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El fin de curso 2020 para miles de alumnos sin recursos: exámenes en casa de la vecina y deberes desde el móvil

Una niña recoge un ordenador tras ser entregado por un voluntario de la red de Cuidados Madrid Centro y la Mesa Educativa Madrid Centro.

Gabriela Sánchez

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No es su hora del paseo, pero Rocío camina por las calles de Madrid a toda prisa junto a su hija mayor. Se dirigen a la casa de una vecina, que vive a unos 15 minutos, donde la dejará durante un par de horas. A su llegada, la niña se sienta en el escritorio de quien hasta ahora era una desconocida. Se conecta a Internet. Hoy tiene examen de Matemáticas. No tenía ni ordenador ni Internet, pero a través de la colaboración vecinal han encontrado esta solución desesperada.

En otro punto de Madrid, Laura da el último repaso del temario de Griego y ya ha puesto a cargar su teléfono móvil. Durante el confinamiento, la estudiante de Segundo de Bachillerato ha hecho malabares para seguir el ritmo de clase y enviar los trabajos con los escasos recursos tecnológicos con los que cuenta. Su familia tiene Internet, pero en casa solo hay un ordenador, está obsoleto, y no siempre puede utilizarlo. “Y encima el ordenador tiene más años que yo”, bromea. Horas después, tomará su smartphone y empezará a escribir con rapidez. No habla con sus amigos a través de Whatsapp. Está haciendo un examen.

La semana siguiente, Laura repite la operación. Pone a cargar el móvil y se prepara mentalmente para redactar con su teléfono las densas respuestas del siguiente control, el de Historia del Arte. Hasta que llaman a la puerta. Una voluntaria le entrega en casa un portátil, fruto del trabajo de una cadena de personas que recogen donaciones de ordenadores obsoletos o en desuso, los formatean, los arreglan y los entregan a estudiantes sin dispositivos tecnológicos suficientes para seguir el desarrollo del curso. “Hoy podré hacer el examen en condiciones”, dice la adolescente a eldiario.es.

A un mes del final de curso, redes vecinales, organizaciones sociales y profesores no dejan de buscar soluciones para mitigar el impacto que el confinamiento puede dejar en aquellos estudiantes sin ordenador o Internet en casa. Alumnos que no envían las tareas ante la falta de conexión, otros que se dejan los ojos en la pantalla del teléfono móvil, padres y madres desesperados por no poder ayudar a sus hijos en las tareas… La Comunidad de Madrid, tras la entrega de 4.500 tablets y 1.000 tarjetas SIM para familias con menos recursos, da por resuelta la falta de medios informáticos entre los estudiantes, pero los colectivos de vecinos, las ONG y los centros educativos siguen detectando casos sin cubrir.

Fuentes de la Consejería de Educación defienden que “la región cuenta con alrededor de 60.000 dispositivos que, en caso de que fuese necesario, se podrían ceder para este fin”, mientras decenas de voluntarios se las arreglan para conseguir aparatos con el objetivo de entregar de forma urgente a quien lo necesita. Cáritas ha denunciado “un aumento de la brecha educativa en España”, incluida la Comunidad de Madrid. “En núcleos familiares en situación de exclusión social, las graves limitaciones derivadas de la precariedad económica de los progenitores y de las condiciones de habitabilidad de las viviendas, se añade la incapacidad de acceso tecnológico de los hijos en edad escolar para poder realizar un seguimiento de la actividad a distancia”, ha alertado la organización en un comunicado lanzado tras dos meses de confinamiento.

“Al principio del estado de alarma, la Comunidad de Madrid dijo que lo cubría y los AMPA no hicimos mucho. No éramos conscientes de lo que ocurría”, explica Yolanda, miembro del AMPA del Instituto de Educación Secundaria San Isidro, la voluntaria que entregó el portátil a Laura. Después de Semana Santa, la Mesa Educativa Centro, formada por profesores de distintos centros educativos del distrito y entidades sociales, empezó a detectar numerosas familias que seguían sin poder seguir las clases al mismo ritmo que el resto de compañeros ante la falta de ordenadores o Internet. Se pusieron en contacto con el grupo Cuidados Madrid Centro, que pusieron a su disposición los cientos de voluntarios reclutados durante el estado de alarma.

“Hay gente tan descolgada hasta para decir que lo está”

“Nos hemos organizado. Nos han llegado muchas donaciones, pero aún hay más demanda. Hemos cubierto a 65 chavales, pero hay gente que está tan descolgada hasta para decir que lo está”, sostiene Yolanda. Varios centros educativos, como el IES San Isidro o el IES Arcipreste de Hita, han recogido los casos de aquellos alumnos que dejaron de responder, de los que tienen constancia que se debe a la falta de dispositivos electrónicos o conexión a Internet. Otros avisos provienen de las propias familias o de ONG en contacto con familias vulnerables.

Algunas estudiantes no han pedido el ordenador ni han explicado su situación y, de repente, un desconocido se pone en contacto con ellos para anunciarles la próxima entrega. Jesús recuerda el caso de Samanta. “Hola, soy Jesús, un voluntario encargado de llevarte un equipo informático”, le escribió por mensaje. “Perdona. Estoy confundida, no sé quién eres ni como has conseguido mi número”, reaccionaba la adolescente, como otros tantos, al recibir el primer aviso. “Responden sorprendidos o incluso piensan que les están engañando”, añade Jesús.

La explicación suele esconderse en la preocupación de sus profesores o institutos. “Algunos centros valoran las necesidades: ellos saben qué niños no se han conectado a las plataformas. Son situaciones tremendas. Se lo comunican, a nosotros o al AMPA, y lo ponemos en marcha”, detalla Amelia, otra de las voluntarias que recorre las calles de Madrid en bicicleta para recoger y entregar portátiles. “El otro día, entregamos a una alumna de segundo de bachillerato y se puso a llorar. Se abrazó al aparato y lloraba. No se movía de allí. No imaginaba que alguien pudiese haber pensado en ella”, describe.

Laura sentía “impotencia” por no tener dinero para comprar un ordenador. La joven, de 18 años, trabajaba hasta la declaración del estado de alarma en un museo durante los fines de semana. Su objetivo era apoyar a su familia en el pago de sus estudios universitarios, previstos para el año que viene. En casa solo entra el sueldo fijo de su padre y el dinero no daba para comprar un nuevo portátil. La adolescente, hasta recibir el nuevo ordenador, realizaba la mayor parte de las tareas con el móvil. Para los trabajos “más densos”, aquellos en los que tenía que escribir más texto, desempolvaba el único ordenador de la casa.

Con 20 años de antigüedad, el aparato no servía para realizar búsquedas en Internet. “Buscaba la información con el móvil, tomaba notas en un cuaderno y lo pasaba. Al escribir el trabajo, me lo pasaba por Bluetooth al móvil para enviarlo”, explica Laura, quien, a pesar de las dificultades, destaca que hay compañeros en una situación de mayor necesidad. “Los perfiles son muy diferentes. No siempre es una familia que ya se encontraba en situación de exclusión social. Si solo hay dos ordenadores en casa y los padres los necesiten para teletrabajar todo el día o si se les estropea el único ordenador en un momento como este las circunstancias para hacer las tareas se complican”, apunta Eugenia Díaz, educadora social de la Mesa Educativa del distrito Centro. La profesional asegura que incluso los estudiantes con tabletas electrónicas, como las repartidas por el Gobierno regional, se encuentran obstáculos para realizar los trabajos de investigación.

En casa de Rocío no había ni conexión Wifi ni ordenador. “No tenemos medios digitales, he estado sin ordenador, sin nada, solo de teléfono móviles. No más”, lamenta la vecina del barrio madrileño de Chamberí. La mujer trabajaba como empleada doméstica hasta el inicio del confinamiento: “Tengo una situación complicada económicamente, no podía coger la tarjeta y comprar un ordenador”.

Sin dispositivo ni Internet en casa, los pequeños -alumnos de un colegio concertado de Madrid- no han podido seguir las clases on line como el resto de sus compañeros. La tarifa de datos prepago de su madre no era suficiente para seguirlas, solo servía para leer los ejercicios recibidos por email, copiarlos en un folio y enviar de vuelta una fotografía con sus respuestas. Cuando entró en contacto con la red vecinal Cuidados Madrid Centro, una cadena de voluntarios le consiguió, como a otros 60 menores, un portátil. El problema no se había resuelto, pues con sus datos apenas tenían conexión suficiente.

“Ellos estaban felices con su ordenador. Los primeros días pudieron conectarse, pero ya después no me quedaban datos”, sostiene Rocío, quien defiende que los profesores de sus hijos han hecho todo lo posible por ayudarlas. La mujer, de origen colombiano, no entendía buena parte de las dudas que sus hijos le consultaban: “Lo paso fatal, pero me busco la vida. Hasta llamaba a mi país para recibir ayuda. Aunque me separan siete horas de diferencia horaria, llamo todas las semanas a varias familiares mías, que son profesoras, para que les ayudasen”, sostiene la mujer.

Ante la aproximación de los exámenes, los nervios aumentaron. Una vecina ofreció su casa para compartir Internet durante la semana de exámenes de su hija: “Me dijo: 'Que se vengan a las nueve de la mañana que yo tengo mucha red'. Así lo he hecho. No estoy segura de si incumplo las normas del estado de alarma, pero no tenemos otro remedio...”. Desde el colectivo Cuidados Madrid Centro y la Mesa Educativa del distrito aún no han logrado organizar de manera eficaz el reparto de tarjetas SIM. “Necesitamos la colaboración de las instituciones. Con muy poco hemos montado un dispositivo que funciona, pero las autoridades deberían hacer más; así como las compañías telefónicas a través de donaciones”, sostiene la educadora social.

Durante todo este tiempo, los hijos de Rocío han estado “preocupadísimos”, “muy nerviosos”, sostiene. Ella trataba de calmarlos, aunque por dentro escondía la misma ansiedad. “Me decían: mamá que vamos a hacer, ¿por qué no llamas? Yo les explicaba que estábamos haciendo todo lo posible, que la única manera es que viesen el enorme esfuerzo que estaban haciendo y les sería recompensado”, confía la mujer mientras llama a todas las puertas posible para que su hija sea educada en igualdad de condiciones.

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