieran a la igualdad, la presencia femenina en las filas de nazarenos era una insurgencia silenciosa, un acto de fe ejecutado por mujeres que se vendaban el pecho y ocultaban su identidad para cumplir una promesa o, simplemente, para ejercer un derecho que la tradición les negaba.

Este fenómeno de “infiltración” alcanzó su punto de inflexión en 1985 con un proyecto casi conspirativo en la hermandad de Los Javieres, la primera en permitir oficialmente nazarenas en la capital. Fue un experimento piloto tan discreto que solo un círculo ínfimo de personas, encabezado por el hermano mayor y el propio arzobispo Carlos Amigo Vallejo, conocía la verdad: iban a salir cinco mujeres de nazarenas.

Maruja Vilches, protagonista y memoria viva de aquel hito, recuerda la tensión de los minutos previos: “Llegamos a la iglesia con solo cinco minutos de antelación y con los antifaces ya puestos para que nadie nos reconociera ni pudiera interferir”. Aquellas cinco mujeres rompieron un techo de cristal en una ciudad que ni siquiera estaba adaptada físicamente para ellas: “En la carrera oficial ni siquiera fuimos al servicio porque, sencillamente, no había servicios para mujeres”, relata hoy Vilches, recordando la precariedad de una conquista que, décadas después, las cifras sociológicas miran con una mezcla de éxito y advertencia.

40 años de una decisión oficial

Un año después, en 1986, la hermandad fue la primera en la capital en aprobar la igualdad entre sus hermanos y en oficializar la salida de nazarenas. Este Martes Santo, por lo tanto, se han cumplido 40 años de esa efemérida, que además ha coincidido con un hito importante para la cofradía, que ha salido por primera vez desde su templo de la iglesia del Sagrado Corazón de los jesuitas, donde se fundó.

Esta conquista histórica no fue un hecho aislado, sino el capítulo moderno de una genealogía que se remonta mucho más atrás. Como informó recientemente SevillaelDiario.es, la ciudad ya conocía a las “cofradas” —empresarias y divorciadas que, en la Baja Edad Media, ya ocupaban un espacio activo—, lo que sugiere que la exclusión total fue una construcción posterior. La propia Maruja Vilches rescata de la desmemoria un dato punzante: la hermandad del Silencio llegó a tener en sus filas a 300 mujeres con cirios, casi el 50% de la nómina, hasta que autoridades eclesiásticas posteriores, como el Cardenal Segura, impusieron la prohibición total.

Sin embargo, la realidad actual muestra un paisaje agridulce. Según el reciente estudio antropológico de Daniel Marín-Gutiérrez, las mujeres representan hoy el 54,1% de quienes pertenecen a las hermandades andaluzas, superando por primera vez a los hombres en términos de filiación nominal. Es un proceso de feminización de la base social que, paradójicamente, no ha logrado borrar del todo la “hegemonía de la masculinidad”. A pesar de esa mayoría numérica, el trabajo advierte que persiste una brecha de género profunda en el acceso a los espacios de poder.

“Quería ver si de verdad se estaban abriendo los campos a la mujer”

Maruja Vilches, que se convirtió en 2012 en la primera mujer hermana mayor de una cofradía de penitencia en Sevilla, sabe que su caso sigue siendo la excepción que confirma la regla. Ella se negó a ser una líder por accidente tras el fallecimiento de su predecesor: “Decidí presentarme a elecciones para que mis hermanos me eligiesen libremente; quería ver si de verdad se estaban abriendo los campos a la mujer”. Su victoria fue un faro, pero el estudio de la Universidad Pablo de Olavide señala que las mujeres siguen siendo, a menudo, las “invisibles” del sistema: aquellas que sostienen el vínculo matrilineal y el cuidado de los enseres, pero que ceden el protagonismo al llegar a la puerta de la iglesia.

Este “cofradierismo de género” se enfrenta hoy a nuevos retos globales. Mientras Sevilla analiza su 54% de presencia femenina, noticias como el reciente veto a las mujeres en la Semana Santa de Sagunto resuenan con fuerza. “Nos sentimos defraudadas. No comprendemos cómo en pleno siglo XXI puede haber este fallo”, lamenta Vilches, conectando la lucha local con una resistencia que aún persiste en otros puntos de España.

La Semana Santa de 2026 se encuentra ante una población cofrade que envejece y experimenta una “gentrificación simbólica”, donde las clases creativas profesionalizadas sofistican el rito. En este escenario, el desafío ya no es solo vestir la túnica, sino que ese mando se normalice en todos los estamentos. Vilches mira al futuro con la certeza de quien ha visto caer muchos muros: “Si la mujer quiere ser costalera o capataz en Sevilla, llegará; es solo cuestión de constancia”. Del secretismo de Los Javieres a la hegemonía estadística, la mujer sevillana sigue escribiendo su propia estación de penitencia: una marcha que empezó en la clandestinidad y que hoy reclama, con los datos y la historia en la mano, el centro de la calle.

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