Siglos de caza y acoso humano alteraron la diversidad genética de los osos italianos, según un nuevo análisis de su genoma

La presencia del oso se ha ido reduciendo mientras cambia su relación con las personas

Héctor Farrés

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Los grandes carnívoros europeos mantienen un equilibrio delicado con su entorno. Entre ellos, los osos destacan por su capacidad de adaptación, su fuerza y su dispersión en distintas regiones montañosas. En Europa, sus poblaciones se extienden desde Escandinavia hasta los Balcanes, aunque su presencia ha disminuido en muchas áreas.

Italia conserva una de las poblaciones más conocidas, cuyo aislamiento ha generado tanto orgullo como preocupación entre quienes estudian la vida silvestre. En esa convivencia prolongada con los humanos se han producido cambios que van más allá del número de ejemplares: han modificado la forma en que estos animales reaccionan y sobreviven en un territorio densamente habitado. Con ello se abre una pregunta sobre cómo las relaciones duraderas durante siglos pueden dejar modificar el propio ADN.

La convivencia prolongada ha dejado rastro en el comportamiento del oso apenínico

Un estudio genético reveló que siglos de convivencia humana influyeron en la evolución del oso pardo marsicano. La investigación, publicada en la revista Molecular Biology and Evolution, analizó el ADN de los ejemplares que habitan en los Apeninos y descubrió huellas de selección asociadas a comportamientos más tolerantes. El trabajo plantea que la presión humana, al eliminar durante siglos a los osos más conflictivos, pudo favorecer a los individuos menos agresivos, moldeando su temperamento sin intención consciente.

Los investigadores identificaron señales de selección natural en regiones del genoma relacionadas con el cerebro y la conducta. Encontraron diecisiete genes vinculados al desarrollo neuronal y al control de reacciones frente al entorno. Muchos de ellos se asocian en otras especies con la docilidad y la respuesta al estrés. No son genes de mansedumbre, sino piezas biológicas que influyen en la tolerancia al contacto humano. Las variaciones detectadas no modifican directamente las proteínas, sino la manera en que los genes se activan o procesan, una diferencia sutil capaz de influir en comportamientos complejos.

El aislamiento extremo ha reducido al mínimo la variabilidad hereditaria

Para llegar a esas conclusiones, el equipo internacional secuenció el genoma completo de varios ejemplares de oso apenínico y lo comparó con el de poblaciones de otras regiones europeas y norteamericanas. Esa comparación permitió situar a los osos italianos dentro de un contexto evolutivo más amplio y medir el efecto de su aislamiento prolongado. Los resultados mostraron una diversidad genética extremadamente baja, producto de siglos de endogamia y reducción demográfica.

La escasa variabilidad genética de estos animales implica que gran parte de su ADN es casi idéntico entre individuos. Más de la mitad del genoma presenta regiones repetidas, lo que refleja cruces entre parientes cercanos a lo largo de generaciones. Ese fenómeno aumenta la carga genética y puede afectar a la salud o la capacidad de adaptación. Sin embargo, el estudio señala que algunas regiones del ADN parecen haber sido conservadas por selección, lo que indica que ciertos rasgos ofrecían ventajas para sobrevivir en un entorno humanizado.

La conservación del oso marsicano abre un debate delicado

El oso pardo marsicano vive en las montañas del centro de Italia, rodeado de pueblos, cultivos y carreteras. Apenas quedan unas decenas de ejemplares, y su historia documenta una convivencia permanente con los humanos desde la época romana. A diferencia de otras poblaciones de osos pardos, rara vez se registran episodios graves de agresión hacia personas, lo que refuerza la hipótesis de que la selección natural favoreció conductas más tranquilas.

Las implicaciones de estos hallazgos plantean dilemas para la conservación. Por un lado, los osos apenínicos son genéticamente únicos y muestran adaptaciones que facilitan su coexistencia con las comunidades humanas. Por otro, su reducido acervo genético los hace vulnerables a enfermedades y cambios ambientales. Algunos especialistas proponen introducir individuos de otras poblaciones para aumentar la diversidad, aunque esa medida podría alterar el equilibrio conductual logrado durante siglos. El estudio advierte que las decisiones de gestión genética deben considerar también los rasgos de comportamiento que acompañan a la evolución de la especie.

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