Día Mundial del Galgo: esta es la principal diferencia entre el galgo español y el inglés

Galgo corriendo

Adrián Roque

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A simple vista pueden parecer el mismo perro. Mismo cuerpo estilizado, misma cabeza alargada, mismas patas finas diseñadas para volar sobre el suelo. Sin embargo, basta observarlos con un poco más de atención —o convivir con ellos— para entender que el galgo español y el galgo inglés no son lo mismo, aunque muchos los confundan. En el Día Mundial del Galgo, merece la pena detenerse en esa diferencia clave que los separa y que explica casi todo lo demás: la velocidad frente a la resistencia.

Origen: dos historias, dos maneras de correr

El origen ya marca el camino. El galgo inglés, también conocido como greyhound, hunde sus raíces en perros del Antiguo Egipto y se desarrolla definitivamente en Reino Unido, donde fue seleccionado durante siglos para un objetivo muy concreto: correr más rápido que nadie en distancias cortas. No es casualidad que alcance picos cercanos a los 60 km/h. Es un perro de explosión, de salida fulminante, casi de atletismo olímpico.

El galgo español, en cambio, es el resultado de siglos de mezcla y adaptación en la península ibérica. Tiene sangre del propio galgo inglés, pero también de podencos y de perros norteafricanos como el sloughi, llegados hace alrededor de mil años. Esa mezcla le dio otra virtud: aguantar el ritmo durante más tiempo. Corre algo menos —en torno a los 48 km/h—, pero puede hacerlo durante más minutos sin desfallecer. No sale disparado: persiste.

Ahí está la gran diferencia entre ambos.

Velocidad pura frente a fondo

El galgo inglés está hecho para arrancar, alcanzar su máxima velocidad en segundos y terminar la carrera rápido. Por eso ha sido el gran protagonista de las carreras de galgos y de la caza a la vista en espacios abiertos y controlados.

El galgo español, en cambio, es un corredor de fondo. Su musculatura y su estructura corporal le permiten mantener una carrera prolongada, adaptarse al terreno y resistir más tiempo. Históricamente, esto lo convirtió en un perro ideal para la caza en grandes extensiones rurales, donde la persecución no siempre es breve ni rectilínea.

Dos cuerpos parecidos, dos filosofías opuestas.

Las diferencias físicas que lo delatan

Aunque ambos comparten una silueta elegante y aérea, hay detalles que permiten distinguirlos. El galgo inglés es algo más grande y pesado: puede medir hasta 76 centímetros a la cruz y pesar más de 30 kilos. Su tórax es ancho, casi en forma de tonel, con un pecho que llega a la altura de los codos, pensado para una enorme capacidad pulmonar en esfuerzos intensos y cortos.

El galgo español es algo más ligero y estilizado. Su tórax es profundo y alargado, pero menos ancho, y su zona lumbar suele ser más larga. Esa estructura favorece la resistencia. También cambian los pies: el inglés tiene los llamados “pies de gato”, más compactos, mientras que el español presenta “pies de liebre”, más alargados.

Incluso la cabeza delata matices: el galgo inglés tiene un cráneo algo más ancho y un hocico más puntiagudo; el español, una expresión algo más sobria y afilada.

Carácter: sensibilidad compartida, matices distintos

En cuanto al carácter, no hay una frontera tan clara, pero sí tendencias. Ambos son perros tranquilos en casa, sorprendentemente perezosos en el sofá y muy sensibles al trato humano. No son ruidosos ni especialmente demandantes.

El galgo inglés suele ser algo más confiado y directo. No le gustan los juegos bruscos, pero gestiona la incomodidad retirándose sin conflicto. El galgo español, en cambio, tiende a ser más tímido e independiente, especialmente si no ha tenido una buena socialización. Necesita tiempo, paciencia y un entorno seguro para abrirse.

En ambos casos, la educación en positivo no es una opción: es una necesidad. Son perros extremadamente sensibles al tono, al ambiente y a la experiencia previa.

Dos galgos, dos realidades

Así que no, no son el mismo perro con distinto pasaporte. El galgo inglés es velocidad pura, explosión y precisión. El galgo español es fondo, resistencia y adaptación. Ambos comparten una elegancia casi frágil y una nobleza que desarma, pero sus cuerpos y sus historias hablan lenguajes distintos.

Y entender esa diferencia es también una forma de respetarlos mejor. Porque detrás de esas patas largas hay siglos de selección, de usos distintos y, hoy, demasiadas historias de abandono que no deberían repetirse.

En el Día Mundial del Galgo, conviene recordarlo. No todos corren igual, pero todos merecen lo mismo.

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