Construido en el siglo XI en lo alto de una roca, el castillo de este pequeño pueblo alicantino sufrió dos terremotos y una voladura

Las vistas desde los restos de la fortaleza de San José permiten apreciar la belleza serena del embalse de aguas turquesas

Alberto Gómez

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Sobre un peñasco de casi 600 metros de altitud, un curioso viajero puede sorprenderse de ver de lejos la imponente fortaleza de San José de la localidad de Guadalest. Este baluarte, cuyos cimientos se remontan al lejano siglo XI bajo el dominio musulmán, corona el pintoresco municipio de la provincia de Alicante (y cuyo nombre en valenciano es, precisamente, El Castell de Guadalest). Su silueta desafía la gravedad desde lo alto de una roca vertical, ofreciendo una de las estampas más icónicas de la provincia. A pesar de los siglos transcurridos, los restos que hoy se contemplan siguen narrando historias de conquistas y resistencia feudal.

La integración del pueblo con su entorno natural es tan perfecta que las casas parecen brotar directamente del mismo relieve geológico. Es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido entre piedras milenarias que han visto pasar civilizaciones enteras. Se trata de una construcción árabe que se ubicaba en la parte más alta de este municipio tan espectacular y bajo la cual se construyó el actual pueblo. Esta fortaleza tiene la peculiaridad de albergar a la villa entera, pues toda ella formaba parte del castillo y está rodeada de montañas.

Para acceder al núcleo histórico de este enclave medieval, el visitante debe atravesar un singular túnel excavado directamente en la piedra natural de la montaña. Este pasaje actúa como un portal temporal que divide el municipio en dos barrios perfectamente diferenciados por su altitud y función original. En la zona más elevada se halla el recinto del castillo, mientras que a sus faldas se extiende el barrio del Arrabal, nacido del crecimiento posterior. Pasear por sus calles empedradas y estrechas requiere un esfuerzo físico que se ve recompensado con panorámicas inigualables del valle y el pantano azul. La orografía es tan abrupta que el campanario de la iglesia se alza exento sobre una peña, convirtiéndose en el símbolo visual de la localidad.

Dos catástrofes naturales y una voladura son la razón principal de que hoy solo podamos apreciar una parte de lo que fue una construcción majestuosa

Este diseño urbano respondía a necesidades defensivas estratégicas que hacían de la villa una fortaleza casi inexpugnable durante la época de la Edad Media. Sus calles más antiguas tienen muchísimo encanto y puedes visitar su centro histórico y sus museos sorprendentes tras pasar por este túnel. El propio barrio antiguo destaca por su calle principal con casas blancas y luminosas que son un escenario perfecto para la fotografía.

La historia de este monumento está marcada por la tragedia natural que alteró su fisonomía para siempre durante la convulsa mitad del siglo XVII. En junio de 1644, un violento terremoto sacudió los cimientos de la edificación, provocando daños estructurales masivos. La pesadilla sísmica no terminó ahí, pues en diciembre de ese mismo año se repitió otro temblor de gran intensidad que terminó por arruinar gran parte. Aunque posteriormente se registraron otros movimientos en 1748 y 1752, ninguno fue devastador. Estas catástrofes naturales son la razón principal de que hoy solo podamos apreciar una parte de lo que fue una construcción majestuosa.

El cementerio local ocupa actualmente uno de los sectores de la antigua fortaleza, conviviendo con el pasado glorioso que el suelo aún custodia. Fue un asentamiento para musulmanes que luego pasó a la corona de Aragón, momento en el que se construyeron más restos existentes. No solo la naturaleza se ensañó con los muros del Castillo de San José, sino que la mano del hombre también dejó una herida profunda y definitiva. Durante la Guerra de Sucesión, en 1708, el recinto sufrió una potente voladura que afectó gravemente a su ala oeste. Este episodio bélico se enmarca en el avance de las tropas borbónicas tras la batalla de Almansa, momento en que el conflicto llegó al valle.

La explosión no solo dañó la estructura militar, sino que también provocó el incendio de la Casa Orduña, el hogar de los antiguos gobernadores. Los defensores austracistas intentaron resistir el asalto, pero el impacto de la pólvora marcó el fin de la hegemonía militar del castillo sobre la zona. Hoy, los restos consolidados son un testimonio mudo de aquel estallido que cambió el destino político y arquitectónico de toda la comarca. Tras la conquista cristiana en el siglo XIII, el destino de estas tierras estuvo ligado a importantes linajes de la nobleza catalano-aragonesa y valenciana. Figuras como Bernardo de Sarrià y la familia Cardona, que ostentaron el título de marqueses desde 1543, gestionaron este patrimonio.

Un dato curioso es que uno de los marqueses se desposó con María de Colón y Toledo, nieta del descubridor de América, uniendo dos mundos. Junto a ellos, la familia Orduña desempeñó un papel fundamental como alcaides perpetuos de la fortaleza durante siglos de servicio ininterrumpido. Los Orduña alcanzaron gran relevancia política en el siglo XIX, llegando a presidir la Diputación de Alicante y ocupando importantes cargos nacionales. Su imponente casona señorial, rehabilitada hoy como museo municipal, permite asomarse a la vida cotidiana de los nobles que habitaron este risco.

Referente cultural

El resurgir de El Castell de Guadalest como referente cultural y turístico comenzó formalmente en la segunda mitad del siglo XX con reconocimientos oficiales. En 1974, el municipio fue declarado conjunto histórico-artístico, asegurando la protección de su rico patrimonio y entorno. Años después, en 1993, el ayuntamiento adquirió finalmente los restos del castillo a sus antiguos propietarios, los marqueses. Esta compra municipal facilitó las labores de rehabilitación y apertura al público de un recinto que hoy es orgullo de todos los alicantinos.

El esfuerzo por embellecer y mantener el pueblo le ha valido premios nacionales e internacionales de turismo, consolidando su imagen en el mundo. Actualmente, forma parte de la red de los pueblos más bonitos de España y de la federación internacional que agrupa a localidades singulares. En 1980 recibió la Placa de Bronce al Mérito Turístico y luego premios por el embellecimiento de pueblos de España. El recinto amurallado queda sujeto al decreto de Protección Genérica de los Castillos Españoles desde 1949.

En la actualidad, contemplar el atardecer desde los restos de la fortaleza de San José permite apreciar la belleza serena del embalse de aguas turquesas. Este pequeño pueblo de menos de 300 habitantes ha sabido transformar las cicatrices de terremotos y guerras en un imán para el turismo global. Sus calles, prohibidas para los vehículos de ruedas debido a su trazado medieval y empinado, conservan un aroma de autenticidad que cautiva. La mezcla entre la dureza de la roca vertical y la delicadeza de sus casas blancas crea un contraste visual que difícilmente se olvida.

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