Apareció a través de Alejandría y fue clave en la caída del Imperio Romano: la historia de la peste de Cipriano
Roma, año 249 d. C. El Imperio atraviesa uno de sus peores momentos. En las fronteras, las invasiones de godos y persas tratan de aprovecharse de la inestabilidad política interna. Los emperadores llevan años sucediéndose entre conspiraciones, golpes de Estado y guerras civiles, mientras la economía se resiente y el ejército lucha por mantener un territorio que se extiende desde Britania hasta Mesopotamia.
Entonces aparece un enemigo que no va a caballo ni lleva armas. Desde África, una enfermedad desconocida comienza a avanzar siguiendo las rutas comerciales del Mediterráneo. Esta consigue entrar al Imperio a través de Alejandría y, de allí, salta rápidamente a las principales ciudades romanas.
“Del cielo llegó este mal, algo más terrorífico que cualquier terror conocido y más dañino que cualquier desastre”, escribe el patriarca copto Dionisio de Alejandría. Los síntomas no tardan en llegar, y son devastadores para los que enferman. Fiebre, vómitos, diarreas… La mortalidad entre la población es tan grande que las autoridades están desbordadas.
Aquel episodio pasó a la historia bajo el nombre de la peste de Cipriano, llamada así por el obispo San Cipriano de Cartago, uno de los principales testigos de la pandemia y quien la registró en su obra De mortalitate. En Roma, algunas fuentes antiguas llegaron a afirmar que pudieron morir hasta 5.000 personas al día durante los peores momentos del brote.
Las consecuencias para Roma
La peste de Cipriano duró casi 20 años, pero nunca se supo con certeza qué era lo que había causado aquella enfermedad. Durante mucho tiempo se creyó que podía tratarse de peste bubónica, como la que siglos después causaría la Peste Negra, pero ahora algunos investigadores consideran más probable que fuera una especie de viruela o sarampión. Otros defienden que esta pudo ser zoonótica y se transmitió a los humanos a través del ganado.
Lo que sí está claro es que la mortalidad de esta pandemia puso en jaque al Imperio romano, que ya entonces atravesaba una de las mayores crisis de su historia. Con tantos enfermos y muertos, había menos mano de obra y, por tanto, menos producción agrícola, sin olvidar el debilitamiento que sufrió el ejército romano, lo que hizo que la crisis política fuera todavía más profunda.
Uno de los grandes beneficiados de aquella crisis fue la Iglesia. Mientras la epidemia sembraba el caos en Roma, las comunidades cristianas se volcaron en el cuidado de enfermos, una actitud que reforzó su imagen y favoreció las conversiones. Además, muchos encontraron en el cristianismo una explicación al sufrimiento y la esperanza de la vida eterna en un momento en que reinaba el miedo a contagiarse.
Tras veinte años de sufrimiento, la enfermedad fue perdiendo fuerza, pero sus efectos fueron devastadores. Aunque el Imperio logró recuperarse parcialmente en el siglo IV, nunca volvió a disfrutar de la estabilidad que había gozado hasta ese momento.
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