Lo que sabemos sobre la COVID-19 y las vacunas evoluciona constantemente, y eso es una buena noticia
Cuando lean esta columna, ya habrá quedado desfasada. ¿Por qué? Porque cada día nos llegan nuevos datos que hacen que tengamos que replantearnos y reescribir nuestra respuesta a la COVID-19, especialmente en lo relativo a los programas de vacunación. Esto es positivo. Me explico.
La epidemiología -de hecho, igual que todos los programas de salud pública y la investigación clínica- se basa en evidencias, en datos. La COVID-19 ha puesto de manifiesto uno de los mayores retos de la sanidad: elaborar políticas acertadas y poner en marcha programas de miles de millones de dólares a sabiendas de que no hay datos suficientes para respaldar la decisión que se va a tomar. La COVID-19 ha demostrado abiertamente que en esta crisis de salud pública mundial se toman decisiones de vida o muerte. Por eso, los responsables de políticas sanitarias se pueden sentir obligados a actuar a pesar de no disponer de toda la información que sería necesaria para tomar una decisión. Deben elegir, conscientes de que seguirán llegando datos que pueden alterar o incluso revertir su decisión.
Escribe Abby Bloom.