El invento que nadie quiso en 1905 terminó cambiando la industria del automóvil y Mary Anderson, su creadora, no vio un dólar
La nieve obligaba a los conductores de tranvía a abrir las ventanas o detener el vehículo para limpiar el cristal con las manos, una maniobra que Mary Anderson convirtió en un problema con solución. Su propuesta permitió retirar agua y precipitación helada desde el interior, sin que el conductor tuviera que exponerse al mal tiempo ni interrumpir la marcha.
Las empresas descartaron un invento que después usaría toda la industria
Anderson, inventora y empresaria estadounidense, ideó un brazo móvil con una hoja de goma accionado mediante una palanca. La Oficina de Patentes de Estados Unidos concedió el 10 de noviembre de 1903 la patente número 743.801 para aquel dispositivo de limpieza de ventanas destinado a coches eléctricos y otros vehículos. La solicitud se había presentado el 18 de junio de ese año y el mecanismo se considera el primer sistema eficaz para despejar un parabrisas.
El mercado, sin embargo, recibió el invento con desconfianza. Anderson trató de vender o licenciar sus derechos y en 1905 acudió a la firma canadiense Dinning and Eckenstein. La empresa rechazó la propuesta porque no veía suficiente valor comercial en ella, cuando los automóviles todavía eran poco frecuentes. También se extendió la idea de que el movimiento de la hoja podía distraer a los conductores, una objeción que frenó cualquier acuerdo de fabricación.
La solución diseñada por Anderson partía de una palanca situada dentro del vehículo, conectada a un brazo metálico cargado con un resorte. En el extremo exterior, una hoja de goma recorría el cristal y regresaba a su posición inicial. Un contrapeso ayudaba a mantener el contacto con la superficie. Además, la pieza podía retirarse al terminar el invierno, de modo que cada pasada quedaba bajo el control de la persona que conducía.
Un viaje en tranvía dio origen al limpiaparabrisas
El diseño nació durante un viaje invernal a Nueva York, cuando Anderson se desplazaba en un tranvía y vio las dificultades del conductor para avanzar entre nieve y aguanieve. El hombre abría las ventanas o detenía el coche para limpiar el parabrisas con las manos. Al volver a Alabama, Anderson preparó un boceto y redactó la descripción. Después contrató a un diseñador para desarrollar un modelo que una empresa local llegó a fabricar.
Aquella idea apareció antes de que el automóvil se extendiera entre la población. Henry Ford todavía no había fabricado el Modelo T, que apareció en 1908, y buena parte del público veía los coches como productos reservados a personas con dinero. Esa falta de mercado dejó la patente sin producción masiva. Su vigencia terminó en 1920, después de 17 años, y Anderson no obtuvo beneficios económicos por el dispositivo que había registrado.
La industria acabó adoptando el principio que había planteado. Hacia 1913, miles de estadounidenses conducían sus propios coches y los limpiaparabrisas mecánicos ya se instalaban como equipamiento. Otras referencias sitúan su presencia habitual en la mayoría de vehículos en 1916. Cadillac comenzó a montarlos de serie en 1922 mediante diseños basados en el mismo planteamiento de una hoja desplazada sobre el cristal.
La evolución continuó mientras la patente de Anderson perdía valor comercial para su autora. Charlotte Bridgewood, inventora estadounidense, registró en 1917 el limpiador eléctrico para tormentas, considerado el primer sistema automático y construido con rodillos en vez de hojas. Bridgewood tampoco ganó dinero con su propuesta. Los mecanismos posteriores funcionaron mediante el vacío del motor o motores eléctricos, aunque conservaron el principio de una pieza que barre la superficie exterior.
El reconocimiento llegó cuando el invento ya era imprescindible
El reconocimiento llegó muchas décadas después. Sara-Scott Wingo, rectora de la iglesia episcopal Emmanuel de Richmond y sobrina tataranieta de Anderson, explicó a NPR News que la falta de apoyo pudo estar relacionada con la posición de una mujer independiente en una sociedad controlada por hombres. “No tenía padre ni marido”, afirmó Wingo. El Salón Nacional de la Fama de los Inventores incorporó a Anderson en 2011 por su aportación a la seguridad del transporte.
Rini Paiva, vicepresidenta ejecutiva del Salón Nacional de la Fama de los Inventores, destacó la capacidad de Anderson para llevar su propuesta desde la idea hasta un modelo y una patente. “Fue persistente, tenía visión de futuro y el empuje para desarrollar una idea”, señaló Paiva. Su incorporación al Salón Nacional de la Fama confirmó la autoría de un mecanismo que se había extendido por la industria décadas antes.
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